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En este momento, los ojos de gran parte de los meteorólogos del continente están puestos en lo que ocurre en el océano Pacífico. Los cambios “anómalos” en las temperaturas de estas aguas, ubicadas al occidente del país, podrían desembocar en un descenso marcado de las lluvias en gran parte de Colombia, en lo que se conoce como el fenómeno de El Niño.
Las estimaciones más recientes de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) apuntan a que “es probable que El Niño se manifieste pronto, con un 82 % de probabilidad entre mayo y julio de 2026, y del 96 % de probabilidad entre diciembre de 2026 y febrero de 2027”. Lo que aún queda por descifrar es su intensidad, aunque hay una alta probabilidad de que sea “fuerte” o “muy fuerte”.
Como lo explicó hace unas semanas la directora del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), Ghisliane Echeverry, la llegada de El Niño podría “superponerse” a las ya de por sí altas temperaturas que se registran en el país. Durante los primeros 13 días de mayo, por ejemplo, el Ideam informó que en Colombia se registraron “condiciones significativamente más cálidas de lo habitual en distintas regiones del país”. En el caso de Valledupar, la ciudad alcanzó los 38.4 °C, lo que representó una anomalía de +4.2 °C frente a su promedio histórico. Vale recordar, además, que la década entre 2015 y 2025 ha sido la más cálida jamás registrada por los científicos en el mundo.
La inquietud que esto genera no es solo una cuestión climática. Desde hace mucho tiempo, los científicos y médicos saben que el medio ambiente y los cambios que sufre tienen un impacto directo en la salud de las personas. Fabio Varón, especialista en Neumología de la Fundación Cardioinfantil (LaCardio), explica, por ejemplo, que El Niño “trae consigo sequías prolongadas, altas temperaturas e incrementos significativos en los incendios forestales. Estos eventos elevan la concentración de material particulado y otros contaminantes en la atmósfera, además de alterar la producción de polen y propiciar la distribución de hongos en el ambiente”.
Todo esto, agrega el especialista, contribuye a un panorama que “deteriora gravemente la salud respiratoria y eleva la demanda fisiológica del organismo, lo que no solo desencadena nuevas enfermedades respiratorias, sino que agrava las patologías preexistentes.”
Con material particulado, el especialista de LaCardio se refiere a las diminutas partículas sólidas y líquidas que permanecen suspendidas en el aire y que pueden ser inhaladas por las personas. Estas partículas provienen de fuentes como el humo de los incendios forestales, el polvo levantado por las sequías, las emisiones de vehículos y algunas actividades industriales. Las más pequeñas son especialmente preocupantes porque pueden penetrar profundamente en los pulmones e incluso alcanzar el torrente sanguíneo, aumentando el riesgo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
La doctora Milena García, jefe de Neumología de la Fundación Santa Fe de Bogotá, sostiene que en su práctica médica diaria ha visto cómo la mala calidad del aire, que puede intensificarse con El Niño, ha exacerbado enfermedades respiratorias preexistentes, particularmente el asma y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). A esto se suman casos de irritación de vías respiratorias e infecciones, especialmente en personas vulnerables.
“Algo importante es que estas condiciones no solo afectan a quienes ya tienen enfermedad pulmonar”, sostiene García, de la Fundación Santa Fe. “Personas previamente sanas pueden presentar tos seca, irritación ocular, congestión nasal o sensación de ahogo, especialmente en días de peor calidad del aire y altas temperaturas”.
Pero, ¿cómo nos afecta el calor?
En su libro, “Este calor te va a matar primero”, el periodista científico Jeff Goodell propone entender nuestra relación con las altas temperaturas como “un reto evolutivo”. Las primeras formas de vida en el planeta, asegura Goodell, no tenían un sistema para regular sus temperaturas internamente, y lo hacían, por ejemplo, buscando sombra (cuando hacía mucho calor) o acercándose a objetos calientes (cuando hacía mucho frío). Hace 260 millones de años, surgió un grupo de especies, entre las que se encuentran los mamíferos, que desarrollaron una forma de hacerlo internamente, los llamados “animales de sangre caliente”.
Aunque con algunos beneficios, como la reducción de posibilidad de infecciones en el torrente sanguíneo, este sistema tiene como costo el aumento de las necesidades energéticas del cuerpo. El ecólogo Kenneth Nagy, profesor emérito de la Universidad de California (Estados Unidos), lo confirmó en 2005 al hallar que “a nivel anual, es probable que las necesidades alimentarias de un endotermo (sangre caliente) sean unas 30 veces mayores que las de un ectotermo (sangre fría) de tamaño equivalente, una brecha que es 15 veces mayor durante los meses cálidos. La endotermia es un modo de vida muy costoso en comparación con la ectotermia”.
Como lo resume la editorial de una de las revistas científicas más grandes de Canadá, la CSP, “los periodos prolongados de exposición al calor suponen una carga acumulativa para el cuerpo humano, lo que puede desbordar los mecanismos de refrigeración del organismo, como la sudoración, y provocar así un aumento peligroso de la temperatura corporal central, lo que puede dar lugar a multitud de problemas de salud y, en casos extremos, a la muerte”.
Una de las formas en que el calor aumenta la exigencia del cuerpo es lo que ocurre con el corazón. Andrés Buitrago, jefe de cardiología de la Fundación Santa Fe de Bogotá, precisa que “el calor intenso obliga al corazón a trabajar más para regular la temperatura corporal, lo que puede aumentar el riesgo de deshidratación, alteraciones de la presión arterial, arritmias, infartos y accidentes cerebrovasculares, especialmente en personas mayores o con enfermedades cardíacas previas”.
Para poner esto en perspectiva, en Europa se estima que alrededor del 18 % de todas las muertes cardiovasculares son atribuibles a factores ambientales, como el calor y la mala calidad del aire.
Además de esto, el calor puede afectar otros aspectos de la vida, como el sueño. Un estudio publicado en la revista científica Sleep Medicine, dirigida por la Sociedad Mundial del Sueño, concluyó, por ejemplo, que “el efecto negativo del calor persiste en todas las mediciones del sueño y es más fuerte durante los meses y días más calurosos, en poblaciones vulnerables y en las regiones más cálidas”.
Ese estudio, publicado en junio de 2024, analizó 36 investigaciones que se han centrado en el calor y el sueño. Lo que encontraron es que el 81 % de los artículos y publicaciones concluyeron que las temperaturas más altas se asociaron con un sueño de peor calidad.
Para Varón, de LaCardio, el problema no se limita al calor. “Si a nuestro estilo de vida y a las exposiciones laborales les sumamos factores ambientales críticos como el fenómeno de El Niño y la contaminación atmosférica, las condiciones se combinan y aumentan el riesgo de descompensaciones graves en personas con enfermedades preexistentes”, explica. Según el especialista, estos factores no solo agravan distintos problemas de salud, sino que también tienen un impacto directo sobre el bienestar y la calidad de vida de la población.
La alerta para los más vulnerables
Una de las conclusiones más preocupantes del informe de The Lancet Countdown es que el aumento de las temperaturas no afecta a toda la población por igual. Los más expuestos al aumento de las temperaturas son los menores de 1 año y los mayores de 65. “En el período 2014-2023, las personas menores de un año y las mayores de 65 años en Colombia experimentaron, en promedio, un 694% y un 738% más de días de olas de calor por año que en el período de referencia de 1986-2005”, se lee en el reporte.
Uno de los principales factores de riesgo es, como argumenta Claudia Briceño, jefe del departamento de nutrición de La Fundación Santa Fe, la deshidratación. “El agua es clara para la distribución y absorción de los nutrientes que consumimos, como los probióticos minerales y, entre ellos, las vitaminas. Entonces, cuando estamos deshidratados, estamos afectando a todos los órganos”, indica Briceño. La pérdida de líquidos no solo compromete funciones básicas del organismo, sino que puede desencadenar una cascada de efectos que afectan desde el metabolismo hasta el funcionamiento cardiovascular y neurológico.
A ojos de Carlos Trujillo, de LaCardio, otro elemento clave es la duración de la exposición al calor. Una jornada especialmente calurosa puede resultar incómoda; semanas o meses de temperaturas elevadas representan un reto mucho mayor para el organismo. . “Cuando esto ocurre, se espera una adaptación del sistema cardiovascular, pero en los mayores de 75 esta capacidad se pierde. Y esto se exacerba en personas que no han cuidado su estado de salud, pues hemos visto que personas con buena condición física son más resistentes a estos riesgos”. En otras palabras, el envejecimiento, las enfermedades preexistentes y una menor reserva fisiológica reducen la capacidad del cuerpo para responder a un estrés térmico sostenido.
Las recomendaciones
Ante la posibilidad de temperaturas más altas y episodios más frecuentes de contaminación atmosférica en los próximos meses, los especialistas insisten en que la prevención puede marcar una diferencia importante. Una de las medidas más sencillas, pero también más efectivas, es mejorar la calidad del aire en los espacios cerrados. “Siempre es un tema que se puede mejorar en nuestros ambientes, con, por ejemplo, filtros para el material particulado, que nos van a permitir cuidar nuestras vías respiratorias, como nuestro corazón”, dice Trujillo, de LaCardio.
A nivel individual, las recomendaciones apuntan a reducir la exposición a los factores de riesgo conocidos. Según Buitrago, de la Fundación Santa Fe de Bogotá, es fundamental mantenerse bien hidratado, evitar la actividad física intensa durante las horas de mayor calor, seguir adecuadamente los tratamientos médicos y estar atento a síntomas como dolor en el pecho, dificultad para respirar o palpitaciones.
“También es útil consultar los índices de calidad del aire y limitar la exposición cuando los niveles de contaminación sean elevados. A largo plazo, promover espacios verdes, reducir las emisiones contaminantes y fortalecer los sistemas de salud contribuirán a proteger la salud cardiovascular de la población frente a los desafíos ambientales actuales”, sostiene.
La urgencia de estas medidas podría aumentar en las próximas décadas. Según el Sexto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, incluso bajo escenarios de transición acelerada hacia energías limpias, para finales de siglo cerca de la mitad de la población mundial estará expuesta a combinaciones de calor y humedad capaces de poner en riesgo la vida humana.
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