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Comer, alimentarse o nutrirse: ¿Cuál es la diferencia y por qué es importante para su hijo?

Lo que su hijo come hoy define su salud futura: comer no es igual a alimentarse ni nutrirse. No es cantidad, es calidad; y muchas veces, aun comiendo suficiente, falta nutrición.

Jaime Céspedes

30 de mayo de 2026 - 06:00 p. m.
La nutrición y el desarrollo están influenciados desde etapas tempranas por factores genéticos y determinantes sociales como la condición económica, el entorno cultural y el lugar donde se vive.
Foto: Luz Andrea Martinez

Aunque no lo creas, las decisiones cotidianas frente a la alimentación pueden definir la salud de tu hijo no solo hoy, sino también en el futuro. En este contexto, es importante comprender que los términos comer, alimentarse y nutrirse no son equivalentes. Comer se refiere simplemente a ingerir alimentos; alimentarse implica seleccionar opciones con calidad nutricional; y nutrirse corresponde al proceso interno mediante el cual el organismo absorbe y utiliza los nutrientes.

Partiendo de estas diferencias, se entiende que una alimentación adecuada no depende únicamente de “comer”, sino de cómo se eligen y combinan los alimentos. Debe basarse en la variedad, cantidad y calidad de los mismos. Por ello, es fundamental enseñar en los hogares principios nutricionales básicos como lograr un balance energético (que las calorías consumidas sean proporcionales a la energía que se gasta), aumentar el consumo de alimentos naturales (frutas, hortalizas, legumbres, cereales integrales y frutos secos), reducir las grasas saturadas y trans, moderar el consumo de sodio y azúcares, y priorizar alimentos ricos en nutrientes esenciales como vitaminas y hierro.

Sin embargo, cuando estos principios no se aplican de manera adecuada, aparece una situación cada vez más frecuente: niños que comen suficiente, incluso en exceso, y aun así no están bien nutridos. Esta realidad, conocida como doble carga de malnutrición, refleja una paradoja en la que el exceso de peso convive con la deficiencia de nutrientes esenciales, convirtiéndose en un problema silencioso pero creciente.

El estado nutricional de un niño no se define únicamente por cuánto come, sino por la calidad de los nutrientes que recibe y cómo su cuerpo los utiliza. Ahí está la diferencia entre alimentar y realmente nutrir.

El comienzo: mucho antes del primer plato

La nutrición y el desarrollo están influenciados desde etapas tempranas por factores genéticos y determinantes sociales como la condición económica, el entorno cultural y el lugar donde se vive. Este proceso comienza incluso antes del nacimiento: en el útero, en la salud de la madre e incluso en la de la abuela, conceptos conocidos como programación metabólica y epigenética.

En este contexto, los primeros meses de vida representan una etapa decisiva, en la que la alimentación comienza a marcar el rumbo del crecimiento y la salud futura. Aquí surge una de las dudas más comunes entre los padres: cuánto y con qué frecuencia debe comer un bebé. Preguntas cuya respuesta es menos rígida de lo que muchos imaginan.

Entre el exceso y la falta

Más que seguir horarios estrictos, los lactantes deben alimentarse cuando tienen hambre, no necesariamente cuando lo indica el reloj. Esto se conoce como alimentación a demanda. Este enfoque invita a reconocer señales tempranas como movimientos de succión, inquietud o llevarse las manos a la boca antes del llanto, así como señales de saciedad como la calma tras la toma.

Uno de los errores más comunes es no reconocer cuándo un bebé está satisfecho. Especialmente con el biberón, donde el flujo es más rápido, pueden consumir más de lo necesario, generando molestias digestivas, regurgitación, cólico y mayor riesgo de obesidad a futuro. En el otro extremo, una ingesta insuficiente puede afectar el crecimiento y desarrollo normal.

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El peso no es el único indicador del estado nutricional. Este desbalance también puede manifestarse de forma sutil en la vida diaria: cansancio persistente, dificultad para concentrarse, infecciones frecuentes o crecimiento más lento.

La hora de los sólidos: decisiones que importan

Alrededor de los seis meses llega otro punto de inflexión: la alimentación complementaria. En la actualidad, el método Baby-Led Weaning (BLW), donde se permite al lactante alimentarse por sí mismo, ha ganado popularidad al promover la autonomía, la exploración de sabores y la autorregulación.

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Sin embargo, también tiene matices. Algunos bebés pueden ingerir menos calorías de las necesarias o evitar alimentos clave, como los ricos en hierro. Además, existe el riesgo de atragantamiento si no hay supervisión adecuada. Por eso, más que elegir un método, la recomendación es adaptar la alimentación al niño, no el niño al método.

¿Qué pasa con los niños más grandes?

Con los años, el problema cambia, pero no desaparece. Hoy, gran parte de la alimentación infantil está mediada por productos ultraprocesados: ricos en sal, azúcar y grasas, con ingredientes artificiales, diseñados para gustar más que para nutrir. El resultado son niños que aumentan de peso, pero con deficiencias de hierro, vitaminas y otros micronutrientes esenciales.

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Frente a esto, el Ministerio de Salud de Colombia propone el “plato saludable de la familia colombiana”, una herramienta que orienta el consumo de alimentos frescos y variados, organizados en seis grupos. Además, promueve hábitos clave como beber agua, realizar actividad física y compartir en familia.

La alimentación de niños y adolescentes debe asegurar un consumo equilibrado y variado. Por ejemplo: incluir diariamente un huevo y dos porciones de lácteos, consumir cinco porciones de frutas y verduras al día, incorporar leguminosas al menos dos veces por semana y limitar el consumo de sal y grasas no saludables.

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A la hora de preparar una lonchera

Es importante tener en cuenta el etiquetado nutricional. En Colombia se estableció el uso obligatorio de sellos de advertencia en productos ultraprocesados, los cuales alertan sobre el exceso de sal, azúcares, grasas saturadas, grasas trans y edulcorantes.

Estos sellos permiten tomar decisiones más informadas al momento de elegir alimentos.

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  • Sodio: presente en productos procesados como embutidos, sopas y enlatados. Su exceso aumenta el riesgo de hipertensión y enfermedades cardiovasculares.
  • Azúcares: presentes en bebidas azucaradas, dulces y productos industriales. Su consumo excesivo se asocia con obesidad, diabetes y caries.
  • Grasas saturadas y trans: presentes en alimentos fritos y ultraprocesados. Incrementan el riesgo cardiovascular.
  • Edulcorantes: comunes en productos “light” o “diet”. Su consumo excesivo puede tener efectos negativos en la salud.

En contraste, en Colombia también existe el “sello positivo”, que identifica alimentos con mejores perfiles nutricionales.

La alimentación no solo sostiene el funcionamiento del cuerpo; también es un fenómeno social, cultural y ambiental. Por ello, es clave educar a las familias y hacer de la hora de la comida un espacio donde niños y cuidadores fortalezcan hábitos saludables, promoviendo una alimentación balanceada, diversa y consciente desde los primeros años de vida.

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Jaime Céspedes es el líder médico del hospital pediátrico de LaCardio.

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