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Sobreviví al ébola. Esto es lo que más me asusta de este brote

“En cuanto me enteré del brote de ébola en la República Democrática del Congo, supe que iba a ser catastrófico”, relata un médico que se contagió en una de las epidemias más grandes de esa enfermedad.

Craig Spencer / The New York Times

30 de mayo de 2026 - 07:03 a. m.
Voluntarios de la Cruz Roja reciben capacitación para realizar entierros seguros en República Democrática del Congo.
Foto: EFE - Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja (FICR)
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El pasado viernes, Congo-Kinsasa reportó 246 casos sospechosos. La mayoría de los brotes de ébola terminan antes de alcanzar esa magnitud. El mismo día, surgieron informes de que alguien había muerto de ébola a cientos de kilómetros de distancia, en Kampala, la ciudad más poblada de Uganda. Menos de una semana después de que se declarara por primera vez, este es ya el tercer brote de ébola más grande de la historia.

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He visto el ébola de cerca. Me contagié mientras trataba a pacientes en África Occidental en 2014. Sé cuán destructiva puede ser la enfermedad, y lo poco preparados que estamos para su regreso.

Después del brote de 2014, que mató a más de 11.000 personas, el mundo reforzó los sistemas para detectar y contener los brotes de ébola de manera temprana. Gran parte de esa infraestructura —redes de vigilancia, equipos de respuesta rápida y asociaciones diplomáticas— ha sido desmantelada en el último año, al renunciar Estados Unidos a su papel por tanto tiempo de líder en salud mundial y respuesta humanitaria.

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A menudo se dice que el ébola es una enfermedad de la compasión, porque encuentra a sus víctimas entre las personas que permanecen cerca cuando sus seres queridos o sus pacientes enferman. Esto significa padres que cuidan de sus hijos enfermos, familiares que lavan los cadáveres de sus parientes muertos y profesionales de la salud que atienden a los pacientes en la fase más contagiosa de su enfermedad. Cuando trabajaba en Guinea, ingresé a siete miembros de una familia en nuestra unidad de tratamiento de ébola. Mientras los padres luchaban contra el ébola, se pasaban el día cuidando de sus hijos. Al final, solo sobrevivieron los padres.

Si el brote hubiera sido causado por el virus Zaire del Ébola, que es más común, ahora podríamos proporcionar una vacuna recientemente desarrollada a los familiares de los pacientes infectados y a los trabajadores de la salud. Pero no tenemos tratamientos ni vacunas eficaces para el inusual virus Bundibugyo del Ébola que está provocando el brote actual.

Tendremos que recurrir a medidas básicas de respuesta al brote, como el rastreo de contactos, el aislamiento y el apoyo comunitario. Estas medidas son difíciles de aplicar en condiciones ideales. Y la parte oriental de la República Democrática del Congo, donde se concentra este brote, es cualquier cosa menos ideal. El conflicto armado ha obligado a millones de personas a abandonar sus hogares y ha dejado muchas instalaciones de salud dañadas o destruidas. Tomó casi dos años contener un brote de ébola en la región en 2018.

Esta vez, tenemos mucha menos capacidad de respuesta. En las primeras semanas del segundo gobierno de Donald Trump, Elon Musk se jactó alegremente de meter a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional en una “trituradora de madera”. El desmantelamiento de la ayuda exterior estadounidense dejó sin financiación crucial a las clínicas, los trabajadores comunitarios de la salud y las organizaciones humanitarias que constituían la columna vertebral de la atención sanitaria en todo el este de Congo-Kinsasa.

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Junto con la agencia, se eliminó un equipo especializado de respuesta rápida: decenas de expertos, entre ellos personas con experiencia directa en la respuesta al ébola, entrenados y preparados para desplegarse exactamente en este tipo de momentos. En anteriores brotes de ébola, estos equipos financiaron los esfuerzos para capacitar a las comunidades en prácticas de enterramiento más seguras para limitar la propagación proveniente de cadáveres altamente contagiosos y establecieron controles en los aeropuertos para impedir que los viajeros sintomáticos subieran a los aviones.

En una reunión del gabinete, semanas después de su publicación sobre la trituradora y mientras se desarrollaba un brote de ébola en Uganda, Musk admitió avergonzado: “Una de las cosas que cancelamos accidentalmente, muy brevemente, fue el ébola y la prevención del ébola”, pero aseguró a todos que la financiación se había restablecido.

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Ya estamos viendo las consecuencias de estos recortes. The New York Times informó que el retraso en la detección del virus se debió en parte a que las muestras se habían transportado a un laboratorio de Kinsasa a una temperatura incorrecta, algo que USAID habría supervisado previamente. Cuando los funcionarios estadounidenses se enteraron del brote, había pasado casi un mes desde la primera muerte.

En su primer mandato, el presidente Trump disolvió el equipo de seguridad sanitaria mundial del Consejo de Seguridad Nacional, creado tras la epidemia de ébola de 2014, y ahora, en su segundo mandato, ha vaciado la Oficina de Política de Preparación y Respuesta ante Pandemias de la Casa Blanca. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades —que ayudan a coordinar la respuesta temprana y el rastreo de contactos en una crisis como esta— perdieron una cuarta parte de su personal el año pasado y no han tenido director permanente durante 15 de los últimos 16 meses.

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En 2015, después de sobrevivir al ébola, volví a Guinea con Médicos Sin Fronteras. Recuerdo perfectamente que los colegas de los CDC y de la Organización Mundial de la Salud trabajaban codo a codo, rastreaban el brote y perseguían nuevos casos. Esa colaboración sería mucho más difícil hoy en día; desde que el gobierno de Trump se retiró de la OMS, los miembros del personal de los CDC tienen prohibido trabajar con la organización.

Estados Unidos no puede revertir rápidamente nuestra abdicación de liderazgo en la escena de salud mundial. Pero podemos reforzar nuestra respuesta a esta crisis. Debemos comprometernos firmemente a colaborar estrechamente y a coordinarnos con socios esenciales como la OMS. Tenemos que movilizar fondos y expertos, acelerar el desarrollo de nuevos tratamientos y aumentar los recursos para equipos de protección y pruebas ampliadas.

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He respondido a muchos brotes y conflictos, pero tratar a pacientes de ébola ha sido lo más duro que he hecho nunca. El ébola es una enfermedad cruel y horrible. A menudo hablaba con los pacientes por la mañana y volvía por la tarde para encontrarlos muertos. En 2014 traté a dos hermanos de solo 6 y 8 años. Después de la muerte de su madre, su abuelo los trajo a nuestro centro de tratamiento. Cuando los conocí, eran revoltosos y sonreían sin cesar. Les encontramos juguetes, y cada día los animaba a comer, beber y descansar. Durante la semana siguiente, ambos empeoraron rápidamente. Yo estaba en su habitación cuando murieron. Semanas después, cuando yo mismo estaba en el hospital con ébola, pensaba en ellos todos los días. Y 12 años después, todavía lloro cuando pienso en que los perdí.

*Craig Spencer es médico de urgencias y profesor asociado de la Escuela de Salud Pública de la Universidad Brown, donde es miembro docente afiliado del Centro de Pandemias. También es miembro del cuerpo docente de la Escuela Watson de Asuntos Internacionales y Públicos.

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Por Craig Spencer / The New York Times

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