Algodón de azúcar, churros, el olor a palomitas de maíz y una carpa de colores que parece desafiar la gravedad. Si alguna vez se ha dejado llevar por la nostalgia y la emoción que despierta el silbato de un presentador o la risa de un payaso, comprenderá que el circo es mucho más que entretenimiento nostálgico.
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Hoy en día, las artes circenses se han consolidado como un imán turístico de primer nivel, capaz de transformar la dinámica económica de las ciudades que las albergan. Cuando un gran festival o un espectáculo de gran formato se instala en un destino, se enciende una maquinaria invisible que activa hoteles, restaurantes, comercios y transportes, atrayendo a miles de visitantes ansiosos por experimentar la magia en familia.
El fenómeno de Lima y el Festival Pulso
Para entender cómo una ciudad respira y vive esta tradición, podemos mirar hacia Lima. La capital peruana tiene una de las culturas de circo más arraigadas de la región, al punto de que su práctica tradicional ha sido declarada Patrimonio Cultural de la Nación. Durante julio y agosto, coincidiendo con sus Fiestas Patrias, la Ciudad de los Reyes —como se la conoce internacionalmente— se convierte en uno de los lugares con más carpas instaladas simultáneamente en todo el mundo.
En este vibrante escenario, del 10 al 13 de julio de 2026, el Jockey Club de Lima abrió sus puertas para albergar la segunda edición del Festival Internacional del Circo Pulso, la competencia más importante del continente americano, que logró reunir durante cuatro días a destacados exponentes de 20 países, incluyendo delegaciones de Japón, China, Rusia, Uzbekistán, Brasil y Hungría. El público presenció disciplinas variadas donde los malabares, el trapecio, la báscula, la suspensión capilar y los asombrosos juegos icarios, fueron algunos de sus protagonistas.
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Las presentaciones estuvieron bajo la mira de un jurado internacional que se encargó de otorgar los galardones de oro, plata y bronce. Además de la competencia, la relevancia del festival se potenció al ser el escenario elegido para las audiciones oficiales de la próxima temporada del famoso y conocido Cirque du Soleil.
Esta legendaria compañía canadiense, fundada en 1984 por Guy Laliberté, revolucionó el concepto del circo al eliminar la participación de animales y enfocar su propuesta en las proezas físicas, la música en vivo y una cuidada narrativa teatral, lo que hizo que su presencia en Lima reconfirmara la posición de la ciudad como centro del arte cirquense.
Los Martínez Brothers: oro y raíces colombo-japonesas
Dentro de las jornadas del Festival Pulso, la gran revelación artística y los ganadores de la estatuilla de oro fueron los Martínez Brothers. Esta dupla, conformada por Alan David y su hermano Arata Martínez, representa una fascinante mezcla cultural colombo-japonesa que cautivó al jurado en su primera presentación oficial en territorio latinoamericano.
“Siempre queremos ganar, esa es la meta. Sin embargo, sabemos que la competencia está muy fuerte, así que nuestro objetivo principal es dar lo mejor de nosotros”, compartió Alan con entusiasmo antes de subir a la pista.
La historia de los hermanos Martínez está basada en herencia, disciplina y conexión familiar, pues pertenecen a la cuarta generación de una dinastía circense que sigue dando de qué hablar. Su padre, un artista colombiano especializado en el alambre alto, fue el primero en viajar a Japón por motivos laborales; luego decidió establecerse allí, se casó y, con el tiempo, todos sus familiares migraron al país asiático.
Actualmente, la familia lidera el Sakura Circus, el circo más grande de esa nación. Allí todos trabajan de la mano en un proyecto de raíces latinas, donde los 23 hermanos participan en diferentes actos demostrando que entrenar entre cinco y seis horas diarias es la demostración de que su arte es capaz de atravesar fronteras.
Así se transforma la economía local a través del circo
El talento de artistas como los hermanos Martínez es el motor de una industria que genera patrones de consumo a nivel global. Cuando una producción de gran formato se instala en una ciudad, los beneficios económicos no tardan en multiplicarse.
El sector hotelero es uno de los grandes beneficiados de este fenómeno. Un análisis presentado en el International Hospitality Investment Forum señaló que las alianzas entre el circo y grandes cadenas de entretenimiento y hospedaje funcionan como un poderoso diferenciador de la oferta turística, atrayendo a visitantes con alto poder adquisitivo.
A este impacto en el alojamiento se suma el denominado “efecto derrame”. Encuestas de consumo revelan que el 71 % de los asistentes a estos espectáculos acude en familia y gasta además de en boletos, mercancía y alimentación, una inyección financiera que se queda de manera directa en los comercios, restaurantes y negocios.
Asimismo, la contratación de mano de obra es un factor clave, ya que cada visita genera empleo directo para cerca de 150 personas de la ciudad de acogida en áreas como servicio al cliente, taquilla, logística y seguridad.
Y cuando los reflectores se apagan, las máquinas de palomitas dejan de funcionar y los niños salen en brazos de sus papás, queda claro que el circo sigue siendo un espacio de nostalgia y reunión que además impulsa economías y activa el desarrollo de las ciudades que lo viven.
Detrás de ese logro financiero y social está el esfuerzo de artistas como Alan y Arata, jóvenes que, entre horas de estudio y la complicidad de su familia, siguen desafiando la gravedad para demostrar que la magia no solo sostiene economías, sino que mantienen vivos el asombro y la herencia de este arte en el mundo.
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