9 May 2021 - 2:00 a. m.

Hablemos sobre estos días difíciles en Colombia; es por nuestra salud mental

En varias oportunidades se han mencionado las consecuencias que en la salud mental ha generado la pandemia. Pero los episodios de esta semana también causaron situaciones que despertaron diferentes emociones que inquietaron a más de uno. Dialogar y escucharnos puede ser una buena manera de lidiar con ellas.

@SergioSilva03

Cuenta una colega que el noveno día de paro nacional tuvo una reunión con un viejo grupo de investigación que ha mantenido desde la universidad. Se vieron de manera digital y acordaron aplazar labores académicas para dedicar un espacio a conversar sobre lo que estaba sucediendo en el país. La noche anterior habían disparado ocho veces contra Lucas Villa en Pereira. Todos habían visto los videos. Hablaron de ello y de lo difícil que era digerir estos episodios violentos. Todas y todos lloraron. Conversaron por dos horas más, reflexionaron y se despidieron con un abrazo virtual. “Fue como un espacio de contención, liberador”, dice. (Le sugerimos: Hospital San Jorge de Pereira dice que Lucas Villa no tiene muerte cerebral)

A otro amigo le sucedió algo similar en la clase de pregrado que dirige. Durante dos horas habló con su grupo sobre las movilizaciones, sobre las emociones que estaban generando y sobre cómo los medios trataban este complejo momento. Varios reclamaron porque ninguno de sus profesores había cedido espacio para conversar sobre lo que pasaba en las calles. Los acusaron de tener poca sensibilidad. “Esperábamos, al menos, un correo electrónico con un mensaje de aliento, pero nada”, señaló uno en su intervención. La mayoría dio rienda suelta a expresar su rabia, miedos e inquietudes. Al final, agradecieron por abandonar la rutina de la academia y permitirles conversar.

Por los mismos días, otra colega había notado que su círculo más cercano de amigos coincidía en una petición: verse para charlar sobre lo que estaban observando en redes sociales. Unos no querían salir de la cama; otros lloraron desahuciados por mañanas enteras mientras lidiaban con las discusiones familiares por Whatsapp.

Episodios como estos se han replicado a lo largo de la semana y es necesario, como dice José Manuel Santacruz, presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, que abramos espacios para dialogar. En un breve boletín que compartió hace un par de días explicaba por qué en un par de frases: “como psiquiatras, creemos en el valor de la palabra; es nuestro principal instrumento terapéutico y su valor es inconmensurable en estos momentos de crisis”.

Santacruz, profesor de la Universidad Javeriana, había escrito esas líneas con una doble intención. Buscaba llamar al diálogo entre “las partes involucradas”, pues es la “herramienta más eficaz para resolver este problema social”, pero también quería mandar un mensaje para recordar que el lenguaje y los espacios de expresión son útiles para lidiar con estos días de crisis. Después de todo, dice al otro lado del teléfono, el diálogo es una de las cosas que nos caracterizan como especie.

“Es una de las formas de interactuar”, replica. “Somos seres humanos porque también somos seres sociales. Desahogarse, escuchar al otro, entenderlo, permitirle decir lo que piensa, es fundamental en estos momentos. Hay que preguntar y escuchar”.

Pero, ¿fundamental para qué? “Para mantener una buena salud mental”, contesta.

¿Para qué volver a hablar de salud mental?

Hace una semana, cuando alguien nos sugirió hacer un reportaje más sobre salud mental, varios lo consideramos repetitivo y aburrido. Si hay un tema del que se haya hablado semana tras semana en esta pandemia, es la salud mental. Este y muchos medios han reseñado las devastadoras consecuencias que han dejado los confinamientos. Los episodios de ansiedad y depresión se multiplicaron, a la par que crecieron la violencia intrafamiliar y el consumo de sustancias psicoactivas. En Colombia, una de las evidencias más contundentes la dio en 2020 la Facultad de Medicina de la U. Javeriana, tras hacer una encuesta a jóvenes de Bogotá: el 68,12 % manifestaron episodios de depresión; el 53,3 %, de ansiedad.

El 6 de mayo, en The Lancet Psychiatry, solo por poner un ejemplo más reciente, investigadores ingleses liderados por el doctor Matthias Pierce, de la Universidad de Manchester, publicaron otro estudio que resumía lo que había sucedido en el Reino Unido. Entre otras cosas, encontraron que la salud mental se había deteriorado los meses siguientes a la llegada del coronavirus, pero que luego, a mediados de año, había empezado a mejorar. Un grupo (el 7 % de los encuestados), sin embargo, había tenido un deterioro constante y sostenido. Los más afectados, advertían, vivían en barrios desfavorecidos. (Le sugerimos: Lo que se sabe de salud mental y coronavirus tras un año de pandemia)

Aunque para algunos ha sido fácil establecer conexiones entre esas consecuencias que ha dejado la pandemia en nuestra salud mental y lo que ha sucedido la última semana en Colombia, lo cierto es que hacerlo es pararse en el terreno de la especulación. Como dice el psiquiatra Carlos Gómez-Restrepo, decano de la Facultad de Medicina de la U. Javeriana, lo que ha sucedido en las calles no dice mucho sobre nuestra salud mental.

Pero, pese a que no es una buena idea arrojar diagnósticos ni sacar conclusiones apresuradas, quizás es un buen momento para reflexionar sobre ella y lo que podemos hacer para cuidarla en medio de un contexto tan convulso. Para empezar, dice Gómez-Restrepo, hay que entender que lo que ha sucedido esta semana obedece a una mezcla de factores y que clasificar las personalidades o las motivaciones de quienes salieron a manifestarse es un despropósito en un contexto donde existen tal cantidad de diversos motivos para protestar. “Lo que sí es claro es que hay un gran descontento, un incremento de la pobreza, de las inequidades y el sufrimiento, lo cual es una llama que se encendió luego de un año muy difícil donde estuvimos encerrados y con un limitado contacto social que impidió oír muchas voces”, asegura.

Se trató de un año que tampoco parece haber favorecido, como cuenta Santacruz, algo clave a la hora de hablar de salud mental y que salubristas y epidemiólogos repiten día tras día: los determinantes sociales de la salud. A lo que se refieren es a las condiciones o circunstancias individuales y sociales que influyen en el estado de salud (física y mental) de una persona. Desde el sexo, los hábitos, hasta el sistema económico en el que vivimos. (Le puede interesar: Insatisfacción sexual: otra de las deudas que dejó la pandemia en los colombianos)

En otras palabras, tener una buena salud mental también depende de tener condiciones de vida favorables. Entre ellas, resalta Laura Ospina, psiquiatra y profesora de la Javeriana, hay puntos esenciales como la seguridad alimentaria, la cobertura de servicios básicos, tener un empleo o estabilidad económica. Y no es un secreto, como lo reveló el DANE hace un par de semanas, que la pandemia ha sido un duro golpe para los más desfavorecidos.

“Las presiones socioeconómicas, tanto la privación de espacios como las luchas financieras individuales, han sido factores de riesgo para el deterioro de la salud mental durante la pandemia”, apuntaba el grupo liderado por el doctor Pierce en una de sus conclusiones. “Esto resalta la necesidad de políticas dirigidas a las desigualdades socioeconómicas en la respuesta de recuperación”.

A Gómez-Retrepo lo inquieta una cosa más: “Me preocupa lo que vaya a pasar en diez o quince días. Me duele mucho lo que va a tener que enfrentar el personal de salud y los ciudadanos que están protestando y sus familias. Hoy los hospitales están colapsados y quienes están ahí van a tener que tomar decisiones muy difíciles y cargarán una gran responsabilidad. Habrá pacientes que, tal vez, no encuentren una cama. Creo que también hay que hacer un llamado a ponerse en lugar del otro en ese sentido. Hay valores primarios y uno de ellos es la vida. Sin vida no puede existir el resto. Si bien muchas de las protestas son legítimas, existen, en momentos de pandemia, diversas formas de llevarlas a cabo sin comprometer la posibilidad de estar vivos para disfrutar los cambios que se logren”.

Redes y bienestar emocional

La doctora Ospina también cree que establecer relaciones entre estas difíciles semanas y el paro no es una buena idea (simplemente no hay datos, dice), pero hay un punto sobre el que llama la atención: como ha sucedido con muchas personas, es claro que las redes sociales están desempeñando un papel clave en lo que muchos han sentido estos días de paro nacional.

Es cierto, asegura, que son canales para informarse, pero también es cierto que una sobreexposición a las noticias y los videos puede generar malestar emocional. Hay dos factores que entran en juego: la manera en que los medios comunican esa información y lo difícil que resulta ahora identificar una fake news. Su recomendación es sencilla. Por un lado, explica, hay que cerciorarse de que lo que vemos es cierto e intentar discernir qué consumir y qué no. Por otro lado, sugiere acercarse a medios oficiales.

Juan Manuel Santacruz tiene un viejo dicho para resumirlo: “todo en exceso es negativo. Hay que ponerse límites, porque esa sobreexposición puede generar un malestar emocional. No se trata de ser ajenos a la realidad que vivimos, sino de evitar que ese intento por estar conectado siempre termine siendo contraproducente”. “Los efectos psicológicos de las noticias y de la realidad actual nacional crecen a pasos agigantados”, apuntaba en el comunicado de la Asociación Colombiana de Psiquiatría.

Pero la pregunta es ¿cómo lidiar con esos efectos que parecen inevitables? ¿Cuál es el camino para no dejar que estos episodios nos afecten?

Pedro Pablo Ochoa, director de Campos, Programas y Proyectos del Colegio Colombiano de Psicólogos, anota que un buen inicio es empezar por identificar lo que sentimos sin tener vergüenza. “La sociedad siempre nos está diciendo, desde hace mucho tiempo, que no sintamos tristeza, que no sintamos rabia porque tenemos que estar felices. Pero ser felices todo el tiempo es, sencillamente, imposible”, asegura. “Entonces, está bien aceptar que estamos tristes o con rabia. Es importante identificarlo; no tengo por qué escapar de las emociones”.

Su otro consejo tiene mucho que ver con algo que poco a poco también ha dificultado la pandemia: “Establecer vínculos emocionales fuertes con otras personas y crear espacios de diálogo, porque es evidente que los fuimos perdiendo a lo largo del año. Antes los creábamos en la universidad o después del trabajo y podíamos expresar nuestras emociones”.

Sin embargo, como cuenta la doctora Ospina, también es cierto que mantener el bienestar emocional y la salud mental no se trata de formular recetas. Hacer actividad física, comer bien, dormir bien y sacar tiempo para el ocio son algunos de los ingredientes que pueden ayudar. Uno de los más importantes es retomar las conexiones que nos quitó el COVID-19.

Pero, sobre todo, dice Ochoa, hay que aclarar que la salud mental no es una responsabilidad individual. “Hay que entenderla como una responsabilidad comunitaria, estatal y hasta empresarial. No tiene mucho sentido preguntarle a un trabajador cómo está su salud mental si cada vez le quitamos más privacidad y lo hacemos trabajar hasta altas horas de la noche, obligándolo a resolver tareas cada vez más rápido”.

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