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Una noche en el circo: así se vive el show que desafía la gravedad

El festival de circo más grande de Latinoamérica dio paso a recordar la infancia, valorar el esfuerzo y entender por qué, hoy más que nunca, deberíamos volver a la carpa.

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Mariana Álvarez Barrero
16 de julio de 2026 - 10:00 p. m.
Lima, en Perú, durante sus Fiestas Patrias en el mes de julio, se convierte en una gigantesca vitrina circense que puede albergar hasta ocho espectáculos simultáneos.
Lima, en Perú, durante sus Fiestas Patrias en el mes de julio, se convierte en una gigantesca vitrina circense que puede albergar hasta ocho espectáculos simultáneos.
Foto: Festival Internacional del Circo Pulso
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Soy de la época en la que los circos todavía tenían tigres y elefantes, de cuando se podía pagar un extra para tomarse una foto con las “estrellas” del espectáculo y los payasos elegían a los más pequeños para hacer reír al público. Quizás por eso mismo me quedé con la idea de que el circo es, por definición, un espectáculo familiar y, por lo tanto, para niños.

Ahora que dedico mis días a escribir sobre la protección de los animales, me cuesta creer que alguna vez me emocionara ver monos haciendo malabares o leones saltando a través de aros de fuego cada vez más estrechos.

Aun así, la carpa de caucho multicolor, que encapsulaba un calor mezclado con el olor a palomitas de maíz y el rosa del algodón de azúcar, me resultó sumamente familiar. El Festival Internacional del Circo Pulso en Lima, Perú, me llevó de golpe al pasado, a un escenario que me atrevería a decir que no pisaba desde hacía cerca de diez años.

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En medio de la oscuridad, cuando las luces solo apuntan al escenario, una voz me saludó. Era Igor, miembro de los Lemon Brothers, artistas rusos profesionales en actos de zancos y báscula, debo confesar que la conversación fluyó de inmediato por la curiosidad, cada cosa que me decía resultaba más sorprendente que la anterior.

Me contó que de niño le encantaba el parkour, pasó de saltar de andén en andén a escaleras y techos. Al graduarse del colegio, decidió entrar al circo para estudiar profesionalmente o, como me dijo entre risas, “nunca quise estudiar, solo quería saltar”. Me pareció sorprendente descubrir que en países como Rusia, Japón o el mismo Perú, el circo es tan respetado que se asume como una profesión, la de las artes circenses. De hecho, en territorio peruano, esta tradición fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

Mientras conversaba con mi nuevo amigo ruso, apareció colgada del techo una trapecista. Dibujaba figuras preciosas en el aire, de esas que erizan la piel y alteran los nervios de quienes la observamos, un movimiento en falso y todo podía salir mal. Pero el vértigo no fue lo más impresionante, cuando logré verle la cara, exclamé en voz alta:¡Es una niña!. Igor me miró y entre risas me respondió que apenas tiene 11 años. Zlata Chaikovskaia solo tiene 11 años y ya está compitiendo en el festival de circo más grande del continente americano.

El Festival Internacional del Circo no era un evento aislado. Lima, durante sus Fiestas Patrias en el mes de julio, se convierte en una gigantesca vitrina circense que puede albergar hasta ocho espectáculos simultáneos. Ya de por sí los actos me parecían inmenso, payasos que dominaban la escena, ventrílocuos audaces y monociclos con malabaristas.

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Sin embargo, había algo que seguía sin comprender, la banda de música en vivo. ¿Cómo lograba un grupo de músicos sincronizarse a la perfección con las pistas y los tiempos de más de veinte actos distintos de diferentes países?

La respuesta la tenía Pierre, el director musical. Cada año, este hombre viaja desde Francia hasta el Perú con el único propósito de musicalizar los actos que compiten en el festival. Me explicó que las compañías de arte le envían sus pistas con antelación, pero la verdadera magia ocurre en la carpa.

Una vez en Lima, observando los movimientos de los artistas durante los ensayos, Pierre dirige a una banda de doce músicos que ni siquiera se conocían entre sí antes de que empezara el evento.

Cada detalle que descubría superaba al anterior. Creo que mi asombro constante nacía de ese prejuicio que mencioné al iniciar, la vieja idea de los animales y del show infantil, no había dimensionado el esfuerzo artístico y el rigor que sostiene a cada acto.

La realidad me golpeó de frente en los camerinos. Justo después de que Kristina Ermolinskaia bajara del trapecio aéreo, noté que sus piernas estaban lastimadas, salpicadas por pequeños puntos de sangre. Aun así, caminaba con elegancia sobre tacones, le pregunté si le dolía, sabiendo que era una obviedad, de esas preguntas tontas que uno hace cuando ve a alguien llorar y pregunta: “¿estás llorando?”.

Para mi sorpresa, me miró con naturalidad y dijo que no. Me contó que aquello era su pan de cada día, que su piel ya había creado una especie de capa protectora contra la fricción de las cuerdas y el tubo, aunque a veces, incluso esa armadura terminaba por romperse.

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Qué impresionante ha sido vivir el circo de primera mano. Cuando recibí la invitación para asistir al Festival Pulso en Perú, lo primero en lo que pensé fue en el ceviche y la chicha morada, estaba muy lejos de imaginar que serían los artistas de más de veinte países quienes me devolverían a mi pasado, a mi propia infancia.

Pero, sobre todo, me voy con una gran lección, el arte circense está más vivo que nunca. El esfuerzo detrás de cada acto es una entrega diaria, y esas toneladas de equipaje, talento y montaje que se reunieron en la capital peruana deberían replicarse en más lugares. Deberíamos, sin duda, ir más al circo.

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Mariana Álvarez Barrero

Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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