29 May 2020 - 8:41 p. m.

Una vacuna contra el miedo: entender la transmisión

Si usted es de los que creen que al oprimir el botón del ascensor se va a contagiar de coronavirus inmediatamente o luego de dar la vuelta a la manzana lo atormenta por varios días el pánico de estar infectado, es hora de revisar lo que los científicos han establecido hasta ahora sobre las vías de transmisión.
Pablo Correa

Pablo Correa

Editor Vivir

El nuevo coronavirus o SARS-CoV-2 mide aproximadamente unas 70 millonésimas de milímetro. No es fácil imaginar el tamaño real de nuestro contrincante. Manuel Ansede, un periodista de ciencia español, junto con dos de sus colegas se tomaron el trabajo de buscar una buena analogía para ayudarnos. Con respecto a un ser humano, una sola partícula del temido virus es tan pequeña como una gallina respecto a todo el planeta Tierra.

El problema es que muchas personas creen que basta una sola de esas gallinas para infectarse. O que esas gallinas vuelan por metros y metros como si no existiera la ley de la gravedad que aplica para las manzanas, pero también para los virus. Creen que pueden saltar del último apartamento de un edificio al primero. Que son infalibles, ultrarresistentes e invencibles. No entender cómo ocurre realmente la transmisión del virus, cuáles son los lugares y los comportamientos de riesgo, ha desatado en millones de personas ansiedad y paranoia.

En Twitter, la viróloga Muge Cevik, de la Universidad de St. Andrews en el Reino Unido, luego de revisar una serie de investigaciones alrededor del mundo, recordaba una de esas verdades que no se deben perder de vista: “Si bien se desconoce la cantidad de virus requerido para la infección, estos estudios indican que se necesita un contacto cercano y prolongado para la transmisión del COVID-19. El riesgo es más alto en entornos cerrados: hogar, centros de cuidado (ancianatos) y transporte público”. O si lo quiere ver desde el otro punto de vista: “¡Las interacciones casuales y breves no son el principal impulsor de la epidemia!”.

Una primera idea importante es que para que la infección sea efectiva se requiere una “cantidad” suficiente del virus, un buen número de “gallinas”. En un artículo sobre este mismo tema, publicado en el British Medical Journal, Paul Little, de la Universidad de Southampton, Reino Unido, y un grupo de colaboradores escribieron: “Datos recientes de COVID-19 han demostrado que aquellos con infecciones graves tenían niveles virales 60 veces más altos en la presentación que aquellos con enfermedad leve. Aunque los niveles de virus, una vez que la enfermedad ha comenzado, serán en parte una función de la respuesta inmune del paciente, es probable que el tamaño de la carga viral inicial sea un factor contribuyente, permitiendo que las defensas inmunes se sobrepasen más fácilmente”.

Teniendo claro que la “carga viral” es un factor importante, se entiende por qué los lugares cerrados son de mayor riesgo. Sukbin Jang, Si Hyun Han y Ji-Young Rhee, de la Universidad Dankook en Corea del Sur, al reconstruir la ruta de transmisión de un brote asociado con clases de baile físico en 12 instalaciones deportivas y que involucró a 112 personas, concluyeron que “las características que podrían haber llevado a la transmisión incluyen clases numerosas, espacios pequeños e intensidad de los entrenamientos. La atmósfera húmeda y cálida en una instalación deportiva, junto con el flujo de aire turbulento generado por el ejercicio físico intenso, puede causar una transmisión más densa de gotas aisladas”.

Cuando se congregaron de 5 a 22 personas en salas de 60 metros durante 50 minutos de ejercicio intenso el riesgo fue mayor. Algo interesante de este trabajo es que no identificaron casos en clases con menos de 5 participantes en el mismo espacio y tampoco entre los practicantes de pilates y yoga que participaron en grupos de 7 a 8 en la misma instalación al mismo tiempo. “Presumimos que la menor intensidad de pilates y yoga no causó los mismos efectos de transmisión que los de las clases de baile de fitness más intensas”, anotaron.

La evidencia por el lado de los chinos, donde comenzó la pandemia, apunta en la misma dirección. Al rastrear 1.286 contactos relacionados con 391 pacientes con coronavirus, un grupo del Centro para Control y Prevención de Enfermedades de China encontró que la transmisión del SARS-CoV-2 probablemente ocurrió entre contactos muy cercanos, como personas que comparten un hogar. Sin embargo, incluso en este grupo, menos de uno de cada seis contactos (es decir, tasa de ataque secundario del 11 al 15 %) estaban infectados. (Lea: Historia del coronavirus en un restaurante chino con aire acondicionado).

Otro grupo, encabezado por Wei Li de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Huazhong en Wuhan, China, y luego de analizar 392 contactos domésticos de 105 casos diagnosticados con COVID-19, encontraron que la tasa general de ataque doméstico fue del 16 %, la tasa de ataque secundario fue más alta en el cónyuge (28 %), todos los adultos (17 %) y fue menor en el grupo de menores de 18 años (4 %).

Al estudiar el primer caso de coronavirus en el estado de Illinois, una mujer de 60 años procedente de China, y rastrear todos los contactos los investigadores encabezados por el epidemiólogo Isaac Ghinai reportaron en la revista The Lancet que ella y su esposo estuvieron cerca de 372 personas y de ellos tan solo 43 desarrollaron síntomas de fiebre, tos o dificultad para respirar en los 14 días posteriores a su última exposición. Su conclusión: “La transmisión de persona a persona del SARS-CoV-2 se produjo entre dos con exposición prolongada y sin protección”. Trabajos similares alrededor del mundo en restaurantes, funerales y fiestas familiares refuerzan estas mismas conclusiones.

“Estos estudios indican que la mayor parte de la transmisión es causada por el contacto cercano con un caso sintomático, el mayor riesgo dentro de los primeros cinco días de síntomas”, comentó la viróloga Muge Cevik, y agregó: “Las altas tasas de infección observadas en las reuniones familiares y de amigos, y el transporte sugieren que los contactos cerrados en la congregación es probable que sea el impulsor clave de la transmisión productiva”.

Aun en esos casos con medidas adecuadas el riesgo se puede reducir prácticamente a cero. Marta Catalina Vásquez y su esposo Pedro Herrera son médicos colombianos. Ella es neumóloga pediatra y él es anestesiólogo. Viven en un apartamento al norte de Bogotá. En marzo su hijo Juan Daniel regresó de Nueva York y un par de días después resultó con síntomas compatibles con Covid-19. Una prueba lo ratificó ocho días después. En ese momento ella estaba al tanto de lo que ocurría en Estados Unidos y desde su llegada tomaron precauciones. Por tratarse de un caso entre leve y moderado la recomendación médica fue aislarse en su propia casa. Durante 15 días no salió de su cuarto y cuando lo hizo se protegió con mascarilla. Tampoco compartió un baño ni utensilios con nadie.

“Eramos obsesivos con el lavado de manos, el distanciamiento físico. Yo era como un general”, cuenta Marta. La desinfección de pisos y superficies también hizo parte de la estrategia. Cuando pasaron los síntomas y se cumplió el periodo de aislamiento ninguna de las otras cinco personas que vivían en la casa se infectó demostrando que si bien, como lo han advertido los epidemiólogos, estamos ante un virus con una alta tasa de contagio (en promedio cada persona infectada le transmite la enfermedad a otras tres), no significa que el contagio sea tan fácil ni ocurra en todas partes.

Kimberly Prather, de la Universidad de California, en San Diego, junto con dos investigadores de la Universidad National Sun Yat, en Taiwán, publicaron en la revista Science un buen compendio sobre la información disponible acerca de la transmisión del virus. “En general, la probabilidad de infectarse en espacios cerrados dependerá de la cantidad total de SARS-CoV-2 inhalado. En última instancia, la cantidad de ventilación, la cantidad de personas, el tiempo que se visita una instalación interior y las actividades que afectan el flujo de aire modularán todas las vías de transmisión viral y la exposición”, escribieron. Por estas razones su recomendación es usar máscaras bien ajustadas en interiores, incluso con una separación de dos metros”. Y, obviamente, no ha perdido vigencia la recomendación más antigua de todas: lavarse bien las manos con cierta regularidad.

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