Está claro, como se repite casi a diario en periódicos y noticieros, que estamos viviendo cada vez más años. Las sociedades están envejeciendo y ese cambio demográfico ha transformado los principales desafíos de salud que enfrentan los países.
Colombia no es la excepción. El país atraviesa lo que los especialistas denominan una transición epidemiológica: la atención ya no se concentra exclusivamente en las enfermedades transmisibles, como el dengue o la malaria (que siguen representando un problema de salud pública), sino que se ha desplazado hacia las enfermedades crónicas y no transmisibles, como la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares o el cáncer, responsables de una proporción cada vez mayor de la discapacidad y la mortalidad.
Entre todas ellas, las enfermedades que afectan al cerebro ocupan un lugar cada vez más preocupante. Según la Federación Mundial de Neurología, más de 3.400 millones de personas viven actualmente con algún trastorno neurológico, lo que convierte a estas afecciones en la principal causa de discapacidad en el mundo. Y la tendencia seguirá en aumento conforme la población envejezca. Sin embargo, mientras los casos aumentan, persiste una idea profundamente arraigada: que olvidar nombres, perder palabras, desorientarse con frecuencia o tener dificultades para concentrarse son simplemente consecuencias inevitables de hacerse mayor. Para muchos, estos cambios siguen siendo vistos como una parte “normal” del envejecimiento y no como posibles señales de alerta.
Ese es precisamente uno de los principales problemas, advierten los especialistas. Normalizar el deterioro cognitivo puede retrasar la consulta médica durante meses o incluso años, reduciendo las posibilidades de identificar enfermedades tratables, intervenir de manera temprana o ralentizar la progresión de patologías como la enfermedad de Alzheimer y otras demencias. Hoy se sabe, de hecho, que hasta el 45 % de los casos de demencia podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre factores de riesgo modificables.
Ese cambio de enfoque también ha quedado plasmado en las recomendaciones más recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicadas este año. Para el organismo, la prevención de la demencia ya no pasa únicamente por reconocer los síntomas cuando aparecen, sino por proteger la salud cerebral a lo largo de toda la vida.
Para Mauricio Medina, neurólogo de la Fundación Santa Fe de Bogotá, el mensaje en esa línea es claro: “Lo que es bueno para el corazón es bueno para el cerebro. Controlar la hipertensión, la diabetes, el colesterol y los triglicéridos ayuda a proteger la salud cognitiva. También es importante evitar el cigarrillo, el consumo excesivo de alcohol, el sedentarismo y los traumas craneoencefálicos”. El cerebro, además, necesita mantenerse activo durante toda la vida. Aprender un idioma, tocar un instrumento, leer, resolver nuevos retos o cambiar las rutinas estimula las conexiones neuronales y favorece la reserva cognitiva. Como lo resume el especialista: “La rutina mata el cerebro. Aprender cosas nuevas y desafiar nuestra mente es una de las mejores formas de mantenerla activa”.
Además, la OMS agrega que atender problemas como la pérdida de audición y de visión, los trastornos del sueño o reducir la exposición a la contaminación del aire también forma parte de una estrategia integral para proteger la salud cerebral a lo largo de la vida.
También resulta clave entender qué significa realmente el deterioro cognitivo, un término que suele asociarse exclusivamente con la pérdida de memoria, aunque en realidad abarca mucho más. Las funciones cognitivas son las capacidades que le permiten al cerebro procesar la información e interactuar con el entorno. Además de la memoria, incluyen el lenguaje, la atención, la orientación y las llamadas funciones ejecutivas, que hacen posible planificar, resolver problemas o tomar decisiones. Cuando alguna de ellas empieza a alterarse, aparece el deterioro cognitivo. “Me gusta explicarlo con un ejemplo muy sencillo: imaginemos una orquesta. Cada instrumento representa una función del cerebro. Cuando uno de ellos deja de sonar correctamente, la canción continúa, pero algo ya no se escucha igual. Eso es lo que ocurre con el deterioro cognitivo: el cerebro sigue funcionando, pero algunas de sus capacidades empiezan a fallar”, explica el doctor Medina.
El especialista insiste en que este proceso no debe confundirse con el envejecimiento normal. Si bien las enfermedades neurodegenerativas son más frecuentes después de los 65 años, alteraciones persistentes de la memoria, el lenguaje o la atención también pueden ser consecuencia de lesiones cerebrales, trastornos metabólicos u otras enfermedades neurológicas. Lo importante, señala, es prestar atención cuando esos cambios empiezan a interferir con la vida cotidiana. Y hacerlo nunca había sido tan importante como ahora.
Durante años, el tratamiento del Alzheimer y otras demencias se concentró principalmente en aliviar los síntomas una vez la enfermedad ya estaba establecida.
Sin embargo, en la última década el panorama ha empezado a cambiar gracias a herramientas que permiten realizar diagnósticos cada vez más precisos e, incluso, detectar alteraciones cerebrales desde fases muy tempranas de la enfermedad. “Hoy contamos con medicamentos dirigidos a pacientes con enfermedad de Alzheimer en etapas iniciales e incluso antes de que aparezcan síntomas evidentes. Estas terapias ya están disponibles en algunos países de Latinoamérica y esperamos que próximamente puedan estar disponibles en Colombia para beneficiar a nuestros pacientes“, agrega Medina. Ese cambio también empieza a reflejarse en la consulta. Según la Fundación Santa Fe de Bogotá, durante los últimos dos años las solicitudes de citas para su servicio de Neurología Cognitiva, por ejemplo, aumentaron un 180 %, una señal de que cada vez más personas buscan evaluar de manera oportuna los cambios en la memoria y otras funciones cognitivas.
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