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9 Oct 2021 - 2:00 a. m.

Nueva Zelanda y el COVID-19: de los elogios mundiales a la desilusión

Por meses la estrategia de países como Nueva Zelanda y Australia recibió aplausos. Como pocos, se enfocaron en tratar de eliminar el COVID-19. Pero ahora sus planeas tuvieron que dar un giro que deja muchas lecciones.

Juan Diego Quiceno Mesa

La llamada Fortaleza Nueva Zelanda, apodo acuñado por los medios locales, cayó. A partir de ahora el país mutará de una estrategia de eliminación del virus a una de control.
La llamada Fortaleza Nueva Zelanda, apodo acuñado por los medios locales, cayó. A partir de ahora el país mutará de una estrategia de eliminación del virus a una de control.
Foto: Nick Perry

En Nueva Zelanda el COVID se avisa como un terremoto o un tsunami. El Servicio de Emergencia Nacional activa una alerta que se reproduce en los celulares de los poco más de cinco millones de personas que habitan las dos islas que conforman el país, ubicado casi al final del mundo. “Se ha identificado un caso comunitario de COVID-19. Quédate en casa y sigue las directrices del nivel de alerta 4”, decía el mensaje enviado el pasado 17 de agosto, cuando los neozelandeses recibieron la orden de guardar cuarentena total, de nuevo. Esa fue, seguramente, la última ocasión en que lo tuvieron que hacer. (Lea: Hubo una caída mundial de nuevos casos de coronavirus)

La pandemia no ha terminado allí. De hecho, es justamente todo lo contrario. Jacinda Ardern, primera ministra del país, reconoció el pasado lunes 4 de octubre que su estrategia de “cero COVID-19” había llegado a su fin. La mujer, que el 17 de agosto concedió apenas un par de horas a la población para abastecerse antes de un confinamiento, que entonces aseguró que actuar “rápido y fuerte” contendría el nuevo brote, compareció en esta ocasión en una especie de rendición: “Con la variante delta, volver a cero es increíblemente difícil y nuestras restricciones por sí solas no son suficientes”.

La llamada Fortaleza Nueva Zelanda, apodo acuñado por los medios locales, cayó. A partir de ahora el país mutará de una estrategia de eliminación del virus a una de control. En la primera los neozelandeses propendieron por mantener en cero el número de casos de transmisión local. “Se pensó que se podía eliminar el SARS-CoV-2. Había un afán de cortar toda la transmisión para que en algún momento el virus no encontrara un huésped a quien infectar y se extinguiera”, explica Angélica Maya, médica especialista en enfermedades infecciosas, y agrega que “el mundo pretendió primero extinguir la enfermedad”.

Durante un tiempo, poco más de un año, eso pareció pasar en Nueva Zelanda. Los ciudadanos vivían bajo un modelo que combinaba semanas de apertura casi total con espacios de tiempo relativamente cortos de cuarentena estricta, cuando las autoridades detectaban contagios. Estos casi siempre eran de personas que llegaban de afuera, identificadas y aisladas gracias a masivas campañas de rastreo. Así lograron detener la transmisión local. El 9 de agosto de 2020, por ejemplo, cuando la vacuna anti-COVID apenas despuntaba, Nueva Zelanda celebraba cien días sin ningún nuevo contagio por coronavirus.

“Con el paso de los meses fuimos aprendiendo cosas. La primera, y tal vez más importante, es que entendimos que este virus es muy transmisible”, dice Maya. La aparición de variantes como la delta, hasta dos y tres veces más transmisible que la original, fueron pinchando poco a poco la burbuja neozelandesa. Cuando el pasado e17 de agosto el gobierno de Ardern ordenó el que posiblemente será el último confinamiento general de Nueva Zelanda, apeló a lo conocido: “Atacar rápido y con dureza nos ha funcionado en el pasado”, dijo. El brote por el que cerraba, se confirmó después, era de la variante delta.

“La eliminación era importante porque no teníamos vacunas. Ahora las tenemos. Tenemos más opciones y buenos motivos para sentirnos optimistas de cara al futuro”, explicó la primera ministra en los primeros pasos hacia el nuevo modelo, el de control. Esa transición encierra peligros que podrían hacer que el país modelo de manejo de la pandemia se descarrile y enfrente la peor cara del coronavirus.

El modelo de control

Nueva Zelanda no fue el único que optó por hacer de su país una fortaleza. Australia, Hong Kong, Singapur y China también se convirtieron en bastiones de la estrategia cero COVID, pero poco a poco han ido desistiendo. “Fueron asimilando que el SARS-CoV-2 iba a quedarse con nosotros y que la posibilidad más realista es llevar la pandemia a una endemia. Esto último describe el estado de un virus presente, pero cuyo número de casos graves es pequeño y no representa una amenaza para la salud pública”, explica Maya. A partir de ahora, el cambio hacia una estrategia de control planteará una serie de retos nuevos en esos países. (Puede leer: Nueva Zelanda entra a confinamiento nacional por un caso de Covid-19)

El primero es la vacunación. Concentrados en el método cero COVID, los neozelandeses han avanzado lento en su campaña de inmunización, aun cuando su población total es menor que la de la mayoría de capitales de Latinoamérica. El 46 % de los ciudadanos estaba vacunado hasta este 8 de octubre con su esquema completo. Esto se vuelve aún más importante considerando que en Nueva Zelanda (y en los demás países que aplicaron cero COVID) no hay un agotamiento de susceptibles; es decir, hay un gran número de personas que aún no han tenido ningún contacto con el SARS-CoV-2, y eso es arriesgado.

“El virus necesita gente que no se haya infectado para cambiar. Una persona que tuvo COVID puede tener una reinfección, pero es muy posible que no sea grave. Las variantes surgen cuanto más susceptibles haya”, explica Silvana Zapata Bedoya, MSc en Epidemiología. Ante la pregunta ¿cuáles son los países que ahora tienen mejores estrategias?, Zapata responde: “Esos que a pesar de que primero no les fue tan bien, han incrementado los porcentajes de vacunación y tienen seroprevalencia alta; es decir, mucha de su población ya se infectó y tienen anticuerpos naturales, además de los dotados por la vacunación. Nueva Zelanda no tiene ninguno de ellos. Por eso ahora sí se concentrará en vacunar”.

El riesgo de que la transición de una estrategia de cero COVID a un control dispare los índices de infección, pero, aún más grave, los de mortalidad, es una realidad. “Las naciones que tuvieron éxito en la aplicación de estas estrategias desarrollan una baja inmunidad de la población frente a la infección natural y ahora deben aumentar la cobertura de vacunación para evitar una elevada mortalidad y otras consecuencias asociadas al establecimiento de la endemicidad”, se lee en el artículo “Navigating from SARS-CoV-2 elimination to endemicity in Australia, Hong Kong, New Zealand, and Singapore” de la revista The Lancet.

Por eso, y aunque la alerta 4 no volverá a sonar en todos los celulares de Nueva Zelanda, la apertura no se hará de forma precipitada, advirtió el gobierno. Las restricciones se irán relajando por etapas a escala general y en zonas como Auckland, donde se desató el brote de la variante delta que echó abajo el muro cero COVID, el confinamiento total se mantendrá por varias semanas más hasta que la vacunación aumente. La estrategia de control implica también herramientas de mitigación, esas como el tapabocas con las que el mundo viene batallando hace ya un año, pero que los neozelandeses no habían conocido hasta ahora. (Le puede interesar: La OMS avala un nuevo (y costoso) tratamiento contra el coronavirus: el REGEN-COV)

De ello también dependerá el éxito de la transición del modelo de cero COVID a uno de control. En el primero ya queda casi en solitario China. Gao Fu, director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades del gigante asiático, señaló ayer que su país no está listo para convertirse en una sociedad que conviva con el virus. En el fondo, y además de las consideraciones epidemiológicas, aquello que tal vez separa con un abismo a ambas estrategias es la ingenuidad y la resignación. La primera, que aspira a terminar con la vida de un virus; y la segunda, que asimila que vivir será también, a partir de ahora, estar con él.

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