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El 24 de junio de 2026, dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el centro norte de Venezuela, con epicentro en el estado de Yaracuy y La Guaira declarada zona de desastre. Fue el sismo más letal que ha vivido el país en más de un siglo. Según el balance oficial, hasta el 2 de julio se contabilizaban al menos 2.595 personas fallecidas y más de 12.400 heridas, además de 6.461 rescatadas con vida (ver CNN en Español, 2 de julio de 2026).
Son cifras provisionales y todo indica que subirán. Mientras se remueven los escombros, la ONU consideró verosímil la estimación de organizaciones de rescate de que cerca de 50.000 personas siguen desaparecidas (Noticias ONU), y advirtió que el número de muertos aumentará de manera considerable. Frente al conteo confirmado, las proyecciones de modelado apuntan mucho más alto. El sistema PAGER del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) calculó, para el sismo principal de magnitud 7,5, un 44 % de probabilidad de que los fallecidos se ubiquen entre 10.000 y 100.000. Conviene leer cualquier balance con esa advertencia por delante.
¿Quiénes forman nuestra misión?
Somos una misión médica y de salud pública integrada por Camilo Prieto (médico, cirujano plástico y PhD en ingeniería), Miguel Bayona (médico pediatra paliativista), Cristina Ángel (médica), María Alejandra Ortega (médica), Silvia Hernández (enfermera) y Zulma Cucunubá (médica salubrista, PhD en epidemiología). Viajamos a la zona afectada y estuvimos en terreno los días cuatro, cinco y seis después del terremoto. Visitamos la Zona Cero (el punto de mayor afectación) en La Guaira donde atendimos algunos heridos, y en Caracas recorrimos hospitales, albergues, instituciones de orden nacional y organizaciones de voluntarios.
Lo que encontramos apunta a una conclusión incómoda, y es que para la salud de quienes sobrevivieron la parte más difícil quizá no ha llegado.
El diagnóstico
Cuando el desastre golpea un sistema de salud vulnerable
Un terremoto es un primer golpe al que siguen otros, menos visibles, que se prolongan durante semanas y meses. Pero ese primer golpe nunca cae en el vacío. En Venezuela impactó un sistema de salud que ya enfrentaba dificultades estructurales, con rezagos tecnológicos, escasez de personal y capacidades limitadas en atención primaria y vigilancia epidemiológica. Por eso, en la evaluación en terreno identificamos dos problemas que avanzan en paralelo. El primero es el daño directo causado por el sismo: hospitales averiados y una demanda de atención por trauma que desbordó la capacidad instalada. El segundo corresponde a las limitaciones preexistentes del sistema de salud, que condicionan la respuesta y amplifican las consecuencias del desastre. Entender esa combinación es lo que permite anticipar lo que viene.
Atención primaria y continuidad de la atención
El pico de trauma, con sus fracturas, hemorragias y cirugías de urgencia, domina las primeras horas. A medida que cede, la carga se traslada a problemas menos visibles que también causan discapacidad y muerte.
Atendimos a muchas personas con enfermedades crónicas descompensadas, diabetes, hipertensión, cáncer, pero también es posible anticipar que lo mismo sucede con tuberculosis y VIH, cuyos tratamientos se interrumpieron de un día para otro cuando el desastre cortó los servicios y el suministro de medicamentos.
Un paciente con hipertensión que pasa una semana sin su tratamiento no figura en el conteo de heridos, pero puede terminar en la lista de fallecidos. Esa interrupción de los tratamientos es la emergencia poco visible, y se atiende con puntos de atención primaria cerca de los albergues y garantía de medicamentos y rutas de atención para pacientes crónicos.
Epidemias y enfermedades infecciosas
A la interrupción de los tratamientos crónicos se suma el riesgo de epidemias. Cuando se juntan personas hacinadas, escasez de agua potable, saneamiento precario y coberturas de vacunación que ya venían históricamente estaban bajas, se arma el escenario perfecto para los brotes. Las más previsibles son las enfermedades transmitidas por vectores, como dengue, zika y chikunguña, leptospirosis, así como las infecciones que se controlan con vacunas, particularmente sarampión, difteria y tos ferina.
Por el tipo de heridas que vimos en campo, la disponibilidad del toxoide antitetánico también es muy urgente. Un desastre así se combate en buena parte antes de que las epidemias aparezcan, con agua segura, manejo de residuos y campañas de vacunación urgentes.
Salud mental
Encontramos una cantidad alta de personas con trauma psicológico agudo, gente que perdió familiares, su casa o su modo de vida, y que ahora vive pendiente de la próxima réplica. La primera semana es la ventana para dar primeros auxilios psicológicos e identificar los casos graves antes de que se conviertan en depresión o estrés postraumático crónico. La atención tiene que cubrir los dos tiempos, el agudo de las primeras semanas y el crónico de quienes arrastrarán secuelas durante meses.
El trauma también afecta a rescatistas y a personal de salud, que atienden a otros aunque ellos mismos hayan sufrido pérdidas. Por eso hacen falta equipos de apoyo psicosocial en los albergues y en la zona cero, con capacidad de identificar y derivar los cuadros que necesitan atención especializada.
Medicina forense
Con desaparecidos cuya cifra sigue abierta y cuerpos que se recuperan cada día de entre los escombros, cada jornada que pasa complica la identificación y alarga la incertidumbre de las familias. El manejo digno de los cuerpos, la recolección de datos antemortem y las muestras de ADN forman parte del cuidado que se les debe a quienes quedan.
Protección de la niñez
Identificamos niños que quedaron huérfanos o separados de sus familias. El contexto propio de los refugios, algunos improvisados en los primeros días, facilita nuevas separaciones y abre la puerta a la trata y a las adopciones irregulares. Registrarlos temprano y rastrear a sus familiares es la mejor barrera contra ese riesgo, y hay que levantarla en los primeros días.
Sistemas de información y datos
Los datos, que suelen tratarse como algo accesorio, sostienen todo lo demás. Sin una caracterización básica de la población afectada por tiempo, lugar y persona, con edad, sexo, ubicación y condición de salud, se responde a ciegas. No se sabe dónde está el brote hasta que ya es una ola, ni si los medicamentos llegaron a donde hacían falta.
En Venezuela ese trabajo enfrenta una dificultad extra, porque en varias zonas se cayeron internet, la telefonía y la electricidad, y sin conexión no hay cómo consolidar ni transmitir la información a tiempo. La salida pasa por herramientas de captura que funcionen sin conexión y se sincronicen después, y por protocolos estandarizados para las instituciones encargadas de esa tarea. Contar la magnitud del daño es lo que convierte una respuesta improvisada en una que aprende sobre la marcha.
El personal de salud
Quienes deben responder también son víctimas. Buena parte del personal de salud perdió su casa o a alguien suyo, y sigue atendiendo con turnos que no dan tregua. El déficit se siente en todos los niveles, desde el asistencial hasta la salud pública, la coordinación gubernamental y las organizaciones internacionales que operan en el país. Ya se han desplazado equipos médicos y de rescate desde otros estados y desde otros países, pero hará falta relevo también en las áreas administrativas y de organización que sostienen toda la operación. Un sistema no aguanta si su gente se agota sin descanso, así que se necesitan esquemas de rotación y apoyo concreto para el personal damnificado.
Todas estas necesidades apuntan en la misma dirección. La respuesta a un terremoto tiene que evolucionar de manera deliberada, del rescate hacia la recuperación de los servicios esenciales, la prevención de riesgos sanitarios y el fortalecimiento de la salud pública. El rescate es la fase más visible y merece todo el reconocimiento. Pero la mayor parte de las vidas que todavía se pueden salvar dependerá de lo que se haga después del rescate, cuando haya que evitar que un sistema ya frágil colapse en las semanas siguientes. Esa evolución es gradual, no un cambio de un día para otro. Mientras sigan llegando heridos y el conteo de víctimas siga abierto, la atención de trauma tiene que sostenerse. Lo que cambia es que deja de ser lo único, y a su alrededor se levanta todo lo demás.
Planeando una segunda misión
Con ese diagnóstico definimos las líneas de una segunda fase. La primera es sostener la capacidad hospitalaria que todavía está bajo presión, llevando a los hospitales priorizados equipos e insumos para trauma, cirugía y urgencias, desde monitoreo y diagnóstico hasta antibióticos de uso hospitalario. Es la parte que atiende lo que aún no cede. Las otras tres empiezan a construir lo que sigue.
La segunda es volver con equipo clínico enfocado en las dos necesidades más marcadas en terreno, la pediatría, con atención especial a los niños afectados y a los que quedaron solos, y la salud mental, tanto de la población como del personal de respuesta. La tercera es apoyar a los equipos de epidemiología y salud pública en la incorporación de herramientas digitales y de captura de datos en terreno, para que ellos mismos puedan orientar la respuesta hacia el futuro.
La cuarta es apoyar a las autoridades a articular las necesidades del terreno con las decisiones y con la ayuda internacional, para que los recursos vayan a los vacíos reales y no se dupliquen esfuerzos.
Una nota personal
Esta misión nos dejó un aprendizaje que no esperábamos: la solidaridad. En terreno vimos grupos organizados de voluntarios, tanto venezolanos como de distintos países, actuando en todos los frentes, muchas veces antes de que llegara la ayuda institucional. En una emergencia de esta magnitud, queda claro que la respuesta es más efectiva cuando lo institucional y lo comunitario trabajan de la mano. En Venezuela, esas redes de solidaridad han demostrado durante años una extraordinaria capacidad para organizarse, responder y sostener a quienes más lo necesitan. Esa fuerza de la comunidad es, quizá, lo más valioso que nos llevamos de esta misión y una de las mayores esperanzas para la recuperación del país.
*Zulma Cucunubá es médica, PhD en Epidemiología. Es directora del Instituto Salud Pública de la Universidad Javeriana.
**La misión pudo viajar y trabajar en terreno gracias a la Patrulla Aérea Civil Colombiana, la Fundación TAAP, Avianca, la Fundación Venezolanos en Barranquilla, la Red de Defensores de la Salud y el Movimiento Ambientalista Colombiano, junto a organizaciones sociales y voluntarios de Colombia y Venezuela.
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