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Pilar Molano, sobreviviente

En junio de 2017 estuvo cara a cara con la muerte, tras la explosión en el centro comercial Andino. Perdió una pierna por el atentado, pero asegura que fue más lo que ganó.

Pilar Molano fue una de las víctimas del atentado al centro comercial Andino.Mauricio Alvarado

“Si a mí Dios hoy me dijera ‘le voy a devolver su pierna y la vida de antes’ yo le diría que no. Le agradecería, pero no. No voy a cambiar lo que tengo y lo que he ganado”. Pilar Molano fue una de las víctimas de la explosión en el centro comercial Andino. Allí perdió una pierna, pero, según ella,  lo que obtuvo a cambio la reconforta y no está dispuesta a cederlo. Se van a cumplir dos años desde el “suceso” o “accidente”, como prefiere referirse a lo que ocurrió esa tarde del 17 de junio  de 2017, y no ha desfallecido. Ni siquiera el terrorismo pudo doblegar su valentía y fortaleza.

Tal vez una imagen suya, recostada sobre una pared con la pierna destrozada, es una de las que más representa el atentado que sacudió a Bogotá. Especialmente porque evocó con creces los horrores de una época que ya se daba por superada en el país. Pese a ello, Molano ha sabido pasar la página, hacerles el quite a los odios y seguir de pie. 

El día de la explosión fallecieron tres personas y ella fue una de las nueve que resultaron heridas. A diferencia de otras víctimas, tras el atentado no perdió el conocimiento y en su retentiva quedó registrado cada instante de angustia: “Caí sentada contra una pared. Me vi la pierna y dije ‘Dios mío’. Solo me enfoqué en eso, ni me di cuenta de que tenía incrustado un objeto debajo de la axila. No pensé que fuera tan grave y hasta llegué a pensar que era cosa de que me enyesaran. Luego —en apenas segundos— me di cuenta de la gravedad y dije ‘sí, voy a perder una pierna’”.

Si bien era una visitante frecuente del Andino, ese sábado acudió al centro comercial solo para verse con una amiga, tomarse un café y, seguramente, ir luego por un coctel con su pareja. Llegó primero que ella y fue al baño del segundo piso. Tuvo tiempo de cepillarse los dientes, lavarse las manos, retocarse el maquillaje y aplicarse un poco de perfume. Salió de allí, pero quiso lavarse las manos una vez más. Justo en ese momento, ocurrió el estallido. “Si no hubiera hecho eso, alcanzo a salir y no me agarra la bomba”, señala.

A su lado, quedó tendida una mujer que sí perdió la vida. Mientras esperaban ayuda —en una escena que bien recrea su forma de ser y su semblante— Pilar le pedía que no desfalleciera y la animaba a que siguiera consciente, mientras ella intentaba conservar la calma y no entrar en pánico por el estado de su pierna, la dificultad para hacer cualquier movimiento y lo rápido que perdía sangre y comenzaba a formarse un charco a su alrededor. 

Tras ser rescatada por los bomberos y trasladada a un centro médico donde salvaron su vida, las dificultades fueron para su familia. Ellos debían decidir si autorizaban o no que le amputaran la pierna. Accedieron, con el pavor de que quizás ella —siempre vanidosa— decayera al saber que su vida nunca sería igual. Fueron semanas de angustia y aunque Pilar respondía favorablemente a los procedimientos, la zozobra por su reacción los inquietaba.

Cuenta que, pese a que recibió tratamiento y fue preparada psicológicamente para la noticia, para sorpresa de todos —incluso de la misma Pilar— lo tomó bien, quizá con resignación y sumisión, pero agradecida de seguir con vida y, paradójicamente, alegre por lo que ese estallido trajo consigo para su vida personal y familiar. 

“Tengo conmigo a mi hija, que es lo que más quiero y que estaba en Argentina, estudiando y con ganas de quedarse por allá; ahora siempre me acompaña. Tengo a mi madre más cerca y también a mi pareja que, aunque siempre fue un maravilloso hombre, a veces no me dedicaba el tiempo que quería. Dios me puso todo tan lineal. Gané muchísimo”, agrega.

Sin embargo, Pilar también es consciente del sacrificio que implicó su nueva vida. Tiene dificultades de visión; su memoria ya no es la misma de antes; en un principio tuvo problemas para hablar con fluidez y, recientemente, recibió una noticia que reavivó una pena y un desconsuelo que hasta entonces no se habían manifestado con tal fuerza.

Pese a sus esfuerzos y al tiempo que ha dedicado para salir de sus muletas y adaptarse a una prótesis, le informaron que quienes hicieron su rehabilitación no lo hicieron del todo bien y ahora casi que debe iniciar el proceso de cero. Desde que fue dada de alta y se acostumbró a no tener una pierna, sueña con poder caminar con su prótesis. 

Pero Pilar no cae. Aunque han sido meses difíciles entre terapias, rehabilitaciones y visitas al psiquiatra, su espiritualidad y el apoyo de los suyos la hacen seguir adelante. Es difícil. Hay días buenos, hay otros malos. No obstante, ella —que bien se reconoce como una sobreviviente— se mantiene firme y hasta tiene fuerzas para librar otra batalla: no solo insiste en exigirle al Gobierno que la reconozca a ella y a los demás afectados como víctimas del terrorismo, sino que libra un lío legal para que el centro comercial Andino la indemnice por las fallas de seguridad que permitieron lo ocurrido. 

“La vida es hermosa, somos nosotros los que nos encargamos de que sea linda. Si uno se echa a la pena, uno mismo es el que se va a perjudicar”, remata Pilar, quien sigue de pie.