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Ser salubrista cuando empieza la noche

"Ser salubrista hoy es saber que ninguna política es neutra para la salud. Es entender que el silencio también es una decisión política. Y es recordar que, incluso cuando empieza la noche, nuestro trabajo es encender luces colectivas: defender lo público, la ciencia y la equidad, y no dejar solos a quienes más lo necesitan". Opinión.

Álvaro Javier Idrovo*
El Espectador
Foto: El Espectador
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Dentro de las profesiones de la salud, los salubristas son quienes analizan grupos humanos, no solo personas o pacientes aislados. Por definición, se enfocan en los asuntos macro: políticas públicas, organización de los servicios de salud, vigilancia epidemiológica y respuesta de primera línea durante epidemias, entre muchas funciones más. Son herederos de Rudolf Virchow, el eminente médico pruso, reconocido por muchos como padre de la medicina social, y quien en el siglo XIX afirmó: "La medicina es una ciencia social, y la política no es más que medicina a gran escala". Quizá su mayor legado sea entender que el salubrista debe actuar según el conocimiento científico, reconociendo siempre que su actuar es político.

Como toda disciplina, la salud pública ha cambiado con el tiempo. Nació como higiene, pasó al saneamiento ambiental y luego se apoyó en la vacunación, la organización de los servicios de salud y la prevención de enfermedades y lesiones laborales. En las últimas décadas, el enfoque se amplió cuando los economistas lanzaron las alarmas al ver que los costos de la salud tienden a aumentar sin fin, mientras la sociedad solo puede destinarle una cantidad finita de sus recursos. Esto llevó a retomar la importancia de los determinantes sociales de la salud, entendidos como las causas de las causas de la enfermedad. Su comprensión ha evolucionado: primero se identificó lo político, lo socioeconómico y lo cultural que estratifica las sociedades y produce desigualdades e inequidades; más recientemente, los determinantes comerciales, para entender cómo las grandes corporaciones usan el mercadeo y el cabildeo político para favorecer sus intereses, incluso con graves efectos sobre la salud poblacional.

Y como la historia no se detiene —hay épocas ilustradas y épocas oscuras—, el salubrista enfrenta hoy retos mayúsculos. Cuando el mundo parece complicarse más allá de lo aceptable, con guerras, hambre, genocidios, intolerancia creciente y liderazgos que desde el poder debilitan la cooperación internacional, estigmatizan migrantes, niegan la evidencia científica o recortan el gasto social, es cuando más hay que recordar con ahínco la importancia de los determinantes sociales.

No se trata de nombres propios: se trata de políticas concretas que afectan la salud de las poblaciones. Cuando un gobierno retira fondos de salud pública, cuando se ataca a la Organización Mundial de la Salud, cuando se criminaliza la migración o cuando se desinforma sobre vacunas, los efectos se miden en enfermedades y muertes evitables. Los problemas de salud son biológicos, pero también sociales. No pueden reducirse a la eficacia de un medicamento, a la toxicidad de una sustancia, a la presencia de un microorganismo o a cualquier enfoque que medicalice todo y pretenda resolverlo con una "pastilla mágica".

En última instancia, un salubrista es alguien que, sin perder de vista a los más vulnerables, trabaja por mantener la salud y evitar la enfermedad y la muerte en toda la población. Allí se ve con claridad que ser salubrista no es solo tener un título académico, también es una misión de vida. Saber epidemiología, administración en salud, bioestadística, salud ambiental, economía, antropología, sociología de la salud o cualquier otra especialidad no es suficiente. Salubrista es quien supera esos conocimientos disciplinares y, por su compromiso social, identifica los determinantes sociales y su efecto en cada acción individual y colectiva, y muy especialmente en las políticas públicas.

Por eso cuando empieza la noche, no basta con describir la oscuridad. El salubrista debe actuar. Eso significa, hoy, varias cosas concretas: producir y usar datos para visibilizar el impacto de las políticas extremistas sobre la salud poblacional; comunicar públicamente con lenguaje claro, sin tecnicismos, para contrarrestar la desinformación, participar en el debate político: asesorar, proponer, denunciar, defender lo público; construir coaliciones con otros sectores —ambientalistas, sindicatos, organizaciones sociales, académicos— porque la salud no se defiende sola; documentar y denunciar los determinantes comerciales y políticos que generan enfermedad, y defender la ciencia y la equidad como principios no negociables de la salud pública. Ser salubrista hoy es saber que ninguna política es neutra para la salud. Es entender que el silencio también es una decisión política. Y es recordar que, incluso cuando empieza la noche, nuestro trabajo es encender luces colectivas: defender lo público, la ciencia y la equidad, y no dejar solos a quienes más lo necesitan.

*Salubrista, epidemiólogo. Profesor titular de la Universidad Industrial de Santander (UIS).

Por Álvaro Javier Idrovo*

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