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Hay lugares que se quedan para siempre. Lugares que parecen parte de un sueño, sobre todo porque en estos tiempos detenerse parece cada vez más difícil.
Por eso, los espacios pensados para descansar, respirar y encontrar calma se vuelven cada vez más valiosos.
En un mundo acelerado e hiperconectado, cada vez más viajeros buscan algo que antes parecía obvio: silencio, naturaleza y tiempo para detenerse. A esta tendencia algunos la han llamado “la economía del silencio”, una forma de viajar en la que el descanso profundo, la contemplación y las experiencias conscientes se convierten en el verdadero lujo.
Destinos como Guatapé, en Antioquia, empiezan a responder a esta nueva manera de viajar.
Con su paisaje de montañas, el embalse que define su geografía y las calles llenas de color, Guatapé se ha consolidado como uno de los municipios más visitados de Colombia. De hecho, ha sido reconocido entre los pueblos más bellos del mundo por distintos ránkings internacionales de turismo.
Sin embargo, para muchos viajeros sigue siendo un destino de paso: una excursión rápida desde Medellín para subir la Piedra del Peñol, caminar por el malecón y regresar antes de la tarde.
Esa dinámica es precisamente la que el municipio y algunos proyectos turísticos buscan transformar.
“El pueblo vive hoy entre un 92 % y un 99 % del turismo. Por eso es tan importante que sea un turismo sostenible, que se quede, que conozca el territorio y que dinamice la economía local”, explica Astrid Saldarriaga, guatapense, guía de turismo y periodista, además de coordinadora de experiencias del hotel The Brown. Saldarriaga pertenece a la sexta generación de la familia del fundador del municipio, una historia que —dice— refuerza su vínculo con el territorio.
Un refugio entre agua y montañas
A minutos del casco urbano se encuentra The Brown, Guatapé, Autograph Collection, un lugar que apuesta por una experiencia distinta: una estancia donde naturaleza, cultura y descanso conviven en equilibrio.
Rodeado por la vista del embalse de Guatapé y el paisaje montañoso que caracteriza a la región, el hotel propone una experiencia donde el diseño contemporáneo dialoga con el entorno natural.
El proyecto busca integrar arquitectura, paisaje y comodidad, con espacios pensados para que el huésped encuentre bienestar y tranquilidad en medio del paisaje.
Ubicado frente al embalse, el hotel cuenta con 116 habitaciones distribuidas en cuatro torres con vistas al agua, diseñadas para integrarse con el entorno y ofrecer una experiencia de descanso marcada por la calma del lugar.
Su concepto gira alrededor de los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, fuego, agua y aire, que inspiran la arquitectura, el diseño y las experiencias del hotel.
La tierra representa la sostenibilidad y el cuidado del entorno; el fuego, la cultura y la gastronomía; el agua, el bienestar; y el aire, la arquitectura y el diseño que dialogan con el paisaje.
Experiencias para reconectar
El hotel ha desarrollado una oferta de actividades pensadas para que el huésped no solo visite el destino, sino que también lo entienda. En un momento en que los viajeros buscan experiencias más auténticas y cercanas a la cultura local, este tipo de propuestas busca ir más allá del turismo tradicional.
Entre las actividades se encuentran catas de café y ron colombiano, talleres de coctelería, degustaciones de frutas del país y experiencias gastronómicas, además de actividades acuáticas como kayak, “paddleboard” o recorridos en lancha por el embalse.
También hay propuestas orientadas al bienestar como clases de yoga, sesiones de “sound bathing” y masajes inspirados en los cuatro elementos naturales.
“Diseñamos las experiencias pensando en que el huésped entienda el territorio. En una cata de café no solo hablamos del sabor: hablamos de las familias caficultoras, de la economía, del suelo y de las cordilleras. Intentamos integrar todo lo que somos”, explica Saldarriaga, quien además de trabajar en el hotel se desempeña como guía de turismo en el municipio.
La gastronomía también sigue esa filosofía. El restaurante principal del hotel combina ingredientes locales con técnicas contemporáneas, mientras que su “beach club” frente al embalse ofrece un ambiente relajado con pizzas al horno de leña, coctelería y actividades acuáticas.
La búsqueda global por la naturaleza
Este tipo de propuestas también responde a una tendencia global. Según el informe Dentsu Creative Trends 2026, el 75 % de las personas en el mundo quiere pasar más tiempo en entornos naturales, mientras que el 64 % afirma sentirse atraído por formas de vida más simples y valores tradicionales.
El reporte denomina esta tendencia Trad Lives, una búsqueda por reconectar con la tierra, la cultura local y experiencias fuera de los grandes centros urbanos.
Esta transformación también se refleja en la forma de viajar. De acuerdo con un análisis reciente sobre tendencias turísticas, cada vez más personas priorizan experiencias auténticas y actividades que permitan conectar con la cultura y la naturaleza del destino, en lugar de limitarse a recorrer los lugares más populares. Las propuestas al aire libre, los recorridos culturales y las actividades vinculadas con la vida local se han convertido en algunas de las más demandadas por los viajeros.
Además, el turismo de 2026 muestra un creciente interés por escapadas cortas pero intensas, en las que los viajeros buscan aprovechar al máximo el tiempo con experiencias significativas. Incluso los viajes en solitario están ganando protagonismo como una forma de autodescubrimiento y conexión personal con los lugares visitados.
En Colombia, esto se traduce en un mayor interés por viajes que incluyan gastronomía regional, tradiciones campesinas y contacto directo con el paisaje.
El valor de quedarse
Para Saldarriaga, nacida y criada en Guatapé, la clave está en transformar la manera de visitar el municipio.
“Siempre digo que hay que ser viajero, no solo turista. El viajero se queda, recorre, conoce la historia, compra a los emprendedores y entiende el territorio”, afirma.
Quedarse una o dos noches —explica— cambia completamente la experiencia: permite caminar por el pueblo de los zócalos, conocer las historias que se esconden en sus fachadas, recorrer la región y apoyar la economía local.
“Guatapé es mucho más que un embalse y una piedra. Es un museo etnográfico al aire libre. Los zócalos cuentan la historia de las familias del pueblo”, añade.
Para Saldarriaga, cada fachada es una forma de memoria: escenas de oficios, animales, tradiciones y momentos cotidianos que han sido esculpidos en relieve y pintados a mano por generaciones de habitantes.
Al caer la tarde, el agua del embalse refleja las montañas que rodean el pueblo y el ritmo del lugar parece desacelerarse. Las calles de colores se vacían poco a poco, las lanchas regresan al muelle y el silencio vuelve a ocupar el paisaje.
Hoy, mientras el turismo mundial redefine sus prioridades, lugares como Guatapé recuerdan que el lujo ya no siempre está en la velocidad ni en la acumulación de experiencias, sino en algo mucho más simple: detenerse, respirar y volver a sentir el paso del tiempo.
En fotos: un lugar de bienestar, diseño y naturaleza:
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