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Es posible que nunca haya escuchado (o haya escuchado muy poco) de las importantes células T. Son una pieza clave del sistema inmunitario: ayudan a reconocer y combatir infecciones y células anormales, y coordinan buena parte de la respuesta defensiva del organismo. Aunque eso se sabe hace mucho, aún hay preguntas abiertas. Por ejemplo, los científicos siguen investigando cómo influyen los cambios en los nutrientes del organismo, como los que ocurren después de comer, en la forma en que estas células funcionan y responden.
Una nueva investigación publicada en la revista científica Nature revela que el estado nutricional a corto plazo, es decir, si una persona ha comido recientemente o está en ayunas, tiene efectos importantes sobre la respuesta de estas células del sistema inmune.
Encontraron que las células T, tanto en humanos como en modelos animales, tienen una mayor capacidad cuando provienen de organismos que han comido. Esa ventaja no es momentánea, dicen, se mantiene incluso después de que las células son activadas y se multiplican, ya sea en laboratorio o dentro del organismo. Parte de este efecto se explica por la presencia en la sangre de quilomicrones, partículas ricas en triglicéridos que aparecen tras la ingesta de alimentos y que impulsan cambios en el metabolismo de las células T, mejorando su funcionamiento.
Estos cambios se relacionan con la activación de mecanismos celulares que favorecen la producción de proteínas, se lee en el estudio, lo que se traduce en una respuesta inmunitaria más eficaz. En otras palabras, las células T dependen mucho de los nutrientes disponibles para cumplir su función. Estas células necesitan energía y materiales para dividirse rápidamente cuando detectan amenazas, y su comportamiento cambia según el entorno metabólico. El estado posprandial, es decir, el periodo después de comer, implica una entrada activa de nutrientes al organismo y genera condiciones metabólicas distintas a las del ayuno.
Este estado no solo produce efectos inmediatos, sino que también puede dejar una “huella” en las células T, mejorando su capacidad mitocondrial, su producción de moléculas como las citocinas y su desarrollo hacia formas más eficaces de respuesta inmunitaria.
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