En una de las decenas de viviendas que colapsó en el barrio Providencia, en Pereira, falleció una mujer de la tercera edad. Su hijo y un inquilino lograron salir de la casa e intentaron, junto a varios vecinos y voluntarios de la Defensa Civil, sacar a la señora que durante algunas horas dio señales de vida. “Lastimosamente, ya después dejó de responder”, contó Jacobo Agudelo, uno de los habitantes del barrio que ayudó en la búsqueda.
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A varios minutos de allí, en medio de los escombros del edificio Villa 13, en el centro de la ciudad, en donde se recuperaron los cuerpos sin vida de al menos siete personas, hay una fotografía de un niño vestido con toga y birrete tirada en el suelo. “Mi grado”, dice en una de las esquinas.
En un desastre natural como el que ocurrió el 10 de agosto en Colombia, con las pérdidas humanas y materiales “también se va parte de la identidad”, asegura Gustavo Perdomo Patiño, médico psiquiatra de la Fundación Santa Fe y profesor de la Universidad de los Andes. “Las personas que perdieron a familiares o allegados por supuesto que atraviesan una situación terrible, pero perder la casa también lo es”, añade. Los enseres, los regalos, las fotografías y los recuerdos también hacen parte de lo que se perdió.
Quienes no perdieron su vivienda, pero temen que un terremoto así se repita, también fueron afectados. En las noches, los edificios residenciales más altos de Pereira que se mantuvieron en pie apenas tienen unas pocas luces prendidas. En barrios como Providencia, las pocas casas que no colapsaron también están vacías. Las familias duermen en la calle, en frente de sus viviendas, acompañados de vecinos, porque temen estar adentro.
“Es una experiencia que irrumpe en la vida, la parte en dos”, explica Carolina Morales Arias, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana. Esa ruptura, dice, está asociada a la pérdida de una certeza de la experiencia humana: “que todos los días van a ocurrir de una manera más o menos similar, que el mundo es seguro”.
Ya han pasado 15 días tras el sismo de magnitud 7,4 que sacudió al país. En ciudades y municipios afectados ya se suspendieron las labores de búsqueda de sobrevivientes. Mientras se remueven escombros, se transportan donaciones y se planifica la reconstrucción de las más de 31.613 viviendas destruidas, queda una pregunta: ¿qué hacer con el miedo que dejó la tragedia?
Una emoción desbordada
Germán Fernández, médico de la Universidad del Rosario, ha trabajado en la atención de víctimas de desastres naturales, como el terremoto que ocurrió en Armenia, en 1999, y en la avalancha que arrasó Armero, en 1985. “Cuando ocurren este tipo de cosas, el miedo es apenas lógico. Es inevitable”, dice.
El trauma, en palabras de Perdomo, “es una respuesta del sistema nervioso central a una serie de eventos que ponen en riesgo la vida o la integridad de las personas”. Se activan el hipocampo, la corteza prefrontal y la amígdala en el cerebro en una función que la psiquiatría llama el circuito del miedo, “una emoción completamente normal en el ser humano”, explica el médico de la Fundación Santa Fe.
Ante un terremoto, sin embargo, “el evento que origina el miedo excede la capacidad de respuesta del individuo y, como consecuencia, también hay una respuesta anormal al trauma que se está sufriendo”, apunta Perdomo. Las consecuencias pueden ser variadas e incluyen insomnio, sobresaltos ante ruidos o vibraciones, recordar por momentos breves lo que sucedió y evitar los lugares afectados. Todo esto, aclara el psiquiatra, “no son signos de debilidad” tras la tragedia, sino que es lo esperable ante un sistema nervioso que está alerta y prevenido.
Lo esperable también es que estos síntomas del trauma vayan disminuyendo con el pasar de los días. “Si se hacen cada día más intensos, si pasadas cuatro semanas empeoran, en vez de mejorar, esto ya se convierte en un signo de alerta”, asegura Perdomo. Agitación extrema, no poder ingresar a ningún edificio y no poder estar sin compañía en ningún momento son ejemplos de lo que motivaría una valoración médica centrada en la salud mental de una persona afectada por el terremoto, comenta el especialista.
Esto implica que haya una preparación para la atención inmediata en los lugares de la tragedia acompañada por profesionales de salud mental en psicología y psiquiatría para hacer esas valoraciones. Perdomo advierte que no se puede perder de vista que el país tiene capacidades limitadas y que “es muy difícil tener profesionales especializados en todos los puntos afectados. Desde antes de la tragedia ya teníamos un déficit en varias regiones”. Por eso, recomienda que se exploren alternativas, como la capacitación del personal en salud que ya está en estos territorios para brindar atención inicial y la implementación de telemedicina como una herramienta para lograr llegar a más personas.
Morales, de la Universidad Javeriana, considera que hay otros aspectos claves, como la planificación “de mediano y largo plazo, más allá de la atención inmediata, para prevenir que las consecuencias en la salud mental no sean más profundas”. Para ella, al tratarse de un evento traumático colectivo, la atención debe trascender una valoración clínica de las personas y trabajar en la recuperación de la cotidianidad y los lazos sociales que se rompieron con el terremoto.
La recuperación colectiva
En un albergue, una persona afectada puede perder contacto con sus amigos y vecinos. Los niños, que normalmente van al colegio, deben esperar por la reactivación de los más de 3.700 centros educativos afectados en el país. No ir a la tienda del barrio ni tomar el bus en donde solía pasar, como lo llama Morales, es una “ruptura” de la cotidianidad.
“Infortunadamente, cuando ocurren catástrofes de este tipo, el entramado social se pierde. Los recursos o apoyos a los que podemos echar mano a nivel social y cultural se ven afectados en muchos aspectos”, explica Perdomo. Se refiere, por ejemplo, a los lazos con la comunidad, las afectaciones en lugares de ocio y la posibilidad de recibir ayudas del Estado.
Por eso, dice Morales, la atención y recuperación de la salud mental de las personas afectadas por el terremoto “no pasa solo porque haya presencia de psicólogos y psiquiatras. Se requiere un enfoque basado en lo colectivo”. Los líderes sociales, las juntas de acción comunal, los docentes y líderes religiosos o espirituales “también son fuentes de apoyo psicológico”, agrega, y es importante considerarlos durante la reconstrucción.
En palabras de Perdomo, “la recuperación individual no puede tener un asiento si la recuperación colectiva no está presente”. Y allí influyen varios elementos, como la seguridad alimentaria, la garantía de una vivienda digna, la educación y la posibilidad de trabajar. Todo esto permite que empiecen a recuperarse los lazos sociales que se quebraron y sostienen a las personas en los momentos de dificultad.
Un impulso para esta recuperación, de acuerdo con Morales, podría estar en la identificación de los liderazgos comunitarios para fortalecer su capacidad de congregar y apoyar a las personas. También, coinciden los expertos, se podrían brindar guías de salud mental para que desde allí se brinden ayudas básicas que respalden la atención profesional de quienes lo requieren.
“En Colombia tenemos muy buenas experiencias que demuestran que las comunidades tienen muchas capacidades y recursos para afrontar la adversidad”, argumenta Morales. La psicóloga es enfática en que esto no implica que no haya personas que requieren atención profesional, pero, “afortunadamente, quienes padecen trastornos médicos tras un evento traumático colectivo no son una mayoría”. El enfoque también debe estar en fortalecer el entorno que hará posible que los impactos en la salud mental tras el terremoto puedan reducirse, retornando a las personas lo más pronto posible a su cotidianidad.
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