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El lado oscuro del turismo que destapó Bad Bunny en Medellín

Detrás del éxito de los grandes eventos y el auge turístico, Medellín enfrenta una pregunta incómoda: quién puede seguir viviendo en la ciudad y en qué condiciones.

Leidy Barbosa

28 de enero de 2026 - 06:30 p. m.
El cantante puertorriqueño Bad Bunny se presentó este fin de semana en Medellín
Foto: EFE - STR
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“Quieren el barrio mío y que abuelita se vaya. No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai. Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái...”

La frase, coreada por miles de voces este fin de semana en Medellín, trascendió el estadio Atanasio Girardot y se instaló en la conversación urbana. Mientras que el famoso artista puertorriqueño conocido como Bad Bunny llenaba la ciudad de fanáticos que, además del concierto, buscaban descubrir la llamada ciudad de la eterna primavera y dinamizaban millones de pesos en hoteles, restaurantes y comercios, sus presentaciones también dejaron en evidencia una tensión cada vez más palpable: el impacto del turismo masivo y los grandes eventos en el mercado de la vivienda.

Y es que el aumento de las rentas cortas, la especulación inmobiliaria y la transformación de barrios enteros muestran que, más que un simple proceso de lo que podríamos llamar turistificación, Medellín enfrenta un fenómeno urbano complejo que ya está reconfigurando la forma en que se habita y se construye la ciudad.

¿Qué pasó en Medellín?

Durante el viernes 23, sábado 24 y domingo 25, Medellín recibió a Bad Bunny en una serie de conciertos que despertaron la euforia de millones de fanáticos. Sin embargo, junto al entusiasmo por el evento, surgió un problema que generó malestar entre muchos asistentes: las cancelaciones de último momento y el aumento desmedido en los precios de los alojamientos donde esperaban hospedarse en la capital antioqueña.

A través de redes sociales, cientos de personas denunciaron que reservas realizadas incluso con más de un año de anticipación fueron canceladas por los anfitriones, quienes habrían buscado volver a ofertar los inmuebles a precios mucho más altos.

Según Juan Camilo Vargas, director ejecutivo de Asohost, gremio que representa a los prestadores de servicio de viviendas turísticas, la situación tuvo un detonante claro, la viralización en redes sociales de un anuncio en Airbnb con un precio cercano a los 98 millones de pesos.

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“Aunque el inmueble nunca fue reservado, la publicación generó una falsa expectativa en algunos anfitriones, quienes creyeron que podían obtener ingresos similares y decidieron cancelar reservas ya confirmadas para volver a anunciarlas en el mercado. Este efecto dominó no solo afectó a las rentas cortas, sino que también influyó en que algunos hoteles reconsideraron sus tarifas tras la polémica”, explicó el director.

Ante las quejas, la Alcaldía de Medellín y la Secretaría de Turismo intervinieron y alertaron a la Superintendencia de Industria y Comercio, que recordó que cancelar reservas sin justificación válida puede acarrear sanciones y multas. Posteriormente, el propietario del anuncio viral explicó que el precio exagerado hacía parte de una estrategia para evitar reservas anticipadas sin afectar el algoritmo de la plataforma.

“El episodio evidenció un complejo fenómeno. Si bien el sector del alojamiento opera bajo la lógica de oferta y demanda, similar a la de las aerolíneas, los grandes eventos también ponen a prueba la capacidad de la ciudad para responder de manera articulada”, aseguró.

De acuerdo con cifras citadas por la Alcaldía de Medellín, durante el concierto de Bad Bunny se registraron apenas diez casos de alzas desmedidas de precios o cancelaciones irregulares, en un evento que movilizó a cerca de 120.000 personas alojadas en hoteles, rentas cortas y otros tipos de hospedaje.

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Por ello, para Asohost, estos números evidencian que se trató de situaciones marginales que, aunque reprochables, resultan insignificantes frente a la magnitud del evento y el volumen total de servicios prestados.

Un problema mucho más profundo

Esteban Romero, politólogo y vocero de la Cumbre Nacional Popular La ciudad para quién, una convergencia social que articula procesos colectivos y organizaciones de al menos 13 ciudades del país y que agrupa luchas en torno al derecho a la ciudad, la vivienda y el hábitat, señala que situaciones coyunturales como el concierto de Bad Bunny en Medellín, aunque llamativas y altamente mediáticas, son en realidad síntomas de un problema mucho más profundo.

Para el colectivo, lo que ocurre en la capital antioqueña responde a un proceso de turistificación que no es reciente, sino que lleva más de una década en desarrollo, impulsado por políticas públicas y decisiones estatales que han orientado sectores de la ciudad hacia un modelo turístico que presiona económicamente la vida cotidiana de sus habitantes tradicionales.

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Este proceso, explica Romero, está ligado a un relato de ciudad que se ha construido en las últimas décadas: el paso de lo que era Medellín en los años noventa con todas sus problemáticas a una ciudad innovadora, atractiva y referente internacional en urbanismo social. Bajo ese discurso, la ciudad se ha consolidado como una plataforma de entretenimiento para distintos tipos de turismo, incluyendo economías legales e ilegales, lo que ha transformado profundamente su estructura urbana.

“En ese contexto, la turistificación ha venido acompañada de un crecimiento acelerado de las viviendas de renta corta: mientras en 2021 había poco más de 4.200 unidades registradas, para 2025 la cifra supera las 36.000, con un posible subregistro considerable”, dijo Romero.

El politólogo advierte que este auge impacta directamente el mercado inmobiliario y agrava el déficit habitacional. Por un lado, viviendas residenciales se adaptan para el alquiler turístico; por otro, grandes inversionistas están destinando suelo urbano exclusivamente para este tipo de proyectos. Esto presiona al alza los precios del arriendo y del suelo, reduce la oferta de vivienda de interés social y afecta especialmente a los sectores más vulnerables, en una ciudad donde gran parte de la población depende de ingresos informales.

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“Hay una clara concentración de la vivienda de renta corta en Medellín y el Valle de Aburrá. Sectores como El Poblado, Laureles, algunas zonas de Belén y Robledo muestran una tendencia marcada a la localización de este tipo de alojamientos, algo que coincide tanto con la literatura académica como con los datos oficiales de la Alcaldía. El crecimiento es evidente: el número de viviendas registradas para uso turístico ha aumentado de manera acelerada y nada indica, por ahora, que esa tendencia vaya a disminuir”, afirmó Romero.

¿La ciudad está preparada para recibir a grandes masas de turistas?

Para Asohost, las ciudades, en muchos casos, no están completamente preparadas para recibir eventos de esta magnitud, pero eso no significa que no puedan hacerlo. Más allá de las inconformidades puntuales —como los casos identificados por la Alcaldía y la Superintendencia—, lo cierto es que el impacto económico de este tipo de espectáculos resulta ampliamente positivo para una ciudad y para su posicionamiento como destino.

Según cifras oficiales, la derrama económica superó los 160.000 millones de pesos, con la llegada de más de 100.000 turistas nacionales e internacionales. Por ejemplo, del total de visitantes, el 77% provenía de otras ciudades del país y el 23% del exterior, principalmente de Panamá, República Dominicana, Costa Rica, Guatemala, Ecuador y Puerto Rico, con un gasto promedio diario estimado de 196 dólares para turistas extranjeros y de 169.000 pesos para los nacionales.

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“Se trata de un efecto dinamizador que se refleja en el consumo de gastronomía, transporte, hospedaje, rumba y actividades turísticas en general. Un impacto que va desde la tienda del barrio hasta negocios de mayor escala, como las discotecas y restaurantes de zonas como Provenza”, dijo Vargas.

No obstante, desde el colectivo Romero menciona que las ciudades deben plantear preguntas clave sobre esta preparación, especialmente en relación con el tipo de turismo que se está promoviendo y las condiciones bajo las cuales se desarrolla.

“En Medellín, muchos de los sectores donde hoy se concentra la turistificación no han sido construidos desde el consenso con los habitantes tradicionales. Por el contrario, los proyectos urbanísticos y las políticas públicas orientadas a atraer turismo suelen estar desconectadas de la vida barrial, comunitaria y del arraigo territorial de quienes históricamente han habitado esos espacios. La discusión ya no es si llegan o no los turistas, sino cómo llegan, a quién benefician y a quién terminan desplazando”, aseguró Romero.

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El colectivo también insiste en la necesidad de problematizar el turismo masivo que se ha consolidado en la ciudad. Una parte significativa del turismo de entretenimiento —asociado a grandes eventos, a la vida nocturna y al consumo— está vinculada a dinámicas más amplias que incluyen economías ilegales. En ese sentido, aunque conciertos como el de Bad Bunny generan un impacto económico evidente y movilizan recursos en múltiples escalas, advierten que una porción de esos excedentes podría terminar articulándose a rentas criminales que operan en la ciudad.

“Desde Asohost, sin embargo, planteamos que el foco del debate no debe recaer exclusivamente sobre los prestadores de servicios. En términos generales, la prestación del servicio de vivienda turística en Colombia es sana y funciona de manera adecuada, con bajos niveles de conflictividad y una operación mayoritariamente responsable. Casos como los ocurridos recientemente en Medellín responden a malas prácticas aisladas y no a un patrón estructural del sector”, dijo Vargas.

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¿Entonces qué se puede hacer?

El debate sobre el impacto del turismo y las rentas cortas en Medellín no tiene una respuesta única. Por el contrario, hoy se mueve entre dos enfoques distintos, que coinciden en la necesidad de regulación y control, pero difieren en el alcance y el modelo de ciudad que proponen. Mientras algunos sectores apuntan a corregir malas prácticas dentro del esquema actual, otros consideran que el problema es estructural y exige transformaciones más profundas.

Por ejemplo, desde la Cumbre Nacional Popular “La ciudad para quién”, la discusión se plantea en términos de derecho a la ciudad y acceso a la vivienda. Para este colectivo, el crecimiento de la vivienda turística no puede seguir guiándose únicamente por la lógica del mercado, sino que requiere una intervención estatal fuerte y medidas de ordenamiento territorial.

  1. Regular territorialmente la vivienda turística, definiendo zonas específicas para su operación y evitando su expansión indiscriminada.
  2. Regular las plataformas digitales de alojamiento con límites claros y mecanismos de control.
  3. Proteger las centralidades urbanas para evitar el desplazamiento de los habitantes hacia periferias con menor acceso a servicios.
  4. Reformar la política de vivienda, reduciendo la dependencia del crédito financiero y creando alternativas que garanticen acceso a vivienda digna para sectores populares.

Por su parte, desde Asohost el énfasis está puesto en el cumplimiento de la norma y en la profesionalización del sector. Para el gremio, el alojamiento turístico puede coexistir con la vida urbana si se fortalecen los mecanismos de control y se sancionan de manera efectiva las malas prácticas.

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  • Concientizar a los anfitriones sobre precios abusivos y malas prácticas que afectan la imagen del destino.
  • Articular esfuerzos entre Alcaldía, Secretaría de Turismo, plataformas digitales y prestadores para prevenir abusos.
  • Recordar que abrir una vivienda turística requiere cumplir múltiples obligaciones legales y normativas, desde registrar la actividad en el RUT y obtener el Registro Nacional de Turismo, hasta contar con pólizas, registros de alojamiento y facturación adecuada.

Ambos enfoques coinciden en un punto central, sin reglas claras, control efectivo y una visión de largo plazo, los grandes eventos y el turismo masivo seguirán profundizando tensiones que no solo afectan al sector turístico, sino a la forma misma en que se habita la ciudad.

Y usted, ¿considera que el costo de vida en ciudades como Medellín ha aumentado en el último tiempo, convirtiéndose en algo insostenible para sus residentes? Los leemos en los comentarios

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Por Leidy Barbosa

Periodista de la Universidad Externado de Colombia, con énfasis en la producción audiovisual y en animación digital. Apasionada por temas medioambientales y sociales.@leidyramirezbLbarbosa@elespectador.com

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