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Algo ha dejado claro el virus SARS-CoV-2 durante su expansión acelerada por el planeta: que su capacidad de hacer daño está profundamente relacionada con la edad de las personas pero también con las condiciones socioeconómicas. Y además, como lo demostró un grupo de investigadoras de la Universidad Industrial de Santander, la Universidad Nacional y el Ministerio de Salud, también a la etnicidad.
Tras revisar los datos de la pandemia en Colombia, Myriam Cifuentes, Laura Rodriguez, Maylen Rojas junto a Carlos Álvarez y Julián Fernández, encontraron que además “del riesgo diferencial de mortalidad bien documentado relacionado con los grupos de mayor edad y el sexo masculino, este estudio proporciona evidencia de las desigualdades socioeconómicas y étnicas en la mortalidad por COVID-19”.
Tener más de 60 años debería ser la primera razón para extremar medidas de cuidado. La explicación más plausible hasta ahora para esta circunstancia es que en personas mayores disminuye la capacidad del sistema inmunológico para responder a un agente infeccioso al tiempo que se puede producir una respuesta incontrolada de sustancias inflamatorias.
Tener sexo masculino debería añadir un poco más de preocupación a la hora de prevenir. “Las diferencias de sexo en la mortalidad por COVID-19 probablemente se explican por el aumento de la expresión en los hombres de la enzima convertidora de angiotensina-2 (ACE-2), un factor clave involucrado en la COVID-19”, anotaron los investigadores. Esta enzima está involucrada con el control de la tensión arterial.
Un dato valioso del trabajo es que confirma un mayor riesgo de mortalidad por COVID-19 entre los pueblos indígenas. En otros países se ha documentado algo similar. En Estados Unidos los afroamericanos e hispanos se han visto más afectados por la COVID-19 mientras en Brasil, después de la edad, la etnia pardo fue el segundo factor de riesgo más importante de muerte. No está del todo claro si esto se debe al acceso diferencial a la atención médica o en efecto existe una susceptibilidad a la infección.
En Colombia este fenómeno fue evidente en una ciudad como Leticia donde la tasa de mortalidad por COVID-19 resultó la más alta de todos los departamentos. “Las malas condiciones sanitarias y de vida combinadas con la carga de enfermedades infecciosas anteriores y la desnutrición imponen un mayor riesgo para la salud de las personas y de comunidades enteras”, señalaron las investigadoras.
No sería la primera vez que esto se descubre en una epidemia. Durante la pandemia de influenza española de 1918, algunos informes señalaron que las tasas de mortalidad en algunos países de América del Sur resultaron 20 veces más altas en comparación con los países de Europa.
El trabajo publicado por las investigadoras confirmó que vivir en áreas con índices de desarrollo socioeconómico menor se asoció con un mayor riesgo de mortalidad de COVID-19. Las autoras recordaron que Colombia tiene una de las brechas de ingresos más grandes de América Latina y las desigualdades de ingresos dentro del país difieren ampliamente según la región geográfica en relación con la propiedad de la tierra, el mercado laboral y el efecto de la violencia y los conflictos armados. “Estas desigualdades socioeconómicas de referencia se traducen en un mayor riesgo de exposición y gravedad del COVID-19 que afecta de manera desproporcionada a las personas en condiciones socioeconómicas más bajas en Colombia”, anotaron.
“Los casos confirmados de COVID-19 que son hombres, mayores de 60 años, indígenas, que tienen un seguro de salud subsidiado por el gobierno y quienes viven en áreas clasificadas en los estratos socioeconómicos más bajos tienen un mayor riesgo de morir más rápido por COVID-19. Las intervenciones de salud pública para la prevención y detección temprana de casos de COVID-19 deben priorizarse para los grupos más vulnerables de acuerdo con los riesgos desiguales de mortalidad”, concluyeron las autoras.