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Concepción, Santander: el refugio escondido entre montañas que pocos conocen

A las puertas del Páramo del Almorzadero, este pueblo se mueve entre el frío y el sol, tejiendo una identidad hecha de lana y resistencia cotidiana.

Mariana Álvarez Barrero

03 de febrero de 2026 - 06:00 p. m.
En Concepción, el turismo no se consume: se comparte. En cada lugar al que usted llega, son los mismos dueños de las propiedades, de los animales o los gestores de las iniciativas quienes lo reciben.
Foto: Camilo Marín
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Hay lugares que no se presentan con ruido, que no se imponen en el mapa ni gritan su presencia desde las carreteras. Concepción es uno de ellos. Aparece, más bien, como una pausa necesaria entre las montañas, un respiro en medio del largo camino que conecta a Bogotá con Cúcuta.

Quien llega hasta allí no lo hace por azar: algo lo detiene, algo lo invita a bajar la velocidad y a mirar con más atención. Es un pueblo que no se revela de inmediato, pero que, una vez abierto, se escucha, se camina y se abriga.

Aunque pertenece a Santander, Concepción desafía el imaginario del calor perpetuo. Su clima es cambiante, casi caprichoso. Puede amanecer con un frío que exige ruana y terminar el día con un sol que obliga a entrecerrar los ojos y buscar las gafas.

Ese balanceo térmico no es una contradicción, sino un reflejo de su ubicación privilegiada. El pueblo se encuentra muy cerca del Páramo del Almorzadero, una frontera natural donde el aire se vuelve más liviano y el paisaje más silencioso. Esa cercanía marca el carácter del territorio y de quienes lo habitan: gente acostumbrada a adaptarse y a convivir con la montaña.

Concepción sabe a guarapo. En varios rincones del pueblo, la caña de azúcar fermentada se transforma en una bebida ancestral, mezclada con frutas y hierbas de la región. Hay emprendimientos que rescatan ese saber y lo convierten en experiencia, aunque el guarapo es apenas una antesala.

Porque si algo define a Concepción es su identidad ovina. No en vano es reconocida como la capital lanar y abrigo de Colombia. Aquí, la lana no es solo materia prima: es memoria, es oficio, es relato. Cada bulto guarda la historia de un pueblo resiliente, de generaciones que aprendieron a criar ovejas, a esquilar con paciencia y a transformar el frío en cobijo.

Las fiestas y concursos ovinos son una expresión viva de esa tradición. Allí se celebran los animales, pero también el trabajo de quienes los cuidan. Alzar ovejas, abrazar corderos y caminar entre corrales y praderas se convierte en una experiencia cercana, casi íntima. No hay distancia entre el visitante y el habitante; todo ocurre de frente, con palabras sencillas y gestos hospitalarios.

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Esa cercanía se extiende a las reservas naturales y a los senderos que rodean el municipio, donde el verde se despliega sin adornos y el cuerpo agradece el ritmo pausado de la caminata.

En Concepción, el turismo no se consume: se comparte. En cada lugar al que usted llega, son los mismos dueños de las propiedades, de los animales o los gestores de las iniciativas quienes lo reciben. Son ellos quienes cocinan, explican, sirven el plato y cuentan la historia. No hay intermediarios ni discursos ensayados, sino una voluntad genuina de abrir la puerta y la conversación.

El pueblo también ofrece espacios para la creación manual. En talleres sencillos, pero cargados de intención, usted puede aprender a hacer artesanías, como atrapasueños tejidos con paciencia y simbolismo. Cada hilo parece conectar con algo más profundo: el valor de lo hecho a mano y la necesidad de preservar los oficios.

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Para quienes buscan emociones distintas, está el parapente, una posibilidad casi inesperada. Desde el cielo, Concepción se revela en todo su esplendor. No es muy grande, pero sus techos rojos se ordenan como un mosaico vivo, rodeado de montañas. El espectáculo es majestuoso; el pueblo, visto desde arriba, parece aún más valiente.

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Hay también un componente histórico que atraviesa el territorio. Concepción hace parte del corredor por el que transitaron varios próceres de la independencia. Caminar por sus calles y senderos es, de algún modo, caminar sobre las huellas de la historia del país. Esa memoria no se exhibe en grandes monumentos, sino en relatos que pasan de boca en boca, en nombres de caminos y en la conciencia de pertenecer a un lugar que fue paso, refugio y esperanza.

La cocina es otro de los lenguajes del pueblo. El ovejo y el cordero ocupan un lugar central en la mesa. El migao, el tamal santandereano y la arepa de maíz pelado completan la experiencia. En las mañanas frías, el caldo de huevo y papa reconforta el cuerpo, mientras los amasijos acompañan las conversaciones largas.

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La cercanía con el páramo permite visitas a lugares cargados de misticismo, como la laguna de la Domina. Es un espacio que exige silencio. Allí, el ruido parece alterar la escena, como si la naturaleza pidiera respeto. El agua, el viento y la neblina construyen una atmósfera densa, llena de energía. No es un sitio para fotografiar sin pensar; es un lugar para detenerse y sentir.

Entre los símbolos que definen a Concepción hay uno que sorprende: es el único pueblo de Colombia cuya bandera tiene un chulo. Para sus habitantes, esta ave representa la fortaleza. Aunque no siempre encuentra la cantidad de alimento que necesita, nunca se va. Permanece y sobrevive.

Hoy, Concepción le apuesta con decisión al turismo. No busca ser masivo ni ruidoso; quiere ser conocido por las razones correctas. Quiere que el trabajo de sus artesanos llegue a manos de personas que valoren el oficio, que entiendan el tiempo y el esfuerzo detrás de cada abrigo y de cada pieza tejida. Quiere que quienes lo visiten no solo pasen, sino que comprendan.

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Al final del viaje, Concepción no se despide. Se queda en la memoria como un lugar que enseñó a mirar distinto, a escuchar con atención y a caminar sin prisa. No compite con otros pueblos; se sostiene en lo que es.

Entre montañas, ovejas y hospitalidad, Concepción demuestra que la verdadera riqueza está en la coherencia entre el territorio y su gente. Y eso, en tiempos de ruido y velocidad, es un acto profundamente valiente.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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