El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Usted podría tener hepatitis sin saberlo: las claves para prevenirla y detectarla a tiempo

Aunque muchas hepatitis pueden pasar años sin causar síntomas, detectarlas a tiempo puede evitar complicaciones graves como cirrosis o cáncer de hígado. Estas son las claves para prevenirlas, identificar los factores de riesgo y proteger uno de los órganos más silenciosos del cuerpo.

Redacción Salud

25 de julio de 2026 - 10:00 a. m.
Según los médicos, la manipulación de equipos de suero intravenoso, la reutilización de jeringuillas, las transfusiones de sangre, el instrumental para perforaciones (piercings) y la reutilización de cuchillas en las barberías son las principales causas de la propagación de la hepatitis. EFE/EPA/BILAWAL ARBAB
Foto: EFE - BILAWAL ARBAB

El hígado es uno de los órganos más trabajadores del cuerpo humano. Mientras dormimos, comemos, hacemos ejercicio o simplemente caminamos, filtra la sangre, procesa nutrientes, almacena energía, produce proteínas y ayuda a eliminar sustancias tóxicas. Lo hace de manera tan eficiente que, incluso cuando empieza a enfermarse, puede seguir funcionando durante años sin dar señales. Esa capacidad de compensar el daño explica por qué las hepatitis continúan siendo uno de los grandes desafíos de la salud: millones de personas conviven con ellas sin saberlo, hasta que la enfermedad ya ha dejado secuelas.

En términos sencillos, una hepatitis no es otra cosa que la inflamación del hígado. Cuando esa inflamación es causada por un virus, explica la doctora Cristina Torres, internista de la Universidad del Rosario, hepatóloga del Hospital Italiano de Buenos Aires e integrante del grupo de Hepatología y Trasplante Hepático de LaCardio, el organismo activa una respuesta para combatir la infección y, durante ese proceso, las células del hígado infectadas pueden resultar lesionadas. Al inflamarse, dice Torres, “muchas células del hígado pueden morir”.

Cuando la infección se manifiesta como una hepatitis aguda, el organismo puede dar señales de alerta. En cuestión de semanas pueden aparecer cansancio intenso, malestar general, náuseas, dolor abdominal y un signo muy característico: la ictericia, que hace que la piel y, sobre todo, la parte blanca de los ojos adquieran un tono amarillento. A esto pueden sumarse orina oscura y heces claras o blanquecinas. Ante estos síntomas, advierte Torres, es importante consultar al médico. Pero no siempre ocurre así. Aunque suele hablarse de la hepatitis como si fuera una sola enfermedad, en realidad existen cinco virus distintos (A, B, C, D y E) capaces de provocarla. Todos afectan el hígado, pero ahí terminan las similitudes: se transmiten de maneras diferentes, no todos producen el mismo tipo de enfermedad y tampoco cuentan con las mismas estrategias de prevención o tratamiento.

Según los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las hepatitis B y C son responsables del 95 % de las muertes asociadas a las hepatitis virales en todo el mundo. Solo en 2024, causaron 1,34 millones de fallecimientos y, pese a los avances en prevención y tratamiento, la transmisión no se ha detenido: cada día se producen cerca de 4.900 nuevas infecciones, lo que equivale a 1,8 millones de casos al año.

La hepatitis B, explica Torres, se transmite principalmente por vía sexual y también puede pasar de una madre infectada a su hijo durante el embarazo o el parto, un fenómeno conocido por los médicos como transmisión vertical. Una vez que el virus entra al organismo, el desenlace no es el mismo para todas las personas. Cuando la infección se adquiere al nacer, el riesgo de que se vuelva crónica puede alcanzar el 90-95 %. En cambio, cerca del 95 % de los adultos elimina el virus de manera espontánea en los primeros seis meses, mientras que alrededor del 5 % desarrolla una hepatitis B crónica.

En estos últimos casos, el virus permanece en el organismo y puede seguir dañando el hígado de forma progresiva, por lo que requiere tratamiento para suprimir su replicación y reducir el riesgo de complicaciones como la cirrosis o el cáncer de hígado.

A diferencia de la hepatitis B, cuya principal vía de transmisión es la sexual, la hepatitis C se transmite sobre todo por el contacto con sangre contaminada. “El paciente puede haber tenido antecedentes de transfusiones, sobre todo antes del año 1992 en Colombia, cuando se desconocían estos virus. También por compartir agujas, especialmente entre usuarios de drogas endovenosas”, explica Mónica Tapias, internista, hepatóloga clínica y de trasplante hepático de la Fundación Santa Fe de Bogotá. Mientras que infecciones como la hepatitis A, que se producen por el consumo de agua o alimentos contaminados con el virus, suelen resolverse en pocas semanas y no evolucionan a la cronicidad, otras, como la hepatitis B y la C, pueden persistir durante años en el organismo y convertirse en infecciones crónicas, aumentando el riesgo de desarrollar cirrosis, insuficiencia hepática o cáncer de hígado.

¿Qué podemos hacer?

Las metas fijadas por la OMS en su Estrategia Mundial sobre las hepatitis víricas buscan eliminar las hepatitis B y C como una amenaza para la salud pública antes de 2030. Para lograrlo, el organismo se ha propuesto reducir en un 90 % las nuevas infecciones, disminuir en un 65 % la mortalidad asociada a estas enfermedades y lograr que la prevalencia del virus de la hepatitis B en niños menores de cinco años sea inferior al 0,1 %.

No ad for you

Para las especialistas, buena parte de las herramientas para lograr esas metas ya existen: vacunas para prevenir algunas hepatitis, tratamientos altamente efectivos y estrategias para evitar la transmisión de madre a hijo. El desafío ahora, dicen, es fortalecer la prevención, la concientización, el diagnóstico oportuno y garantizar que los pacientes lleguen a tratamiento. En Colombia, las vacunas contra las hepatitis A y B hacen parte del Programa Ampliado de Inmunizaciones. La de hepatitis B se aplica inmediatamente después del nacimiento y se refuerza a los dos, cuatro y seis meses de vida, mientras que la de hepatitis A se administra al cumplir el primer año. Gracias a estas estrategias, muchas de las infecciones que antes eran frecuentes durante la infancia hoy pueden prevenirse.

En el caso de la hepatitis B, la prevención empieza incluso antes del nacimiento. Durante los controles prenatales se realiza una prueba para identificar si la madre está infectada. Si el resultado es positivo, explica Torres, la mujer puede recibir tratamiento durante el embarazo para disminuir la cantidad de virus en su organismo y, una vez que nace el bebé, este recibe una inmunoglobulina (que le aporta defensas inmediatas) además de la vacuna.

No ad for you

Esa combinación ha permitido reducir de manera importante la transmisión del virus de madre a hijo. Además, pero en esa misma línea, Tapias recuerda que muchos adultos no saben si fueron vacunados cuando eran niños, por lo que vale la pena revisar el carné de vacunación y consultar con el médico si existe la necesidad de completar el esquema.

La hepatitis C plantea un desafío distinto. No existe una vacuna para prevenirla, aunque hoy cuenta con medicamentos capaces de curar más del 98 % de los casos en apenas unas semanas. El problema, coinciden Torres y Tapias, es que miles de personas viven con el virus sin saberlo, porque la infección puede permanecer silenciosa durante años antes de producir síntomas. Por eso, Tapias recomienda que todos los adultos se realicen al menos una vez la prueba para hepatitis C y que quienes tengan factores de riesgo (como antecedentes de transfusiones antes de 1992, procedimientos médicos antiguos, consumo de drogas inyectables o exposición a sangre contaminada) consulten con su médico sobre la conveniencia de hacerse el examen. Encontrar a esos pacientes, insisten las especialistas, es hoy uno de los principales retos para cumplir las metas de la OMS.

No ad for you

Pero proteger el hígado va mucho más allá de prevenir una hepatitis. Tapias explica que hoy una de las causas más frecuentes de consulta en hepatología ya no son las hepatitis, sino la enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica, antes conocida como hígado graso. Se trata de una condición diferente, que no es causada por virus, pero que también inflama y puede deteriorar progresivamente este órgano. Entre los principales factores que aumentan el riesgo se encuentran la obesidad, la diabetes, el colesterol y los triglicéridos elevados, el sedentarismo y el consumo frecuente de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados. A ello se suman la automedicación y el uso indiscriminado de suplementos, vitaminas y productos herbales o naturistas. Aunque suelen promocionarse como alternativas “naturales”, algunos pueden producir toxicidad hepática, especialmente en personas que ya tienen una enfermedad del hígado o que toman varios medicamentos.

En últimas, coinciden las especialistas, cuidar el hígado implica una combinación de medidas. Mantener al día la vacunación, realizarse las pruebas cuando existan factores de riesgo, consultar ante síntomas sugestivos y adoptar hábitos saludables, como una alimentación equilibrada, una buena hidratación, actividad física regular, eliminar el consumo de alcohol y evitar la automedicación, son acciones que ayudan a proteger un órgano que suele enfermarse en silencio y dar señales cuando el daño ya es considerable.

No ad for you

👩‍⚕️📄¿Quieres conocer las últimas noticias sobre salud? Te invitamos a verlas en El Espectador.⚕️🩺

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.