Me uno al pacto que propone El Espectador en su edición del 12 de este mes de marzo: pensar, trabajar, investigar, divulgar, lo que sea, pero por UNA SOLA SALUD, donde no solamente nos concentremos en nosotros, en el ser humano, sino en todos, absolutamente todo los seres vivos de este planeta, desde el protozoario más elemental, el hongo más microscópico, ese que crece y le da vida a los bosques, las algas que en los mares son base de la cadena alimentaria en esos ecosistemas, las plantas que emiten el oxígeno que respiramos, el oso andino o el jaguar que también tienen derecho a compartir este planeta con nosotros.
Quizá lo he dicho en anteriores columnas, pero no falta insistir: el planeta Tierra no le pertenece a la raza humana sino a todos los que vivimos en él, cada uno con sus características y funciones, sus ventajas y desventajas. Y esto quedó claro en la pandemia del COVID-19, cuando entendimos que la existencia del ser humano en el planeta depende de la de otros seres vivos, así como la preservación de ciertas especies que están en vía de extinción también depende de nuestra convivencia con ellas. Un enfoque que une, una de las mejores lecciones que nos dejó la pandemia del 2020.
Una sola salud, dice la Organización de Naciones Unidas, ONU, “es un enfoque integral y unificador cuyo objetivo es equilibrar y optimizar la salud de las personas, los animales y los ecosistemas”. Y pone algunos ejemplos: “la forma en que se utiliza la tierra puede influir en el número de casos de paludismo. Las características meteorológicas y los controles del agua construidos por el hombre pueden afectar a enfermedades como el dengue”.
No se trata entonces solamente de pensar en cómo atacar las enfermedades que aquejan a las personas, sino preocuparse por lograr la salud del suelo, de los cultivos, de las aguas que los riegan, de ríos, lagunas y mares, de los bosques, en fin, de los ecosistemas y de todos los que vivimos en ellos.
“La salud del planeta y la salud humana hacen parte del mismo continuo”, explica Germán Poveda Jaramillo, ingeniero civil de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, y PhD en Ingeniería de Recursos Hidráulicos; y también hacen parte del mismo problema y de la misma preocupación. Por eso, afirma, “la solución tiene que pasar por un enfoque transdisciplinario”, en el que todos los ciudadanos, desde sus experiencias y habilidades trabajemos colaborativamente desde una mirada que integre y no compartimentalice.
La visión integradora de las miradas y las investigaciones científicas sobre la naturaleza viva o inerte también fue una de las preocupaciones de Alexander von Humboldt, de acuerdo con el historiador Mauricio Nieto: “El viaje americano fue definitivo en la extensa obre de Humboldt, pero antes de partir ya estaba obsesionado con una apreciación holística que supone la interacción de diversas disciplinas”.
En esa tarea, como en todas, la comunicación es parte fundamental porque qué sacamos con tener un organismo como el Panel de Expertos de Alto Nivel en Una Sola Salud (OHHLEP, por sus siglas en inglés), si sus discusiones y decisiones no son divulgadas a través de diferentes canales y a diferentes públicos de todo el planeta Tierra. También es tarea del sistema de educación para que a los niños, desde sus primeros años tanto en la casa como en las instituciones educativas se les enseñe que el ser humano no es el ‘ser supremo’, el dueño del planeta, sino que convivimos con millones de seres vivos a los que es necesario respetar.
Entender el vínculo horizontal existente entre la salud humana, la animal y la ambiental es la ruta más idónea para aplicar las políticas de biodiversidad, de salud, de educación y de ambiente, por mencionar solo algunas; para entrelazar los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, ODS; en últimas para lograr un planeta más armónico y justo con los 3, 5, 7 o 10 reinos de la naturaleza que lo habitamos.
Lisbeth Fog es periodista científica.
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