Le preocupa el legado de este “ignorante presidente”
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Pensadores 2020: “Trump ha reformado el constitucionalismo de Estados Unidos”

Un destacado profesor de derecho constitucional de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard comparte sus ideas sobre la “tensión demagógica” que domina su país.

Donald Trump, el martes en el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, donde criticó a los ambientalistas que advierten de la crisis climática. / AFP

Estados Unidos está viviendo un período extraordinariamente convulsivo en su historia. Donald Trump ha reformado la presidencia estadounidense y su comportamiento en contra de las normas ha puesto profundamente a prueba la Constitución de su país. Ha generado tensión en puntos de vulnerabilidad constitucional, especialmente cuando se trata de normas judicialmente no exigibles de respeto a la realidad basada en los hechos, para la toma de decisiones ordenada y para la independencia en las investigaciones y querellas.

La llegada de Trump al poder también ha planteado interrogantes sobre algunas de las disposiciones más sólidamente afianzadas de la Constitución. Su victoria en 2016 resaltó los peligros que plantea el Colegio Electoral frente a las cambiantes realidades demográficas. Ahora su presidencia está poniendo a prueba la viabilidad del proceso de juicio político para hacer frente a un demagogo que ha capturado la maquinaria de todo un partido político y controla una de las cámaras del Congreso. (Siga el juicio contra el presidente de EE. UU.,Donald Trump, a través de El Espectador).

Hay quienes sostienen que la presidencia de Trump no representa más que un mero “problema pasajero” en la historia estadounidense. La jueza Ruth Bader Ginsburg cree que los historiadores considerarán nuestro momento actual como una simple “aberración”. Otros han sugerido ideas similares e indican que la cuestión del impacto de Trump a largo plazo sobre la política y la sociedad estadounidenses todavía está por discutirse. El arco de la historia es largo, por lo que esas discusiones —y esta presidencia— se verán mucho más pequeñas en el espejo retrovisor que ahora.

Lo dudo. En mi opinión, transitamos un momento transformador para la vida estadounidense. Trump ha reformado los contenidos del constitucionalismo del país, indudablemente en formas que ni siquiera puede empezar a entender. Incluso si la naturaleza exacta de esos cambios está por verse, la Constitución de EE. UU. nunca será la misma. (Más de nuestra serie Pensadores 2020: Protestas sociales seguirán en todo el mundo).

Este no es solo un comentario sobre el daño que podría causar Trump, o la esperanza que podría revelar. Es, más bien, un testamento de la naturaleza orgánica del documento fundador de Estados Unidos y de la matriz institucional que lo enmarca. La Constitución es menos una “cosa” fija que un proceso de creación y recreación, un proyecto intergeneracional de tensión y crecimiento. Trump, sin percibir lo que ha estado haciendo, ni preocuparse remotamente por ello, ha activado ese proceso creativo en formas transformadoras. Los efectos reverberarán a través de la estructura legal y social estadounidense por generaciones.

Un marco en evolución

La presidencia de Trump, entonces, nos recuerda una verdad fundamental sobre el carácter del orden constitucional estadounidense. Nuestra Constitución siempre ha sido una iniciativa activa y participativa. Solo son intrínsecos sus conceptos principales, el resto proporciona el espacio para los debates vehementes y difíciles que caracterizan a nuestra vibrante república. Con esos debates, esta presidencia ha impulsado una participación nacional sostenida y formativa. Las acciones de Trump, y las respuestas a ellas, definirán en gran medida el significado de la Constitución para la próxima generación. Esto no es solo resultado de su éxito para colocar jueces en los tribunales federales del país, incluida la Corte Suprema. El legado constitucional de Trump también reflejará su influencia en las interacciones informales entre los ciudadanos comunes y los líderes de opinión, y de las presunciones que sostienen la propia idea del Estado de derecho, cuya función es tan importante como la de los dictámenes judiciales para identificar el significado vivo de la Constitución.

Este momento histórico ha impulsado el proceso de transformación e innovación constitucional al centro de la escena en la vida política estadounidense. La mayoría de los estadounidenses coinciden en que nuestras instituciones nacionales actualmente no nos sirven bien. Aunque hay señales de innovación a nivel local, nuestra legislatura nacional se caracteriza por su disfunción total. Es evidente que nuestro sistema judicial se ha politizado. Y este presidente se arroga cada vez más poder, que ejerce con un desenfreno casi libre de obstáculos. Hay incluso quienes experimentan un creciente escepticismo en cuanto a nuestra Constitución en su conjunto y se preguntan si un cambio fundamental es la única respuesta. En muchas formas, como Danielle Allen, de Harvard, ha sostenido, “estamos en nuestro momento de los artículos de la Confederación”.

En consecuencia, la reinterpretación constitucional (o su enmienda) no es ya una misión quijotesca en la periferia de nuestro discurso nacional. Esa transformación ha pasado a ser parte de las características dominantes de nuestra conversación pública. Los principales candidatos políticos han propuesto alterar la estructura de la Corte Suprema. El voto preferencial ha hecho su entrada en el discurso nacional. La ventana de Overton para el cambio constitucional se ha abierto de par en par.

Tal vez la tensión que está sufriendo nuestro sistema haya ayudado a popularizar ansias verdaderas de desterrar premisas sociales y políticas fundamentales, que para muchos son injustas. O tal vez ese deseo ya luchaba por popularizarse y esta presidencia caótica simplemente coincide con su ascenso. En todo caso, nuestra sociedad parece estar al borde de un momento de cambio social fundamental: una nación al borde, aunque todavía no sabemos de qué.

Vivimos un momento de intensa presión constitucional. Lo que está en juego es de una dimensión casi inimaginable. Y lo que ocurra depende, en buena medida, aunque no enteramente, de lo que creemos para nosotros mismos a partir de este trauma nacional autoinfligido, una observación que por supuesto nos exige definir quiénes somos “nosotros” y en quienes “nosotros” debiéramos convertirnos o no. El desarrollo del juicio político actualmente en curso representará, sin duda, un insumo clave para esa ecuación.

El futuro aún no ha sido escrito

Así como hay una fuerte sensación de que esta presidencia cambiará el curso de nuestra nación, también se siente incertidumbre sobre el resultado de ese cambio. Tampoco es el tipo de incertidumbre que un científico suficientemente sabio podría eliminar con solo estudiar datos suficientes y aplicar algoritmos sofisticados adecuados. No es similar a la incertidumbre del próximo terremoto de 9,0 de magnitud, que en principio podría ser conocible, aunque somos incapaces de llevar a cabo los cálculos necesarios. Esta es una incertidumbre incorporada en la propia idea del libre albedrío. El futuro es nuestro para darle forma, para crearlo.

Este momento puede inaugurar un regreso a los principios iniciales, un renacimiento de las promesas fundamentales de la Constitución de EE. UU. Tal vez tengamos la oportunidad de redescubrir los valores más nobles de la Constitución y extender su promesa más que nunca. O tal vez este momento haya socavado completamente nuestro sistema constitucional y marque la culminación de una era de disfunción, el punto de inflexión en un giro nacional hacia la ruina. A diferencia del futuro que el juez de la Suprema Corte Felix Frankfurter describió alguna vez como oculto en el seno del tiempo, el futuro de nuestro viaje constitucional está oculto porque aún tenemos que elegirlo.

Entre otras cosas, espero que este traumático período nacional pueda lograr, están la confrontación más honesta con nuestro pasado profundamente perturbador y el reconocimiento más completo de que las lecciones que nuestra Constitución tiene que enseñar deben ser objeto de contestación más que de cálculo. Si eso ocurre, nuestro actual roce con la tiranía nos habrá fortalecido para nuestro próximo encuentro cercano con el autoritarismo genuino y, de esa manera, nos habrá preparado mejor para capear las tormentas que continuarán azotando nuestra República.

El juez de la Suprema Corte de EE. UU., Robert Jackson, describió a las mil maravillas “la(s) estrellas fijas en nuestra constelación constitucional”. Su metáfora resulta particularmente sugerente en esta época de cambio constitucional. Las estrellas pueden estar “fijas”, pero las constelaciones que forman son producto de la imaginación y el ingenio humano, no características cosmológicamente determinadas del universo observable. Entonces, trazar el mapa de nuestro recorrido actual exige también del juicio humano. La Constitución ilumina el camino, pero la navegación está en nuestras manos. Y este ignorante presidente ha encendido involuntariamente el debate sobre la forma de guiar este barco: de acuerdo con cuáles estrellas, hasta cuáles tierras y con la aprobación de quién. Debemos aprovechar este momento para buscar un horizonte más inclusivo y decidir juntos cuáles son los puntos de luz que vale la pena seguir y cuáles debemos dejar ir en la noche oscurecida.

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

Copyright: Project Syndicate, 2019.www.project-syndicate.org

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2020-01-22T09:48:51-05:00

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2020-01-22T10:15:22-05:00

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Laurence Tribe / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR / CAMBRIDGE

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