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Cancelar un viaje al Pacífico colombiano por temor a la emergencia puede tener un efecto que va mucho más allá de una reserva perdida. En una región donde numerosas familias dependen del turismo, mantener los viajes hacia los destinos que están habilitados y en condiciones de recibir visitantes puede convertirse en una forma concreta de apoyar la economía local.
La situación coincide además con uno de los momentos más importantes del año para estos territorios: la temporada de avistamiento de ballenas jorobadas. Cada año, cientos de estos animales recorren miles de kilómetros desde las aguas de la Antártida hasta el Pacífico tropical para reproducirse y dar a luz.
En Colombia, el espectáculo puede disfrutarse entre julio y octubre en lugares como el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, cerca de Buenaventura (Valle del Cauca), y en destinos del Chocó como Nuquí, Bahía Solano y el Parque Nacional Natural Utría. Allí, además del avistamiento desde embarcaciones o desde la playa, los viajeros encuentran selvas, cascadas, playas y comunidades vinculadas a actividades de conservación y turismo de naturaleza.
Sin embargo, la emergencia por el terremoto ha generado cancelaciones y dudas entre algunos viajeros. Por eso, el llamado de los representantes del sector no es a desconocer las restricciones ni a viajar sin información, sino a verificar las condiciones de cada destino y diferenciar los territorios afectados de aquellos que continúan operativos.
“Seguir viajando también es una forma de acompañar la recuperación de los territorios”, afirma Laura Durana, presidenta ejecutiva de la Asociación Colombiana de Turismo Responsable (Acotur). Según explica, el turismo sostiene a familias, empresarios y comunidades, por lo que mantener la actividad turística en los lugares habilitados puede contribuir a preservar las economías locales.
La dirigente insiste en que el turismo de naturaleza y comunitario puede ser una oportunidad para generar ingresos y sostener las economías de los territorios. En esta cadena participan guías, operadores, alojamientos, restaurantes, transportadores, artesanos y emprendimientos locales, de manera que el impacto de una cancelación puede extenderse mucho más allá del prestador con el que se hizo una reserva.
El impacto de cada visitante puede ser muy significativo en comunidades del Pacífico. Andrés Wallis, de Casa Azul Hostel, en La Barra, explica que detrás de una reserva hay una cadena de personas que depende de que el turista llegue.
“Cuando alguien decide venir, esa decisión se convierte en el almuerzo de una familia, en la lancha que sigue funcionando, en el hostal que sigue abierto, en la artesanía que se vende”, señala.
Wallis asegura que la temporada de ballenas tiene un peso especial para las comunidades del Pacífico y recuerda que alrededor de su llegada incluso se realizan actividades como el Festival de Ballenas y Cantaoras en Bahía Málaga. Para quienes viven del turismo, mantener los viajes puede representar una diferencia importante en sus ingresos.
“Venir no es un riesgo, es un gesto de apoyo bien grande”, sostiene Wallis, quien reconoce que el miedo de los viajeros es comprensible, pero invita a conocer directamente las condiciones de los territorios habilitados.
La invitación, eso sí, viene acompañada de una condición fundamental: viajar de manera responsable. La observación de ballenas requiere respetar distancias, tiempos y protocolos para evitar alterar el comportamiento de los animales.
“La principal recomendación es observar sin interferir”, dice Durana, quien pide evitar perseguir o acercarse demasiado a las ballenas, reducir el ruido y contratar operadores y guías que conozcan y cumplan los protocolos establecidos. También plantea el avistamiento desde tierra como una alternativa de bajo impacto cuando existan lugares habilitados para hacerlo.
Giovanni Becerra, CEO y fundador de Avistamiento de Ballenas Colombia, explica que en su operación se mantiene una distancia mínima de 200 metros de las ballenas, se reduce la velocidad y se ponen los motores en neutro durante los acercamientos. También promueven grupos pequeños y evitan realizar viajes durante los puentes festivos de la temporada, una decisión orientada a reducir la concentración de visitantes y la presión sobre los animales.
Becerra señala que la medida busca ofrecer una experiencia de avistamiento menos invasiva, especialmente en una época en la que las ballenas pueden encontrarse acompañadas de sus crías.
Diego Palacio, de Costa a Costa, operador turístico con más de 50 años de experiencia en viajes de naturaleza en el Caribe y el Pacífico colombiano, destaca que la experiencia debe ir más allá de conseguir una fotografía. Su propuesta combina dos salidas de avistamiento, una charla sobre las yubartas y recorridos por la naturaleza.
“No queremos que simplemente vengas a ver ballenas. Queremos que entiendas dónde estás, disfrutes el encuentro y tengas tiempo para descubrir la naturaleza que las rodea”, explica Palacio. Entre sus recomendaciones están evitar seguir a las hembras con sus crías y retirarse ante cualquier señal de estrés.
El cuidado es especialmente importante durante esta temporada, cuando las ballenas se encuentran en procesos de reproducción o acompañadas de sus crías. Becerra explica que los operadores deben realizar movimientos estratégicos y precavidos para evitar choques y otras situaciones que puedan afectar a los animales.
Wallis coincide en que el visitante debe asumir que está entrando en el hábitat de las ballenas. Entre sus recomendaciones están contratar operadores autorizados, mantener una distancia prudente y no rodear a los animales con varias embarcaciones, además de no arrojar comida ni intentar llamar su atención y respetar los tiempos de observación.
Pero las ballenas no son el único motivo para visitar el Pacífico. La región ofrece recorridos por manglares, ríos y selvas, gastronomía, música, experiencias comunitarias y observación de otras especies. Durana destaca también el turismo científico, la cultura alrededor de la marimba de chonta, los cantos y danzas tradicionales y los saberes asociados a la producción del viche.
Wallis menciona actividades como kayak y canoa por los manglares, surf, caminatas, cascadas y piscinas naturales, además de experiencias culturales y gastronómicas. Para él, estos atractivos permiten que el viajero se lleve una experiencia del territorio que va mucho más allá de observar a las yubartas.
Becerra también destaca la posibilidad de encontrarse con tortugas marinas, delfines, aves, manglares y, dependiendo de la época, tiburón ballena. A esto se suman la gastronomía, la música tradicional, el viche, las cascadas y los ríos; una oferta que, según comenta, puede hacer que incluso un viaje de ocho días resulte corto para conocer todo lo que ofrece la región.
En Bahía Solano, la oferta incluye además experiencias de naturaleza como la liberación de tortugas marinas, sobre todo entre septiembre y enero, y actividades de buceo recreativo. Por su parte, la ensenada de Utría reúne manglares, arrecifes, tortugas, aves migratorias y ballenas jorobadas, en un territorio donde también están presentes comunidades indígenas Emberá y afrocolombianas.
El llamado del sector turístico no consiste en desconocer las zonas afectadas ni las restricciones derivadas de la emergencia. La recomendación es diferenciar entre los territorios que requieren procesos de recuperación y los que están habilitados para recibir viajeros.
“Hay territorios que requieren respetar las restricciones y los procesos de recuperación, pero también hay destinos habilitados y en condiciones para recibir visitantes”, aclara Acotur. La organización insiste en que la información debe ser el punto de partida antes de decidir si se mantiene o se cancela un viaje.
Para Durana, esto implica cuidar a las comunidades afectadas, a los viajeros, la información que circula y los territorios. Cuando las condiciones lo permiten, también significa mantener la conexión con estas regiones y contribuir a que sus economías continúen activas.
Así, en plena temporada de ballenas, el turismo aparece no solo como una oportunidad para conocer el Pacífico, sino también como una pieza de la recuperación económica de sus comunidades. Una visita puede significar ingresos para un guía, un operador, un alojamiento, un restaurante, un transportador o una familia local, al tiempo que permite conocer uno de los territorios de mayor riqueza natural y cultural del país.
“No vienes por una fotografía. Vienes por ese momento en el que el océano logra dejarte sin palabras”, enfatiza Diego Palacio.
La clave está en no viajar sin información, pero tampoco cancelar de manera generalizada por una percepción sobre toda la región. Verificar las condiciones del destino, elegir prestadores formales, respetar los protocolos de avistamiento y cuidar los ecosistemas son, de acuerdo con los representantes consultados, las condiciones para que viajar pueda convertirse también en una forma de apoyar al Pacífico colombiano.
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