Comer bueno, pasar el tiempo y cambiar la vida: una historia de Tinder

En El Espectador queremos explorar, con nuestros lectores, cómo la tecnología está redefiniendo la forma en que nos relacionamos. Si quiere hacer parte de este experimento puede mandarnos su historia a [email protected].

iStock

Salir con hombres que conocía través de aplicaciones por internet fue producto de dos cosas: el fracaso de las relaciones con personas que conocía por vías normales y la falta de hombres nuevos para conocer

Para no ir más lejos con la primera de estas razones, me limitaré a decir qua para 2012 llevaba dos años y medio saliendo con J, quien fácilmente es la persona menos normal con la que he tenido una relación porque era mitómano. O lo es, seguro que eso no ha cambiado, sólo que afortunadamente ya no hace parte de mi vida.

Fue así como para lograr salir de esta relación tóxica y con el ánimo de cambiar de ambiente me fui a hacer un posgrado en la Universidad de Utrecht, Holanda en agosto de 2012. Tuve un año lleno de experiencias: un nuevo país, nuevas amigas, estudiar como loca. Sin embargo, en mi curso de 25 personas, sólo tres eran hombres y dos tenían novia. Debo aclarar, además, que en Holanda las relaciones no funcionan de la misma manera que en Colombia. Allá los hombres están acostumbrados a que las mujeres sean las que les caigan y no es que yo no fuera capaz de hacerlo, es que para ese momento mi autoconfianza no estaba en su mejor momento. Mi última relación me había dejado bastante mal y ¿han visto a las holandesas?: flacas, altas, de ojos, azules, monas y con el pelo liso. Por favor, me sentía, negrita gordita y bajita. Así que mí única opción para salir con holandeses fue meterme a match.com, por donde tuve dos citas pecuecas con un par de locales que no me llevaron a ningún lado. 

Después de acabar el máster me fui tres meses a Costa Rica a hacer una pasantía en donde conocí a P, un español que me devolvió la confianza en mí y tengo un gran recuerdo de los meses que pasé con él. Pero esa relación tampoco estaba destinada a funcionar, por lo que en diciembre de 2013, cuando volví a Bogotá, estaba sola y desubicada después de estar 16 meses por fuera. 

Empecé a trabajar y a tratar de conocer gente nueva, pero a mis 31 años (de los cuales había vivido el 90% en Bogotá) ¿quién conoce a alguien nuevo? Ya sabía quiénes eran todos los amigos de mis amigas del colegio y los amigos de todos los de la universidad. El Ministerio en el que estaba trabajando tampoco tenía un muy buen casting así que bajé Tinder, pero me pareció un fiasco y sólo cuando empecé a tener que viajar por Colombia, por razones de trabajo fue que Tinder comenzó a hacer parte activa de mi vida. 

Las “comisiones” (así se llaman a los viajes de trabajo del sector público) consistían en irme sola, cada semana, a uno o dos departamentos para recolectar información de entidades públicas que, valga la aclaración, trabajan de 8:00 a.m. a 12 m. y de 2:00 p.m. a 5:00 p.m. Así que tenía mucho tiempo libre y poca noción de a dónde ir porque no conocía la mayoría de sitios en donde estaba. 

Buscando entretenerme le di una segunda oportunidad a Tinder. Me acuerdo de salir en Montería con un argentino que me invitó a almorzar en una parrilla, también me dio consejos de cosas para hacer y de ahí salí a Tolú, en donde conocí a otro español con el que salí los dos días que estuve allá y fue ahí cuando me di cuenta de los beneficios de la aplicación en mi vida: comía gratis Y tenía gente interesante con quien hablar en mis ratos de ocio: era perfecto. 

A Tolú le siguió Santa Marta, en donde me contacté con un belga que estaba en Palomino, pero que iba para Cartagena, que era mi siguiente destino; pero sobre él volveré más adelante. 

Llegué a Cartagena y ese sí que es el mejor lugar para “tinderear”: había montones de hombres churros e interesantes. Salí la primera noche con un pastuso y comí en el restaurante de las Américas. ¡Bien! La siguiente, con un inglés en una pizzería, de la que no recuerdo el nombre. Para mi tercer día estuve paseando por todas partes con un gringo que ese sí era más churro que interesante, y quien resultó conocer al belga que llegaba a Cartagena al otro día, pues ambos habían estado viajando juntos por Colombia y habían coincido en muchas partes. 

Fue muy chistoso que dos de los tipos que tenía en Tinder, y con los que iba a salir en Cartagena, se conocieran. Le mandamos una foto al belga para que se riera porque cuando llegaba al otro día, el gringo ya se había ido. La cita con el belga no fue exactamente una cita, porque ese día ya era un sábado de puente y mis amigos habían viajado también a Cartagena, entonces lo invitamos a la terraza del apartamento que habíamos alquilado y el inglés del segundo día reapareció, así que terminamos fue haciendo una fiesta en la casa con estos personajes. Para cerrar Cartagena, me acuerdo que el último día apareció otro gringo y como ya no tenía tiempo porque me iba al medio día, fuimos a desayunar por ahí. 

Finalmente, los viajes se acabaron y para septiembre de 2014 estaba otra vez sola y aburrida en Bogotá, así que recurrí nuevamente a Tinder y esta vez no lo odié tanto como la primera vez. Es cierto que había hombres regulares, pero también había otros que, aunque no fueran el amor de mi vida, aguantaban para salir a comer un día. Así salí por lo menos con unos ocho tipos más y la verdad es que la pasaba bien. Tenía incluso una lista de todos los restaurantes que no conocía y a los que quería ir y así lo hacía: una, dos y hasta tres veces a la semana salía a comer con hombres de Tinder. 

Pensando qué hacer en diciembre, encontré una promoción de tiquetes a Europa y decidí pasar tres semanas allí visitando a mis amigas de la maestría. La primera semana iba a ir a Escocia, en donde estaba una de ellas, y la última a Gran Canaria, en donde estaba la otra. En la semana de la mitad decidí irme a Italia a la casa de una niña que había conocido en un curso que hice y que, aunque no era tan amiga mía, me recibía. Además desde hacía años quería ir a Italia. 

El primer miércoles de noviembre de 2014 me salió E en Tinder, otro español que estaba por trabajo en Bogotá, y llevaba un par de meses yendo y viniendo a Colombia. Me acuerdo que cuando me preguntó si conocía Madrid le dije que sí, y que, de hecho, necesitaba un lugar para quedarme el 13 de enero porque el 12 volvía de Gran Canaria y al otro día tenía que tomar el avión hacia Bogotá. 

Le pregunté si conocía Santa Marta porque ese fin de semana me iba para allá con unos amigos y me dijo que no. Lo invité por molestar, pero no quiso ir y quedamos en salir al otro día (jueves) a Cacio e Pepe, que era el restaurante que seguía en mi lista.

Llegamos al tiempo, me acuerdo perfecto que él llevaba puesta una camisa de cuadros verdes y blancos y fui yo quien, al verlo, lo reconocí y le dije “E, hola soy yo, D”. 

No fue amor a primera vista. Cuando vi a E pensé “aguanta, pero no me parece especialmente churro”. Después de hablar un rato me di cuenta de que era bastante divertido, pero hasta ahí. No era la primera vez que salía con un extranjero y creía que tenía perfectamente claro que esas cosas no funcionan. 

Después de comer él quiso ir a un bar que quedaba en el último piso de un hotel. Aquí debo reconocer que yo era bastante abuela y a las 10:00 p.m. siempre estaba en la cama, así que tenía que estar pasándola muy bien para haber accedido y quedarme allá hasta las 11:30 p.m. Por su parte, él concluyó que yo me había aburrido montones con él porque los españoles son bastante nocturnos y para él la hora de salida fue temprano. Cogimos el mismo taxi, lo dejé en su hotel y seguí para mi casa. Cuando llegué me mandó un mensaje diciéndome que la había pasado muy bien, bla bla, igual a todos y pensé “la otra semana se va para España y nunca más lo voy a volver a ver”. Estaba equivocada. 

El fin de semana me fui a Santa Marta. Estuvimos chateando mucho. Me dijo que nos viéramos el domingo cuando llegara. Fuimos a comer el lunes y fue un fiasco. No me gustó tanto, además me pareció más intenso porque no se quería ir en el mismo taxi conmigo para dejarme en mi casa y seguir a su hotel, que era lo lógico. Insistió en acompañarme a mi casa y yo no quería, así que obligada caminé con él a mi casa y en la portería le pedí un taxi, que esperamos ahí, y cuando me iba a despedir de él me zampó un beso, que claramente yo no quería. 

Ese día dije “hasta aquí fue”, pero la semana que estuvo en España me llamaba (llamada real, no de Whatsapp), estaba pendiente, hablábamos un montón y me reía mucho con él, así que cuando volvió fuimos un jueves a comer y empezamos a salir las tres semanas siguientes, que era lo que le quedaba en Colombia. 

Nos veíamos casi todos los días, me sentía cómoda con él y como era algo que “no iba para ningún lado” nos contamos muchas cosas que, probablemente no son las que compartes con alguien con quien tienes una relación seria. Yo creo que esa fue clave: estar tan desprevenidos que no nos dimos cuenta de todo lo que construimos en esos días y de las bases tan sólidas que se estaban creando. Me acuerdo que la última noche antes de que él se devolviera a Madrid yo pensaba “no puedo dejar de verlo”. Terminé cambiando la ida a Italia por visitarlo a él. Pasamos una semana viajando por el norte de España y debo aclarar que, en efecto, la noche del 12 de enero que no tenía donde quedarme, me recibió en su casa. 

Volví a Colombia en enero y empezamos una relación a distancia que duró todo 2015.Fui en semana santa, estuvimos en Granada y conocí a su familia. Después, él vino a Colombia varias veces en junio, julio y agosto, estuvimos en San Andrés y Santa Marta. 

Inicialmente pensamos que la forma más fácil de estar juntos era que él se fuera a vivir en Bogotá porque no se necesita ser muy inteligente para saber que es bastante más cotizado un ingeniero español en Colombia que una abogada colombiana en España. 

Sin embargo, después de aplicar a varios trabajos y rotar su hoja de vida por todas las empresas posibles, no le salió nada y la verdad es que el Ministerio en el que trabajaba me tenía bastante aburrida y era muy probable que no me fueran a renovar el contrato para el año siguiente. 

Y así, con un poco de nervios, pero segura de que valía la pena, empaqué mis maletas y el 17 de diciembre de 2015 me fui a vivir a Madrid. Hice un curso para convalidar el título de abogada, pero es un proceso largo en el que todavía sigo, y por eso es que me queda tiempo libre para escribir la historia de cómo conocí al amor de mi vida. 

El año pasado, el 15 de julio E me propuso matrimonio, nos casamos aquí por lo civil el 1 de diciembre y el 12 de agosto tenernos el matrimonio en Bogotá, en donde, por supuesto, habrá un pequeño homenaje a Tinder para agradecerle por haber hecho esto posible.

690326

2017-04-21T16:53:56-05:00

article

2017-04-21T16:53:56-05:00

slarotta16_115

none

Lectora anónima

Tecnología

Comer bueno, pasar el tiempo y cambiar la vida: una historia de Tinder

70

11594

11664