Durante décadas nos han dicho que la obesidad es, sobre todo, un asunto de carácter. Que basta con “cerrar la boca”, contar calorías y levantarse un poco más temprano para ir al gimnasio. Que si el peso vuelve, es porque la disciplina falló. Pero nada de eso es cierto.
La ciencia moderna ha demostrado que la obesidad es un problema mucho más complejo de lo que creíamos. Para intentar explicarla, el Dr. Fredy Andrés Luna, médico especialista en Endocrinología y líder del programa de Obesidad y cardiometabolismo de la Fundación Cardioinfantil – LaCardio, habla de factores genéticos, entornos sociales, cultura, regulación hormonal, funcionamiento cerebral, metabolismo, salud mental, calidad del sueño (por ejemplo, cuántas horas podemos dormir) e incluso el urbanismo de nuestras ciudades.
Si todo eso interactúa para que cualquier persona pueda sufrir obesidad, ¿cómo puede ser solo una cuestión de voluntad? “Lo primero que debemos hacer es no culpabilizarnos. La obesidad es una enfermedad crónica muy compleja. Solo cuando se conectan todos esos factores, se entiende por qué hay tanta obesidad en el mundo”, dice Luna. El planeta vive lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha llamado una pandemia de sobrepeso y obesidad. En 2022, según cifras de la organización, alrededor de 2.500 millones de adultos (personas de 18 años o más) tenían sobrepeso. Y de ellos, 890 millones eran obesos.
En Colombia la situación no es muy diferente. Según la última Encuesta Nacional de Situación Nutricional (ENSIN) de 2015, el 56,4 % de los adultos tiene exceso de peso y el 18,7 % presentaba obesidad. Es decir, más de la mitad de la población estaba por encima del rango considerado saludable. Pero definir qué es “exceso de peso” y qué es “obesidad” tampoco es tan simple como parece.
“Lo primero que debemos hacer es no culpabilizarnos. La obesidad es una enfermedad crónica muy compleja“.
Fredy Andrés Luna, médico especialista en Endocrinología y líder del programa de Obesidad y cardiometabolismo de la Fundación Cardioinfantil – LaCardio
Existen mediciones como el perímetro de la cintura —que permite estimar la grasa abdominal y el riesgo cardiometabólico— y evaluaciones más precisas de composición corporal que distinguen entre la grasa y la masa muscular.
Aun así, el indicador más utilizado para diagnosticar sobrepeso u obesidad es el índice de masa corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso por la estatura al cuadrado. Desde hace años, los científicos reconocen sus limitaciones: no distingue entre músculo y grasa, no refleja la distribución de la grasa corporal y puede clasificar de la misma manera a personas con riesgos metabólicos distintos.
Hay una manera bastante fácil y visual de entenderlo: imagine a un hombre que mide 1,70, va todos los días al gimnasio a hacer ejercicios de fuerza y pesa 85 kilos. Según el IMC, estaría en el rango de obesidad. Pero lo que marca la báscula en ese caso no es exceso de grasa, sino masa muscular.
“El riesgo no empieza en un único número y no depende solo del índice de masa corporal. Sirve como una herramienta general. Desde un IMC de 25 se clasifica como sobrepeso y a partir de un IMC de 30, obesidad. Pero en la práctica clínica eso tiene muchas limitaciones”, concuerda Ricardo Nassar, jefe de Cirugía Bariátrica y director del Centro de Cuidado Clínico de Obesidad de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB). En Colombia, agrega Nassar, aunque la evidencia local aún es limitada, los estudios y la práctica clínica suelen señalar puntos de alerta en otros indicadores más precisos, como el perímetro abdominal. Por ejemplo, una circunferencia de cintura igual o superior a 94 centímetros en hombres y 90 centímetros en mujeres ya se considera un marcador de mayor riesgo.
Es decir, más allá del peso, una de las cosas que más preocupa es la grasa acumulada en el abdomen. Por ejemplo, esa medida de la cintura, explica Nassar, de la Fundación Santa Fe de Bogotá, es un indicador indirecto de la llamada grasa visceral, la que rodea los órganos y se asocia con mayor riesgo de diabetes, hipertensión y enfermedad cardiovascular.
Precisamente, a médicos como Nassar y Luna les preocupa especialmente esa grasa visceral. “Cuando una persona desarrolla obesidad no solo aumenta el peso: aumenta el tejido graso, y ese tejido deja de ser un simple depósito de energía para comportarse como un órgano biológicamente activo. En especial, cuando se acumula en el abdomen y alrededor de los órganos. Allí produce sustancias inflamatorias que alteran el metabolismo”, explica Nassar, de la FSFB. Esa inflamación sostenida favorece, por ejemplo, la resistencia a la insulina y eleva el riesgo de diabetes tipo 2. También se asocia con hipertensión, hígado graso y enfermedades cardiovasculares.
“Hoy entendemos la obesidad como una condición multifactorial. No se explica solo por comer mucho, sino por la extracción entre biología, emociones, entorno, descanso y comportamiento diario”.
Ricardo Nassar, jefe de Cirugía Bariátrica y director del Centro de Cuidado Clínico de Obesidad de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB).
Imagine a su corazón, por ejemplo, rodeado de una capa de grasa. “Uno cree que el corazón es como una bomba, pero en realidad tiene unas cavidades que se llaman aurículas y que funcionan de una manera increíble, casi eléctrico-mecánica”, asemeja Carlos Ortiz, jefe de Cardiología Clínica de LaCardio. Las aurículas funcionan como el “director de orquesta” del latido. Primero reciben la sangre y luego dan la señal para que el resto del corazón se contraiga. Esa señal es eléctrica, como un pequeño impulso que viaja por el tejido, y la respuesta es mecánica: el músculo se aprieta y empuja la sangre.
Es un movimiento perfectamente coordinado que ocurre sin que apenas lo notemos. Pero si el tejido se inflama o se vuelve rígido por la acumulación de las grasa visceral, esa sincronía puede empezar a fallar. Es como si el corazón, en lugar de contraerse con un ritmo firme y ordenado, comenzará a hacerlo de manera irregular. El corazón puede compensarlo durante un tiempo. Una persona con exceso de grasa visceral puede no sentirse agotada ni notar síntomas de inmediato. Pero ese esfuerzo sostenido tiene un límite. “Ese corazón va llegando a su límite fisiológico y, eventualmente, se va a cansar. Y eso puede producir lo que denominamos insuficiencia cardíaca, que es cuando el corazón pierde la capacidad de bombear la cantidad de sangre y oxígeno que el cuerpo necesita”, señala Ortíz.
En ese punto no solo aparecen síntomas como fatiga o dificultad para respirar. También aumentan los riesgos. Un corazón debilitado tiene más probabilidades de desarrollar arritmias o de generar coágulos que puedan desencadenar un accidente cerebrovascular.
La relación entre obesidad y fallas en el corazón cada vez es más amplia y sólida. Por solo mencionar algunos datos, la Sociedad Europea de Cardiología estima que dos tercios del exceso de mortalidad relacionado con la obesidad se atribuyen a enfermedades cardiovasculares. La Asociación Estadounidense del Corazón coincide en que, cuanta más grasa visceral, peor pronóstico cardiovascular, independientemente del peso total. Y un estudio publicado en Nature a mediados de 2025 va más allá y señala que por cada punto que aumenta el IMC, el riesgo de desarrollar insuficiencia cardíaca sube entre 5% y 7%.
El corazón no es el único afectado. “Hoy entendemos la obesidad como una condición multifactorial. No se explica solo por comer mucho, sino por la extracción entre biología, emociones, entorno, descanso y comportamiento diario. Es decir, todas las características de una enfermedad crónica”, detalla Nassar. Hoy, la obesidad se asocia con más de 200 enfermedades, entre ellas diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedad coronaria, accidente cerebrovascular, apnea obstructiva del sueño, hígado graso, enfermedad renal crónica y al menos 13 tipos de cáncer, según estimaciones de organismos internacionales. No se trata solo de un factor de riesgo aislado, sino de una condición que atraviesa múltiples sistemas del cuerpo y que amplifica, de forma progresiva, la probabilidad de enfermar y morir de manera prematura. La buena noticia es que la obesidad no es una enfermedad inevitable.
Una mirada integral
Si estar obeso no es una decisión que podamos tomar, porque influyen factores que no controlamos, ¿adelgazar sí lo es? “Para el cuerpo, podría decirse que, en términos de salud, uno de los retos más difíciles es, definitivamente, perder peso”, responde Luna.
Se explica incluso, en alguna medida, por nuestra propia historia evolutiva. John Speakman, biólogo evolutivo de la Universidad de Aberdeen, explicaba en un artículo publicado en Annual Review of Nutrition que durante la mayor parte de la historia humana la comida fue escasa. Nuestros antepasados no vivían en un entorno de supermercados, como lo hacemos muchos hoy, sino en uno marcado por ciclos de abundancia y hambruna.
En ese contexto, el organismo desarrolló sistemas muy eficientes para ahorrar energía. Cuando el cuerpo detecta que está adelgazando, activa algunos mecanismos de defensa: aumenta el apetito, intensifica los antojos y reduce el gasto energético. El problema, como planteaba Speakman, es que hoy el escenario es distinto: comida abundante, barata y disponible todo el tiempo (muchas veces ultraprocesada) y mucha menos actividad física.
Entender la complejidad que implica adelgazar no tiene que ser una invitación al fatalismo, sino a la empatía y a la precisión. “La obesidad no se maneja con magia ni con urgencia emocional. Se maneja de forma integral trabajando la alimentación, actividad física, sueño, estrés, salud mental y seguimiento médico cuando se necesita. Como una persona busca resultados inmediatos sin cambiar el entorno y los hábitos de fondo, lo más frecuente es que baje un poco, luego recupere el peso y termine frustrado”, explica Nassar.
“Frente a la alimentación, un primer mensaje es que no hay que hacer dietas restrictivas”, agrega Luna. Los pacientes que llegan a instituciones como LaCardio y la Fundación Santa Fe de Bogotá lo hacen, usualmente, después de múltiples intentos fallidos: planes restrictivos que prometían resultados rápidos y rutinas extremas que, con la perspectiva que da el tiempo, son imposibles de sostener.
“Lo importante no es hacer una dieta extrema por unas semanas, sino construir una alimentación que la persona pueda mantener. Lo correcto es crear un buen hábito nutricional y no vivir haciendo dietas”.
Ricardo Nassar, jefe de Cirugía Bariátrica y director del Centro de Cuidado Clínico de Obesidad de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB).
“Las personas consideran fracaso no poder seguir con una dieta que no puede seguir nadie. A la falta de logro del objetivo, cuando la mayoría de las veces ese objetivo es un objetivo planteado más allá de la posibilidad real, llega la frustración”, nos decía Ana María Cappelletti, endocrinóloga, experta en obesidad y nutrición. Las investigaciones estiman que, de hecho, sólo alrededor del 20% de las personas que pierden peso mediante dietas consiguen mantener ese peso a largo plazo. El ayuno, una práctica que se ha popularizado en los últimos años, tampoco funciona como seguramente la mayoría de la gente lo supone.
Hace poco, un grupo de científicos revisó 22 estudios realizados entre 2016 y 2024 que, en conjunto, incluyeron a 1.995 participantes. La pregunta era concreta: ¿el ayuno intermitente realmente ayuda a bajar de peso? Los resultados, publicados el pasado 16 de febrero en la revista Cochrane Database of Systematic Reviews, muestran que, frente al asesoramiento nutricional tradicional, el ayuno intermitente podría producir poca o ninguna diferencia significativa en la pérdida de peso, medida como cambio respecto al peso inicial.
No es la primera vez que el ayuno intermitente muestra resultados poco concluyentes. El Instituto Nacional para la Calidad de la Sanidad y de la Asistencia de Reino Unido (NICE), ha señalado que la evidencia disponible aún no es lo suficientemente sólida como para respaldar recomendaciones claras sobre su uso como estrategia de pérdida de peso.
“Debemos buscar un patrón de alimentación sostenible, saludable y placentero”, agrega Cappelletti. No hay alimentos prohibidos, no hay hacer ninguna dieta rara ni obligarse a una suspensión abrupta de carbohitrados. “Lo importante no es hacer una dieta extrema por unas semanas, sino construir una alimentación que la persona pueda mantener. Lo correcto es crear un buen hábito nutricional y no vivir haciendo dietas”, agrega el científico de la Fundación Santa Fe. La clave, insisten todos, está en el balance y en la conciencia sobre lo que comemos. Es solo aprender a comer mejor. Eso implica, por ejemplo, seleccionar mejor las harinas, reducir aceites de mala calidad y grasas trans, dejar de lado los azúcares refinados y las bebidas azucaradas, y privilegiar alimentos lo más naturales posible.
“Hablar de alimentación saludable es hablar de hábitos sostenibles, no de prohibiciones absolutas. Significa priorizar porciones adecuadas, reducir azúcar y ultraprocesados, escoger carbohidratos de mejor calidad, asegurar una buena ingesta de proteína y hacer de la comida una herramienta de salud, no una lucha constante”, dice Nassar, quien está convencido de que “cuando el objetivo deja de ser solo bajar kilos y pasa a tener una mejor salud, energía y calidad de vida, el cambio suele ser más real y más duradero”.
Todo esto debe ir acompañado de actividad física regular. Pero no necesariamente como prometen los avisos de los gimnasios. “Toca arrancar desde la cotidianidad y, a partir de ahí, la persona va progresando en la actividad física”, dice Luna. Lo primero es moverse más. Si antes iba al supermercado en taxi y traía el mercado sin caminar, ahora puede intentar hacerlo a pie. “Desde sacar la basura caminando hasta, en el trabajo, dejar el ascensor y usar las escaleras. Es sumar más pasos al día. Esos pequeños cambios son los más importantes: ahí es donde arranca el proceso”, explica. La idea no es transformar la vida en una semana, sino incorporar movimiento de forma sostenida. Lo estructurado (como el gimnasio formal) puede venir después. Pero el primer paso es, literalmente, moverse más.
Como tercer elemento, no menos importante, está todo el componente de salud mental. La obesidad es una enfermedad que no tiene efectos únicamente físicos. “Puede relacionarse con cansancio persistente, peor calidad del sueño, baja energía o sensación de baja energía, frustración, ansiedad, síntomas depresivos y deterioro de la autoestima. Esto no solo impacta el bienestar emocional, sino también la capacidad de sostener hábitos saludables, pedir ayuda y mantener un tratamiento en el tiempo”, dice Nassar, de la Fundación Santa Fe. Dicho de manera simple, agrega el científico, “la obesidad afecta al mismo tiempo la estructura del cuerpo, su funcionamiento interno y la salud mental”.
“Hay que buscar tener el apoyo de un equipo de psicología que hace un perfilamiento de las características de ansiedad y de la relación que cada paciente tiene con los alimentos”.
Fredy Andrés Luna, médico especialista en Endocrinología y líder del programa de Obesidad y cardiometabolismo de la Fundación Cardioinfantil – LaCardio
Por eso el abordaje no puede limitarse a la dieta y al ejercicio. “Hay que buscar el apoyo de un equipo de psicología que hace un perfilamiento de las características de ansiedad y de la relación que cada paciente tiene con los alimentos. A partir de eso se hace un acompañamiento para minimizar esos factores que influyen en la forma en que comemos”, agrega Luna, de LaCardio. Se trata de un proceso integral. No es solo dejar de comer ciertos alimentos, hacer ejercicio de forma desbordada durante una semana o encadenar dietas restrictivas. Es entender qué detona la ansiedad, cómo influyen el estrés o el sueño, qué papel cumplen las emociones en la alimentación y cómo construir hábitos sostenibles en el tiempo.
La pérdida de peso, insisten los especialistas, no es un acto aislado ni una decisión de corto plazo. Es un proceso médico y conductual que requiere seguimiento, ajustes y acompañamiento. Sin esa mirada integral, los cambios suelen ser pasajeros.
Al final, y quizá como una muestra de la notable capacidad del cuerpo para adaptarse y recuperarse, superar la obesidad —o incluso reducirla de manera moderada— puede revertir parte del daño acumulado. “Así sucede con el corazón. Si no se hace nada, la probabilidad de presentar un evento cardíaco, como un infarto, en los siguientes 3 a 5 años puede ser cercana al 20 % en personas de alto riesgo. Pero si el paciente mantiene hábitos saludables en el tiempo y logra sostener un peso más saludable durante una década, los estudios muestran que el riesgo de estas complicaciones a largo plazo puede reducirse entre un 50 % y un 60 %”, finaliza Ortiz. “Esto es muy serio. Estamos hablando de un abordaje completo que realmente cambia la trayectoria de la enfermedad”.
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