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No es solo estrés: cómo la salud mental afecta el corazón, el intestino y las hormonas

¿Puede el estrés provocar gastritis? ¿La ansiedad afectar el corazón o las hormonas? La ciencia muestra que la salud mental y la salud física están profundamente conectadas, y que cuidar una también significa proteger la otra.

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04 de julio de 2026 - 03:00 p. m.
Lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino: nuevas pistas sobre Alzheimer y Parkinson. /Getty
Lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino: nuevas pistas sobre Alzheimer y Parkinson. /Getty
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En los últimos años, la salud mental ha pasado a ser una de las principales preocupaciones de los médicos y de los sistemas de salud en el mundo. Gustavo Perdomo, psiquiatra de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB), lo ve con frecuencia en su consulta.

Los trastornos de ansiedad siguen siendo el motivo de atención más común y, según explica, el incremento que experimentaron durante la pandemia de covid-19 no ha dado señales de revertirse. A estos se suman los cuadros depresivos (especialmente los leves y moderados asociados al estrés crónico), los problemas de sueño, el estrés laboral y el agotamiento profesional, además de un creciente número de consultas relacionadas con el uso excesivo de las tecnologías y las redes sociales, sobre todo entre los más jóvenes.

“Esas tendencias responden a factores que tienen que ver con la precarización laboral, con estar hiperconectados a toda hora, con el debilitamiento de algunas redes de apoyo social y con una mayor apertura para hablar de salud mental, que favorece que la gente consulte tempranamente”, explica el profesional de salud de la Fundación Santa Fe de Bogotá.

Hace poco, el Ministerio de Salud publicó la mayor radiografía de la salud mental de los colombianos en la última década y sus resultados parecen darle la razón a Perdomo.

La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025, que entrevistó a más de 120.000 personas en todo el país, encontró que el 16 % de los colombianos mayores de 12 años experimenta soledad o aislamiento; uno de cada cinco (21,6 %) considera que los cambios asociados al uso de dispositivos electrónicos y las nuevas formas de trabajar, estudiar y relacionarse han afectado su salud mental, y el 40,1 % afirma que los cambios ambientales, como el cambio climático o la contaminación, también han impactado negativamente su bienestar emocional. Además, el estudio mostró que los diagnósticos recientes de depresión prácticamente se triplicaron y los de ansiedad generalizada se cuadruplicaron frente a la medición realizada hace exactamente una década, lo que confirma que el deterioro de la salud mental no solo se percibe en los consultorios, sino también a nivel poblacional.

Más allá de los tratamientos farmacológicos o psicológicos, Perdomo insiste en que existen tres pilares que desempeñan un papel determinante en la salud mental: el sueño, la alimentación y la actividad física. En su concepto, no se trata únicamente de hábitos saludables, sino de factores que influyen directamente en el funcionamiento del cerebro y en la regulación de las emociones. El sueño, explica, cumple una función esencial en la regulación del estado de ánimo y de las funciones cognitivas, por lo que dormir mal de manera persistente aumenta el riesgo de desarrollar trastornos mentales. A esto se suma una alimentación equilibrada. Según el especialista, una dieta con un adecuado aporte de ácidos grasos omega-3, vitaminas del complejo B y alimentos que favorezcan una microbiota intestinal saludable contribuye a una mejor regulación emocional. “Por eso hay una evidencia emergente en lo que denominamos la psiquiatría nutricional”, señala.

La actividad física completa ese triángulo. Además de mejorar la condición física, favorece la liberación de neurotransmisores relacionados con el bienestar, como la serotonina, la dopamina y las endorfinas, y ayuda a reducir procesos inflamatorios que también se han asociado con la depresión. Para Perdomo, estos tres factores no actúan de manera independiente, sino que se potencian entre sí.

“Algo que va de la mano de esos problemas de salud mental es que aparezcan síntomas físicos persistentes, por ejemplo, alteraciones del patrón de sueño, del apetito, tensión muscular o síntomas digestivos, sin que exista una causa médica que los explique”, señala el médico de la FSFB. Esa relación ha despertado un creciente interés entre los investigadores. Hoy existe abundante evidencia de que la salud mental y la salud física están conectadas y que trastornos como la ansiedad o la depresión no solo afectan la calidad de vida, sino que también pueden aumentar el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, gastrointestinales y metabólicas.

Entonces, ¿por qué en ocasiones sigue siendo tan difícil asociar lo que sentimos con algunos dolores y molestias físicas? Para Miguel Ronderos, médico internista de la Fundación Cardioinfantil, buena parte del problema radica en cómo ha evolucionado la medicina durante las últimas décadas. “Anteriormente la medicina era una formación mucho más humanística”, explica. Con el crecimiento del conocimiento científico y el desarrollo tecnológico, “nos hemos centrado mucho en lo físico porque desde lo físico podemos solucionar muchas cosas”. Ese enfoque ha traído enormes avances para tratar enfermedades agudas y desarrollar procedimientos cada vez más precisos, pero también ha tenido un costo: la fragmentación de la atención. “El gran problema que ha aflorado de todo este desarrollo tecnológico es la enfermedad crónica”, señala. Son justamente esas enfermedades —como la hipertensión, la diabetes o muchas afecciones cardiovasculares— las que, según el especialista, exigen mirar al paciente más allá de un órgano específico.

En ese sentido, Ronderos cree que la medicina ha ido perdiendo parte de esa visión integral del ser humano. “No hemos logrado hacer una buena correlación entre el sentimiento y el pensamiento, el sentir y el pensar con el cuerpo, y nos hemos divorciado de los dos”. Para él, esa separación explica que muchas veces los pacientes con enfermedades crónicas no encuentren respuestas completas, pues los tratamientos suelen concentrarse en controlar los síntomas físicos sin explorar otros factores que también pueden influir en su evolución.

Entender esto puede contribuir, en opinión del médico de LaCardio, a que los pacientes asuman un papel más activo en el cuidado de su propia salud. En lugar de entender la enfermedad únicamente como un problema que debe resolverse con un medicamento o un procedimiento, propone verla también como una oportunidad para revisar los hábitos y las circunstancias que pudieron favorecer su aparición. El especialista pone un ejemplo cotidiano: una persona que sabe que ciertos alimentos le producen gastritis, pero prefiere seguir consumiéndolos y aliviar los síntomas con medicamentos en lugar de modificar ese hábito. Esa lógica, dice, suele repetirse en enfermedades crónicas, en las que resulta más sencillo confiar en una pastilla que hacer cambios sostenidos en el estilo de vida.

“La responsabilidad de mi salud es mía”, afirma. Y agrega que ese, a su juicio, es uno de los principales desafíos de los sistemas de salud.

Cuando el estómago y la mente hablan el mismo idioma

¿Cuántas veces ha pensado, en medio de un episodio de acidez, gastritis o intestino irritable, que el problema quizá no comenzó en el estómago? ¿Cuántas veces ha relacionado ese “algo me cayó mal” con una semana de estrés, una noche de insomnio o con esa preocupación que lleva días cargando y que no logra quitarse de la cabeza?

Si nunca lo ha considerado, quizá sea momento de hacerlo. “Entre el 60 % y el 70 % de las personas con síndrome de intestino irritable presentan algún grado de ansiedad o depresión”, explica Carolina Salinas, gastroenteróloga de la Fundación Cardioinfantil (LaCardio). ¿Qué tiene que ver la salud mental con el estómago? Mucho. Desde hace algunos años, los investigadores han encontrado que el cerebro y el intestino están conectados por una compleja red de comunicación conocida como el eje intestino-cerebro.

Esa comunicación tiene una base biológica. Sara Bandres-Ciga, quien participó como investigadora del Center for Alzheimer’s and Related Dementias de los National Institutes of Health (NIH) en un estudio publicado en 2025 en la revista Science Advances que analizó la relación entre distintos trastornos del eje intestino-cerebro y el riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas, explica que el intestino alberga el llamado sistema nervioso entérico, una red de alrededor de 100 millones de neuronas que mantiene una comunicación permanente con el cerebro a través del nervio vago, la principal vía de comunicación entre ambos órganos, además de otras conexiones nerviosas.

“A través de esos mecanismos, existe una conexión bidireccional del cerebro al aparato digestivo y al revés”, señala Bandres-Ciga. Eso significa que el estrés, la ansiedad, la falta de sueño o una carga emocional pueden alterar el funcionamiento del intestino y favorecer la aparición o el empeoramiento de problemas como la gastritis o el síndrome de intestino irritable, dos de las condiciones que con mayor frecuencia observa Salinas en la consulta.

Pero el camino también funciona en sentido contrario. Una inflamación intestinal, una microbiota alterada o trastornos digestivos persistentes pueden modificar las señales que llegan al cerebro. Esa conexión ayuda a entender por qué la alimentación va mucho más allá del aporte de calorías. “Muchas personas ven la comida únicamente como una forma de quitar el hambre”, dice la médica de la Fundación Cardioinfantil. Pero es mucho más que eso. Una dieta rica en productos ultraprocesados, azúcares y harinas refinadas altera la microbiota y favorece una sensación de satisfacción inmediata que desaparece pocos minutos después. A largo plazo, añade, ese patrón puede contribuir a un mayor cansancio, dificultades para concentrarse, trastornos del sueño y síntomas de ansiedad y depresión.

Por eso, Salinas insiste en que no es producto de la imaginación que la forma en que nos alimentamos pueda influir en cómo afrontamos el día. Comenzar la mañana con un desayuno basado en alimentos frescos, frutas, cereales integrales o alguna otra fuente de fibra, acompañado de una buena hidratación, es apenas un ejemplo. Lo mismo ocurre con el resto de las comidas. Cada una de ellas ayuda —o no— a alimentar las bacterias beneficiosas del intestino, las mismas que participan en funciones esenciales del organismo y en la comunicación con el cerebro. “La fibra es alimento para estas bacterias”.

De ahí que pequeños cambios en la alimentación puedan reflejarse, según la especialista, en personas con menos sensación de cansancio y una mayor capacidad para concentrarse.

La buena noticia es que cuidar esa microbiota no pasa necesariamente por comprar el probiótico de moda en el mercado. Para Salinas, el primer cambio es mucho más simple, aunque también más difícil: recuperar la conciencia sobre los hábitos cotidianos. “Muchas personas saben que la leche o el pan les caen mal, pero no relacionan el síntoma con una emoción o con el estrés”, explica. En otras palabras, dejar de pensar que el cuerpo funciona por compartimentos y entender que lo que sentimos en el estómago, lo que ocurre en la mente y lo que ponemos en el plato forman parte de una misma conversación.

Las hormonas y la salud mental

La salud mental y la salud hormonal no deben ser vistas como dos mundos separados, sino que forman parte de un mismo sistema biológico”, comienza diciendo Fredy Luna, endocrinólogo de la Fundación Cardioinfantil (LaCardio).

La endocrinología es la especialidad médica que estudia las hormonas y el sistema endocrino, conformado por glándulas como la tiroides, el páncreas, las glándulas suprarrenales y los ovarios. Las hormonas que producen participan en la regulación de funciones del organismo, como el metabolismo, el crecimiento, el sueño, el apetito, la reproducción y el estado de ánimo.

Durante años, explica Luna, se pensó que los trastornos mentales y las enfermedades hormonales pertenecían a mundos distintos. Sin embargo, la evidencia ha mostrado que mantienen una comunicación permanente. “El cerebro es el principal regulador de los ejes hormonales”, señala el especialista.

En la práctica, el cerebro y el sistema endocrino conforman una misma red de comunicación: “Las hormonas pueden modificar nuestras emociones y, de la misma forma, la enfermedad o los trastornos mentales pueden producir una alteración a nivel del equilibrio hormonal”.

Esa comprensión ha cambiado la forma de abordar estos problemas. En lugar de esperar a que aparezca una enfermedad avanzada, explica Luna, la endocrinología busca identificar de manera temprana alteraciones hormonales que podrían estar relacionadas con síntomas como ansiedad, depresión o trastornos del sueño, para ofrecer tratamientos personalizados antes de que las enfermedades progresen.

El especialista menciona, por ejemplo, que enfermedades como los trastornos de la tiroides, la diabetes tipo 2 o el síndrome de ovario poliquístico pueden estar acompañadas de ansiedad, alteraciones del sueño o cambios importantes en el estado de ánimo.

En esa misma línea, los problemas de peso suelen estar acompañados de alteraciones emocionales similares. Para Luna, esto refleja la estrecha relación entre el sistema endocrino y la salud mental. Para el endocrinólogo, uno de los errores más frecuentes es atribuir automáticamente estos síntomas al estrés o al ritmo normal de vida. Aunque el estrés puede ser un factor determinante, advierte que no debe convertirse en la única explicación sin descartar otras causas biológicas.

Por eso, Luna hace un llamado a no normalizar estas manifestaciones. Un estrés persistente que altera el sueño, un cansancio que no mejora con el descanso, cambios importantes en el apetito, un ánimo decaído o una ansiedad que se prolonga en el tiempo son señales que ameritan consultar. “No debemos normalizar muchos de los síntomas que las personas soportan en su día a día. Debemos hacer una detección mucho más temprana”, concluye.

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