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En la Roma antigua existía una palabra para nombrar el tiempo dedicado al pensamiento y al cultivo del espíritu: otium. Antes, los griegos habían entendido el tiempo libre como la condición necesaria para el conocimiento. Para unos y otros, el ocio no era pereza: era el privilegio de ocuparse de lo que realmente importaba. A quienes se negaban a ese reposo, los romanos los llamaron hombres del negotium —de nec (no) y otium (ocio)—: literalmente, los del no-ocio. De ahí viene nuestra palabra negocio. En aquella jerarquía, el negocio era necesario pero inferior al ocio. Con los siglos, la balanza se invirtió: terminó asociándose a virtudes modernas como iniciativa, emprendimiento y prosperidad.
Traigo esta historia porque explica, en parte, la incomodidad con la que algunas personas pronuncian hoy la expresión “el negocio de la salud”, como si estuvieran nombrando un pecado. La indignación, sospecho, es más retórica que argumental.
¿Dónde está escrito que un hospital deba ser deficitario para ser legítimo?
La estigmatización de los excedentes en salud descansa sobre una premisa equivocada: que cualquier beneficio financiero obtenido por una institución hospitalaria es, por definición, inmoral. Quien ha trabajado en una institución de alta complejidad sabe que ocurre lo contrario. Sin excedentes, no hay renovación tecnológica, no hay capacidad para cuidar y dar bienestar al talento médico y de enfermería, no hay investigación clínica, no hay margen para responder a una pandemia ni a la próxima crisis. El excedente no es un lujo: es la condición material que permite que la misión asistencial continúe existiendo mañana.
Esto no significa ignorar los abusos. El sistema de salud colombiano ha visto prácticas que merecen el reproche público, y distinguirlas del excedente legítimamente reinvertido es una tarea pendiente del debate. Pero confundir ambas cosas —comparar a quien se lucra a costa del paciente con quien reinvierte en su atención— no aclara el problema: lo oculta.
Muchas instituciones —fundaciones, clínicas privadas, hospitales universitarios— llevan décadas sosteniendo, sin interrupción, la atención en procedimientos de la mayor complejidad: cirugía cardiovascular, trasplantes, oncología. Esa continuidad no se sostiene sola. Se sostiene porque muchas personas, cada año, cuidan que la operación produzca los recursos necesarios para que el quirófano siga abierto, el equipo se renueve y el médico formado durante décadas decida quedarse. Un hospital sin excedentes es, tarde o temprano, un hospital cerrado.
Quizá sea hora de aceptar que el ocio y el negocio no son enemigos morales, sino dos formas complementarias de habitar el mundo. Desconfiar del negocio es una sospecha antigua; repetirla hoy no la hace verdadera.
La salud, pública o privada, es al mismo tiempo un propósito y una organización que hay que hacer funcionar. Quien pretenda sostener la misión negando la gestión, o se engaña, o nos engaña.
Entonces insisto, con la terquedad de quien ha visto la cuenta al final del mes: ¿dónde dice que los hospitales tienen que ser deficitarios?
* MD, FACP.
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