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Sin buenos sistemas de información, intentaremos comprender el país a partir de fragmentos

OPINIÓN | Un sistema de salud moderno necesita información interoperable, oportuna, trazable, medible y de calidad. Necesita que los datos clínicos, administrativos, financieros, epidemiológicos y territoriales puedan dialogar entre sí.

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Silvana Zapata Bedoya*
09 de agosto de 2026 - 08:45 p. m.
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Me alegra profundamente que los sistemas de información empiecen, por fin, a ocupar un lugar prioritario en la discusión sobre la transformación del sistema de salud.

Sé que para muchos existen otros problemas que deberían resolverse primero. Sin embargo, hay algo que a veces olvidamos: sin sistemas de información sólidos tampoco podremos saber con precisión cuáles son esos problemas, dónde están, qué magnitud tienen, cuánto cuestan, a quiénes afectan ni si las soluciones que implementamos realmente funcionan.

Un sistema de salud moderno necesita información interoperable, oportuna, trazable, medible y de calidad. Necesita que los datos clínicos, administrativos, financieros, epidemiológicos y territoriales puedan dialogar entre sí. Necesita, además, conectarlos con las estadísticas vitales, los cambios demográficos, el envejecimiento de la población, la salud pública, las condiciones ambientales, las emergencias y desastres y los determinantes sociales.

Eso es mucho más que digitalizar formularios o reemplazar el papel por una pantalla.

Es una verdadera transformación digital del sistema.

La Organización Mundial de la Salud entiende los sistemas de información en salud como sistemas complejos y multinivel capaces de transformar la recolección, el análisis, la gestión y el uso de los datos en inteligencia para la toma de decisiones. Por eso, las estrategias internacionales más recientes insisten en sistemas integrados, interoperables, gobernados adecuadamente y orientados al uso de la información, no simplemente a su acumulación.

Y esa diferencia es fundamental. Tener millones de registros no significa necesariamente tener información. Y tener información tampoco significa, por sí sola, producir conocimiento útil para decidir.

El verdadero salto ocurre cuando somos capaces de integrar los datos, garantizar su calidad, analizarlos oportunamente y convertirlos en inteligencia que permita anticipar problemas, identificar inequidades, evaluar intervenciones, asignar recursos y tomar mejores decisiones.

Colombia tiene enormes cantidades de información, pero buena parte permanece fragmentada entre sistemas construidos en momentos diferentes, con propósitos distintos y con capacidades desiguales de interoperabilidad y análisis. Los RIPS han sido fundamentales, pero tienen un origen principalmente relacionado con la prestación y la facturación. La RDA apenas comienza su camino. Existen registros administrativos, información epidemiológica, estadísticas vitales, datos financieros y múltiples fuentes sectoriales que todavía deben avanzar muchísimo para convertirse en un verdadero ecosistema de información.

Y aquí está uno de nuestros mayores desafíos: no necesitamos simplemente más bases de datos; necesitamos un ecosistema nacional de datos capaz de conectarlas de manera segura y útil.

Interoperabilidad no significa poner toda la información en un único lugar. Significa que sistemas diferentes puedan intercambiar y utilizar información bajo estándares comunes, con reglas claras de gobernanza, identificadores adecuados, seguridad, privacidad y protección de los datos personales.

De hecho, la OCDE acaba de señalar que la interoperabilidad continúa siendo uno de los objetivos históricos aún incompletos de la digitalización sanitaria. Su análisis internacional muestra algo particularmente importante: lograrla no depende solamente de tecnología. Requiere gobernanza, confianza, legislación, estándares, calidad del dato, liderazgo institucional y una inversión sostenida. La transformación digital es, en gran medida, una transformación organizacional.

Por eso también resulta importante reconocer los avances que ya existen en Colombia. La ADRES, por ejemplo, ha venido fortaleciendo considerablemente sus capacidades de analítica y hoy cuenta con una Sala de Inteligencia orientada a integrar información sobre recaudo, pagos, reconocimientos y auditorías para apoyar decisiones basadas en evidencia. El DANE, por su parte, ha avanzado con su Centro de Datos Geoestadísticos, integrando información estadística y geoespacial en una plataforma interoperable orientada precisamente a fortalecer la investigación y la toma de decisiones.

Esas infraestructuras cuestan. Los centros de datos cuestan. La interoperabilidad cuesta. Los equipos especializados cuestan. La ciberseguridad cuesta. Formar científicos de datos, epidemiólogos, estadísticos, ingenieros, arquitectos de datos y especialistas en gobernanza también cuesta.

Pero no hacerlo cuesta muchísimo más.

Porque cuando un país no conoce adecuadamente su información, también puede asignar mal sus recursos, detectar tarde sus problemas, duplicar esfuerzos, diseñar intervenciones para poblaciones equivocadas o mantener durante años programas cuyo impacto nunca ha sido realmente evaluado.

Esto adquiere todavía mayor relevancia cuando hablamos del financiamiento del sistema. No deberíamos tener que tomar decisiones trascendentales utilizando universos parciales de información. Para comprender realmente el gasto, calcular necesidades, estudiar utilización, proyectar demanda y evaluar suficiencia financiera necesitamos información completa, trazable y comparable.

Y el reto no termina en salud.

Un sistema moderno debería ser capaz de relacionar progresivamente información sanitaria con estadísticas vitales, ambiente, clima, movilidad, emergencias y desastres, condiciones sociales, territorio y otros sectores, respetando siempre los principios de finalidad, proporcionalidad, privacidad, seguridad y protección de los datos.

Porque la salud de una población nunca ocurre aislada del territorio donde vive.

Esto también implica cerrar la brecha digital. No podemos hablar de transformación digital si existen territorios sin conectividad suficiente, instituciones sin infraestructura, trabajadores sin herramientas adecuadas o comunidades que quedan por fuera de los sistemas. La atención primaria necesita llegar a todos, pero también necesita sistemas de información capaces de acompañarla, medirla y evaluarla.

Hay un principio que para mí es fundamental:

lo que no podemos seguir adecuadamente, difícilmente podemos evaluar; y lo que no podemos evaluar, difícilmente podemos mejorar.

Sin sistemas de información robustos podremos tener experiencias, testimonios y relatos valiosos sobre una intervención, pero será mucho más difícil determinar su cobertura, efectividad, impacto, equidad, costo y sostenibilidad.

Por eso desarrollar una verdadera capacidad nacional de analítica es un paso enorme.

Otros países llevan años recorriendo este camino. Dinamarca y Finlandia, entre otros, han construido ecosistemas digitales donde la interoperabilidad no depende exclusivamente de tener una plataforma determinada, sino de contar con estándares, gobernanza, marcos jurídicos e infraestructura que permitan que la información acompañe a las personas a través del sistema. Esa experiencia demuestra también que estos procesos no ocurren de un día para otro: son transformaciones de Estado que requieren continuidad, inversión y actualización permanente.

Y ahora aparece un desafío todavía mayor:

La inteligencia artificial, los modelos predictivos, el procesamiento de grandes volúmenes de datos y las nuevas herramientas de analítica pueden transformar profundamente la salud pública y la atención sanitaria. Pero ninguna inteligencia artificial puede compensar indefinidamente datos fragmentados, incompletos, tardíos o de mala calidad.

Antes de hablar de algoritmos extraordinarios, necesitamos fortalecer aquello que los alimenta: Los datos.

Por eso me alegra que los sistemas de información sean una prioridad.

No porque crea que la tecnología vaya a resolver por sí sola los problemas del sistema de salud, sino porque finalmente podremos construir la infraestructura necesaria para comprenderlos mejor.

Un buen sistema de información permite saber dónde invertir más y dónde podemos gastar mejor; dónde existe una brecha y dónde una intervención está funcionando; dónde aparece una inequidad y dónde estamos logrando reducirla. Permite pasar de reaccionar a anticipar y, sobre todo, permite evaluar las políticas más allá de quién las diseñó o quién las defiende.

Necesitamos datos que puedan hablarnos con franqueza.

Datos que no dependan de lo que yo quisiera demostrar, de lo que otro quisiera encontrar, de una teoría conveniente o de una posición política.

Datos completos, transparentes, oportunos y técnicamente sólidos que nos permitan aproximarnos, con todas las limitaciones que siempre tendrá la información, a lo que realmente está ocurriendo.

Hoy Colombia todavía observa buena parte de su sistema a través de ventanas separadas.

La transformación que necesitamos consiste en conectarlas.

Porque durante demasiado tiempo hemos intentado entender el bosque mirando los árboles que cada uno tiene enfrente.

Un sistema de información verdaderamente integrado nos permitiría, por fin, levantar la mirada y ver el bosque completo.

*MSc en Epidemiología, científica de datos - GIS y consultora internacional.

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Por Silvana Zapata Bedoya*

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