Con poco éxito, porque según asume Benedicto XVI, “el mundo, y también muchos fieles, tienen dificultades” para comprender el mensaje de la Iglesia, que ilustra y defiende la belleza del amor conyugal en su manifestación natural”. Ese amor entre esposos, explicó ayer el Papa, tiene un modo propio de comunicarse: “generar hijos”. Y “excluir esa dimensión comunicativa mediante una acción que intente impedir la procreación significa negar” la “verdad íntima de ese amor”.
Benedicto XVI admite, sin embargo, que en “el camino de la pareja puedan verificarse circunstancias graves que hagan prudente distanciar los nacimientos de hijos o incluso suspenderlas”. Y es ahí, subraya el Papa, “donde el conocimiento de los ritmos naturales de la fertilidad de la mujer se convierte en importante para la vida de los cónyuges”. En otras palabras, el único contraceptivo autorizado por la Iglesia es el popularmente conocido como ojino, que el Papa define, de forma mucho más culta, como “métodos de observación”. De cada 100 mujeres que lo utilizan entre 14 y 24 se quedan embarazadas.
“Es cierto, reflexiona, “que la solución técnica aparece a menudo como la más fácil también en las grandes cuestiones humanas, pero en realidad esconde la cuestión de fondo, que tiene que ver con el sentido de la sexualidad humana y con la paternidad responsable, para que su ejercicio pueda ser la expresión de amor personal. Y concluye: “La técnica no puede sustituir la maduración de la libertad, cuando está en juego el amor”. Para acabar, el papa exhorta a los curtas a predicar a las parejas un mensaje 'que les oriente a entender con el corazón el maravilloso diseño que Dios ha inscrito en el cuerpo humano'. Las palabras del Papa son un aperitivo para el XII Sínodo de la Iglesia Católica, que arranca mañana en la Iglesia de San Pablo Extramuros. La asamblea de los obispos, que sirve como 'think tank' de carácter consultivo para debatir las cuestiones candentes de la Iglesia, reunirá hasta el 26 en Roma a 253 padres sinodales y a un centenar de expertos y auditores, para debatir sobre el tema 'La palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia'.
La ausencia más destacada será la de los obispos de China continental (solo vendrán los de Honk Kong y Macao), porque el régimen de ese país no les ha permitido acudir, según confirmó ayer el secretario general del Sínodo, Nikola Eterovi. La representación de la Conferencia Episcopal Española ha sufrido un cambio imprevisto. No estará Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, y le sustituye Antonio Cañizares, que fue elegido como primer suplente por la CEE. La razón de la ausencia es doble. En el Vaticano no gustó que Sebastián, ya jubilado, acudiera a la asamblea como emérito, porque eso hubiera sentado un precedente en el Sínodo, aunque había sido el obispo más votado por sus colegas, por delante de Ricardo Blázquez, segundo, y del propio presidente, Antonio María Rouco Varela, que quedó tercero. La segunda razón es que Sebastián recibió en mayo un encargo del Vaticano que le mantiene muy ocupado: es el comisario pontificio que debe resolver el espinoso caso de la asociación Lumen Dei.
La Unión Lumen Dei es una sociedad privada de fieles que fue fundada en 1967 en Cuzco (Perú) por Rodrigo Molina, un sacerdote jesuita asturiano (1920-1982), y por la monja conquense Josefina Serrano (1948-1999). Hoy, Lumen tiene 6.000 alumnos y 20 centros escolares en Latinoamérica y España. Sebastián está investigando las supuestas irregularidades cometidas en la gestión de un colegio de Lumen en Hortaleza (Madrid), el Santa María de la Asunción. Según la asociación, Sebastián ha apoyado a una dirección que tomó el poder del colegio ilegalmente y ha despedido injustamente y dejado sin hogar a tres monjas de Lumen que daban clases en el centro. Algunas familias de escolares han denunciado que el objetivo último del Vaticano y de la Conferencia Episcopal en el asunto es hacerse con la gestión del patrimonio de Lumen Dei.