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Pensar en la nutrición también es clave en un terremoto

Muy poco se ha hablado de lo que significa estar bien preparado en términos de nutrición frente a una situación de emergencia. ¿Qué debería tener presente para enfrentar esos momentos difíciles? Hay pequeños consejos que pueden significar cambios profundos.

Luis Miguel Becerra Granados*

20 de agosto de 2026 - 07:00 p. m.
En Colombia, los alimentos secos, enlatados y de larga conservación forman parte de la planificación alimentaria utilizada oficialmente durante emergencias.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga
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Un terremoto no solamente puede derribar paredes, interrumpir carreteras o dejar una ciudad sin energía eléctrica. También puede romper durante horas o días algo mucho menos visible pero indispensable: la cadena que permite que los alimentos lleguen normalmente a nuestra mesa. Un supermercado puede permanecer cerrado, una vía puede quedar bloqueada, el refrigerador puede dejar de funcionar y el suministro de agua puede verse comprometido. Por eso, hablar de preparación ante un sismo también significa hablar de nutrición.

En Colombia esta no es una preocupación teórica. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) recomienda disponer de agua y alimentos no perecederos , dentro del kit familiar de emergencia. Su guía de preparativos ante un sismo establece, incluso, una reserva de alimentos no perecederos, como granos y enlatados, para, al menos, cinco días. La razón es sencilla: después de una emergencia no siempre podremos alimentarnos como lo hacemos normalmente.

El primer error consiste en pensar que cualquier alimento que dure mucho tiempo sirve para una emergencia. No es así. Un alimento puede tener una vida útil prolongada y, sin embargo, ser poco práctico cuando no hay electricidad, agua suficiente, refrigeración o una cocina disponible. Un saco de arroz, por ejemplo, puede conservarse durante bastante tiempo, pero requiere agua, combustible, un recipiente y tiempo para cocinarlo. Una lata de atún puede abrirse y consumirse inmediatamente. En una emergencia, esa diferencia puede ser determinante.

Los alimentos para una reserva doméstica deberían ser preferiblemente no perecederos, estar empacados y protegidos de la humedad, tener fechas de vencimiento suficientemente amplias y poder consumirse con poca preparación. En este grupo pueden encontrarse alimentos como atún u otros pescados enlatados, leguminosas en conserva, cereales y derivados de larga duración, leche de larga vida —cuando sea apropiada para los integrantes de la familia—, frutos secos o semillas si no existen restricciones individuales, galletas o productos de cereal de buena conservación y algunos alimentos envasados que permitan complementar las comidas.

La UNGRD ya ha utilizado, en sus esquemas de asistencia alimentaria de emergencia, productos como arroz, lentejas, fríjol, harina de maíz, pasta, atún, leche en polvo, aceite vegetal y otros alimentos de larga duración. Esto no significa que una familia deba copiar exactamente ese contenido. Una ayuda humanitaria para miles de personas y una reserva doméstica son cosas diferentes. Pero sí demuestra que, en Colombia, los alimentos secos, enlatados y de larga conservación forman parte de la planificación alimentaria utilizada oficialmente durante emergencias.

De hecho, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) recomiendan almacenar como referencia un mínimo de un galón de agua por persona por día durante tres días, es decir, aproximadamente 3,8 litros diarios, destinados a beber, cocinar, cepillarse los dientes y otras necesidades básicas. También aconsejan aumentar la reserva cuando existen circunstancias particulares, como climas cálidos o necesidades especiales. En Colombia, la UNGRD también incorpora el agua potable como elemento esencial del kit de emergencia.

Esto adquiere particular importancia cuando pensamos en ciudades como Cali, Pereira o Quibdó. No porque exista un único “kit alimentario” para cada ciudad, sino porque la preparación debe considerar el contexto. Cali es una gran ciudad con una elevada concentración poblacional y dependencia de redes de transporte, comercio y servicios. Pereira se encuentra en una región donde el riesgo sísmico ha sido objeto de estudios específicos de zonificación y respuesta sísmica por parte del Servicio Geológico Colombiano. Quibdó, por su ubicación en el Pacífico, plantea, además, desafíos particulares relacionados con acceso, transporte, lluvias y disponibilidad de agua segura en determinadas emergencias. La conclusión no es que una ciudad esté condenada a quedarse sin alimentos, sino que la planificación debe considerar cómo podría alterarse temporalmente el acceso a ellos.

En Quibdó, por ejemplo, tendría poco sentido diseñar una reserva que dependa exclusivamente de alimentos que necesiten refrigeración. En Pereira, donde puede presentarse un escenario de interrupción de vías o servicios después de un movimiento sísmico, también resulta razonable priorizar alimentos listos para consumir. Y en Cali, donde muchas familias viven en apartamentos, el tamaño, peso y facilidad de transporte del kit adquieren una importancia adicional. Una pequeña reserva familiar podría incluir, por ejemplo, agua potable, varias latas de atún o sardina; algunas porciones de leguminosas listas para consumir; galletas o cereales de larga duración; frutos secos si son tolerados; leche de larga vida para quienes la consumen, y alimentos habituales de la familia que no requieran refrigeración inmediata. A esto habría que añadir abrelatas manual, utensilios básicos y bolsas o recipientes limpios. No es un menú universal ni una prescripción nutricional; es solamente un ejemplo de cómo combinar alimentos que aporten energía, proteína y practicidad.

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Además, una persona con diabetes o enfermedad renal, hipertensión, alergias alimentarias, enfermedad gastrointestinal o alguna otra condición clínica no debería recibir automáticamente el mismo paquete que el resto de la familia. Lo mismo ocurre con adultos mayores, mujeres embarazadas y personas con requerimientos nutricionales especiales.

La OMS establece que la alimentación de lactantes y niños pequeños debe ser una parte central de la respuesta ante emergencias. La lactancia materna debe protegerse y apoyarse, mientras que la alimentación complementaria después de los seis meses debe continuar con alimentos apropiados y seguros. En otras palabras, una emergencia no convierte automáticamente a la fórmula infantil en la solución. Cuando un lactante depende de fórmula, su manejo debe ser individualizado por un profesional en Nutrición y Dietética y, si es posible, preferir fórmulas ya listas si el acceso a agua potable no es completo o posible. “Hombre precavido, vale por dos” dicen en Colombia.

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También existe una dimensión que no puede separarse de la nutrición: la inocuidad alimentaria. Después de un terremoto no debemos consumir un alimento simplemente porque “huele bien” o porque parece estar en condiciones normales. La OMS considera que la inocuidad, la nutrición y la seguridad alimentaria están estrechamente relacionadas. Los CDC recomiendan desechar alimentos perecederos que hayan permanecido más de cuatro horas sin refrigeración o que hayan tenido contacto con aguas de inundación. Una emergencia no es el momento para experimentar con la seguridad microbiológica de una lata abierta, una carne que permaneció a temperatura ambiente o un alimento que estuvo en contacto con agua contaminada.

Entonces, para dos personas un pequeño paquete de emergencia podría incluir 25 litros de agua potable, seis latas de atún preferiblemente en aceite; cuatro latas de granos listas para consumir como frijoles, garbanzos y arvejas; un kilo de galletas de soda o con crema para dar energía y sodio; una libra de frutos secos, especialmente maní con sal; una libra de fruta deshidratada; 12 barras de granola o proteína y 5 paquetes de suero de rehidratación oral, además de un abrelatas manual. Eso parece obvio, pero son detalles que “salvan la patria”, como se dice coloquialmente en Colombia. La selección debe adaptarse a las necesidades nutricionales y condiciones de salud de quienes integran cada hogar

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También es indispensable que en contextos de emergencias haya participación de profesionales de la salud, particularmente nutricionistas dietistas. No solamente para decir qué comprar, sino para establecer cantidades, seleccionar alimentos según la edad y las condiciones clínicas, para revisar interacciones y restricciones dietarias y para planificar alimentación infantil y determinar qué productos realmente pueden ser útiles en las condiciones particulares de cada familia.

En Colombia existe una estructura profesional que puede contribuir a este propósito. La Asociación Colombiana de Dietistas y Nutricionistas, ACODIN, tiene una trayectoria gremial de décadas y ha participado en el desarrollo y fortalecimiento de la profesión de Nutrición y Dietética en el país. El Ministerio de Salud reconoce dentro de los referentes de la profesión a ACODIN y su papel en el desarrollo profesional y científico de los nutricionistas dietistas. Por su parte, el Colegio Colombiano de Nutricionistas Dietistas, COLNUD, es una organización de derecho público vinculada al ejercicio profesional de los nutricionistas dietistas en Colombia.

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*Nutricionista Clínico Pediátrico.

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Por Luis Miguel Becerra Granados*

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