1 Jul 2018 - 2:58 a. m.

Mavicure: Tras el rastro de los cerros enigmáticos

La experiencia natural y cultural de recorrer el Guainía, atraídos por los fascinantes cerros de Mavicure, representa una oportunidad de desarrollo turístico para sus pobladores.

Fidel Cano Correa

Con fotos y videos de Ana María Ibáñez, Emilio Cano Rentería y el autor.

El Guainía es un lugar de contrastes.

“A la derecha está propiamente Inírida. A la izquierda podemos ver los barrios indígenas”, dice nuestro conductor en el camino del aeropuerto al hospedaje.

Allí, a la izquierda, lo que se ve es agua, mucha agua, y casas apenas de la mitad para arriba, o menos. Allí mismo, la planta de tratamiento de las aguas negras de la ciudad está sumergida. Ya entenderán lo que eso significa...

Y, sin embargo, no escucharemos durante los cinco días de nuestro viaje quejas ni reclamos. La exuberancia natural, la fuerza de la naturaleza. Parece normal. Lugar de contrastes.

(Le puede interesar: "Inundaciones en Vichada y Guainía afectan a más de 18.000 familias")

En minutos estamos ya sobre una canoa avanzando a remo por entre ramas y copas de árboles camino a la Laguna de las Brujas, que se nos anuncia como hábitat preferido de las toninas, los delfines de río, grises unos, rosados otros.

“Esta mañana se vieron muchos”, cuenta Diego, uno de los remeros, indígena en sus facciones y en su español enredado. Pero esta tarde no andan por esta laguna que, sin embargo, es un paraíso natural desde el cual, a lo lejos, sobre la selva, se alcanzan a ver enigmáticos los enormes cerros de Mavicure, el principal imán turístico y cultural de la región.

Espacio para un primer chapuzón en estas aguas frías y oscuras. Bajo el agua, nos cuentan, hay una cadena de piedras a donde vienen los iniridenses a pasar el día, pues en tiempo seco se puede llegar a pie. La paz de este día solos en la inmensidad de esta laguna circundada por la selva es un verdadero privilegio. Así las toninas hayan partido a otros rincones.

“La comunidad está aprendiendo”, dice Javier, otro de nuestros guías. “Antes en este lugar se recogían toneladas de basura cada semana”, comenta, esperanzado en las oportunidades que tiene el turismo para la región y que vienen haciéndose palpables.

Al regreso, el sol cae y su reflejo se proyecta sobre el puerto. Diego sigue gimiendo y chapoteando el agua, convocando a las toninas. Lo logra —cómo negarle el triunfo—, cuando al paso de varias canoas un delfín asoma su espalda arqueada mientras ingresamos a la ciudad navegando por encima de la calle 15.

Fronteras imaginarias

Temprano en la mañana vamos ya camino en lancha rápida hacia un lugar único, la Estrella Fluvial del Sur, donde se unen los ríos Guaviare, Inírida, Atabapo y el inmenso Orinoco que hace de frontera oriental con Venezuela. Poco antes, un espectáculo memorable: el encuentro del Inírida, río de selva, de aguas oscuras, con el Guaviare, nacido en la cordillera, de aguas cafés repletas de sedimentos. Se niegan a mezclarse durante un largo trecho. En la orilla café, Vichada, se ven algunas fincas productivas, ganado, cultivos. En la otra, Guainía, selva, pura selva, y un par de poblados indígenas.

Contrastes, más contrastes.

Detenidos en la mitad del Orinoco viendo el encuentro de las tres bocas inmensas ese contraste es ahora imaginario. Dos países separados por las aguas, sin ninguna diferencia. Lo mismo allá que acá. La ridiculez de las divisiones políticas.

Una ridiculez que terminó favoreciendo a Amanaven, un pequeño poblado justo en la orilla de la Estrella Fluvial por el lado del Guaviare. La historia la cuenta Mauricio, nuestro guía principal, y la comprueba una torre en medio del río sosteniendo los pesados cables:

- “El proyecto era llevar la interconexión eléctrica al otro lado, a Venezuela, pero se agarraron Uribe y Chávez y se paró. Entonces decidieron traerla a Amanaven, que es el único poblado indígena de la zona con luz las 24 horas”.

Nos internamos ahora por el Atabapo y en medio del entorno natural emergen a lo lejos los vestigios de una construcción, paredes de cemento abandonadas sobre una preciosa roca. Es Maviso, un lugar privilegiado, donde un pasado gobernador pensó que era buena idea construir un hotel.

- “Alcanzó a funcionar un tiempo”, cuenta Mauricio, “pero el pasado gobernador le entregó la administración a un amigo y...”.

En el verano se forma aquí una playa de arena blanquísima que combinada con las aguas color vinotinto del Atabapo hacen aún más hermoso el lugar. Con la piedra parcialmente sumergida, es todavía un paraje especial para un baño en sus aguas gruesas y rojizas. No alcanza a verse uno las manos si las estira en el agua, y al traerlas son color vinotinto. “Me siento nadando en Isodine”, dice Emilio el adolescente y no hay mejor descripción.

Ya en Inírida de nuevo, a preparar equipaje aparte para dos días. Abandonamos la civilización camino a los cerros enigmáticos.

Remontando el Inírida comienza un juego de seducción con ellos. Se pierden entre la selva ribereña, pero de tanto en tanto vuelven a asomarse cuando las bocas de algún caño despejan las copas de los árboles. Es un entra y sale pausado, casi erótico, rítmico, hasta que el bote toma una última curva a la derecha y aparecen al frente, imponentes, con las luces y sombras del atardecer jugueteando sobre su torso, dibujados sobre el agua tranquila.

Es un lugar escalofriante. El Inírida, que hasta aquí ha llegado —o pasado, en realidad— haciendo giros mínimos, decide dar una vuelta pronunciada para colarse entre el cerro Mavicure a un lado y Pajarito y Mono al otro, para, luego de pasar, volver a girar y seguir en la trayectoria que traía. Es como si el río no hubiera querido perderse el espectáculo, que es deslumbrante: tres rocas inmensas, de piedras oscuras y lisas, que lagrimean de la punta al suelo hilitos de agua y que en cada recoveco donde logran alojarse algunas gotas dejan crecer bosquecillos diminutos.

Es tarde. La cita con los cerros tendrá que esperar. Allí en la curva donde el río voltea para ir a visitar los cerros está El Venado, la comunidad indígena que nos acogerá durante dos días. En el verano el campamento es en la playa, pero El Venado está también anegado, con varias casas inundadas. En la “capilla” —sí, hasta una especie de altar tiene, pero sin ninguna alusión religiosa— se montan las carpas y se guindan las hamacas.

Huele a humo, el hambre acecha. Un par de bocones de la pesca del día penden casi un metro sobre el fuego entre dos estacas, envueltos en sendos canastos de hojas de palma cuipe tejidos a la medida de sus cuerpos. Ya en la mesa, la piel crocante sale completa con apenas un empujón del tenedor y tenemos una cena exquisita llena de sabores naturales.

Bajo la luz tenue de una planta a gasolina, hay tiempo para conversar. Llevamos muchas horas juntos y no se ha mencionado la palabra guerrilla, ni minería ilegal, ni coca, ni demás pestes de nuestro territorio...

Tratar de entender lo que ha sucedido desde la firma de la paz es, claro, parte del propósito de este viaje.

La primera respuesta en la mesa duele:

- “El único que cree que la paz llegó a estas tierras es el señor presidente”.

Los comentarios que se van sumando son igualmente crudos:

- “La guerra es un negocio, y mientras haya corrupción nunca se va a acabar”.

- “Los espacios que dejó las Farc los llenaron otros. Desde hace un año o algo más tenemos al Eln, que jamás había estado por acá”.

- “Todita la coca que se produce en el Guaviare sale por acá derechito para Venezuela. Y allá, la Guardia venezolana maneja todo. Si cualquiera por acá necesita hablar con un comandante, acude a la Guardia”.

Pero al menos las Farc ya no existen, insiste nuestra tozuda lógica centralista; el problema ha sido no impedir que los criminales coparan su espacio…

- “Las Farc siguen vigentes. Tienen mucho dinero, controlan cientos de negocios. Le dicen a la gente: ‘aquí está este dinero para que monte su negocio; y compartimos ganancias’. Parecen negocios legales, pero son de ellos. Y los que no aceptan tienen que pagar su impuesto”.

Triste panorama. Hora de apagar la planta. Linternas para usar las letrinas, aseo personal en el río.

Volver en verano

Temprano al día siguiente de nuevo remontamos el Inírida un par de horas en busca de otro lugar especial: los raudales Zamuro y Cualet, formaciones rocosas que atraviesa el río. No es buena época para visitarlos pues están bajo agua. El Zamuro por completo: apenas se ven, y se sienten al pasar la lancha, los remolinos. El Cualet sí alcanza a mostrarnos su musculatura. Asombroso resulta el espectáculo de ese río que camina tranquilo y al llegar a las piedras genera olas inmensas y fogonazos de agua.

- “Hay que volver en verano”, dice Mauricio, mitad promoción, mitad verdad.

Al regresar todavía tenemos tiempo de asomarnos a los cerros para escalar, digamos, la pata de Pajarito. Es un tramo corto pero tremendamente empinado que buena parte hay que escalar con pies y manos sobre la piedra. La bajada es asustadora. Un buen entrenamiento para el día siguiente, que llegará el mayor atractivo del viaje: la subida hasta la cima de Mavecure, el más bajo de los tres cerros, pero aún de unos 250 metros de altura.

Esa noche, mientras comemos otro pescado esta vez desmenuzado y mezclado con una harina de yuca tostada, crocante, cambiamos de tema. ¿Ha crecido el turismo? ¿Es una oportunidad real de desarrollo para la región? Mauricio es un convencido. Y trabaja en serio por ello: se molesta con la basura, con las malas prácticas de colegas informales, con los proyectos que pueden desnaturalizar el atractivo cultural…

En la subida al cerro, por ejemplo, en un descanso tras el primer ascenso, hay la idea de construir una cabaña donde los locales puedan vender refrescos y pasabocas, pues muchos de los turistas deciden llegar sólo hasta allí y esperar a que los demás suban y bajen la parte más escarpada del trayecto.

- “Suena bien, si se cumpliera ese propósito. Pero hecha la cabaña, usted va a querer quedarse allí. Y si se queda, va a querer hacer una fogata. Y para hacer la fogata va a quemar la madera seca que es la que nutre el bosque. Y cuando el bosque se seque, más fogatas va a hacer. Y con el calor del fuego, estas piedras frágiles se van a ir quebrando. Y poco a poco vamos a ir perdiendo la riqueza del lugar”, dice.

Hace unos años a Mauricio le habían ofrecido hacer lo que hace hoy, pero la demanda no daba para vivir del turismo. Hoy sí, a ello se dedica por completo.

- “El Abrazo de la Serpiente nos ayudó mucho para que la gente quisiera venir a conocer”, cuenta. “Ahora todo el año viene gente, muchos extranjeros”.

(También puede leer: "Guainía: intercambio cultural en un tesoro escondido")

El ascenso a Mavicure

Carlitos, un indígena puinave, es nuestro guía para el ascenso al cerro Mavicure. Sube con sus botas de caucho con el agarre que da la sabiduría mientras los demás, muchos con hiking boots, resbalamos sin piedad. Ha llovido toda la noche y parte de la mañana y estas rocas se vuelven jabones en donde quedan trazos de humedad.

Tras un ascenso de algo más de hora y media, por la piedra, por entre el bosque y por una serie de escaleras de madera, llegamos a la cima. Pajarito, Mono, el río, la selva inmensa para donde se mire.

El cielo está encapotado y los cerros van cambiando de temperamento al paso de las nubes. A lo lejos se ve venir un fuerte aguacero que no tarda en llegar.

Carlitos nos cuenta en un español apenas digerible la leyenda de la Princesa Inírida, la bella y perfumada, cortejada por el príncipe Yoy, quien al ser rechazado acudió a la puzana, la planta del enamoramiento que nace en estos cerros, para poseerla. En su entusiasmo juvenil, sin embargo, aumentó la dosis de su brevaje (puzana mala, le dicen), cuyo efecto es enloquecedor. La princesa subió al cerro Pajarito y se enamoró de él, del cerro, para siempre, y allí se ve su estero cerca de la cima.

Y luego dicen que el feminismo apenas se está poniendo de moda en el mundo.

Bajada resbalosa, último almuerzo en la comunidad y preparativos para el regreso. Antes, un paso por el caño San Joaquín, de aguas rojizas, que llega por la parte de atrás de los cerros. Es nuestra última opción de ver las toninas. Cuando ya hemos perdido la esperanza de verlas, suenan dos resoplos seguidos. Luego otros dos. Más allá, un chapoteo. Han llegado. Se acercan, asoman su cabeza y nos miran con curiosidad. Van y vienen, desaparecen y vuelven a venir. Podemos regresar tranquilos a la civilización.

Pasado el mediodía al día siguiente tomaremos nuestro vuelo de regreso. Todavía hay sitios para conocer en los alrededores de Inírida.

Carlos, colombiano pero criado en la amazonia venezolana, es nuestro acompañante esta mañana, a quien recordamos haber visto la noche de nuestra llegada colocando barreras en la entrada de su pizzería por si el río seguía creciendo, cuando nos acercamos al puerto a tomarnos una cerveza. No logró evitar la inundación y hoy hace de guía improvisado.

Nos lleva a varias comunidades indígenas que rodean la capital, donde disfrutamos lugares fascinantes como el Cerro Vitina y su caño aledaño, comemos toda suerte de frutas y subproductos selváticos y alcanzamos a comprar artesanías y hasta una pequeña estufa de arcilla como la que usaban los indígenas para cocer nuestras cenas en El Venado.

Cerramos nuestro viaje en busca de la flor de Inírida, que se ha venido extinguiendo por su uso y abuso. Llegamos al campo donde crece y encontramos unas pocas, sin florecer. Hay quienes vienen por las mañanas y las arrancan para venderlas en el pueblo, nos cuenta Carlos descorazonado. No alcanzamos a conocer la experiencia de la asociación Akayú, que entre sus proyectos de desarrollo sostenible en el Guainía tiene uno que busca repoblar, aprovechar sosteniblemente y conservar a largo plazo la Flor de Inírida.

Proyectos de desarrollo sostenible, la esperanza natural hacia el futuro en nuestros territorios para tener un mínimo contrapeso a la ilegalidad. ¿Puede el turismo ser uno de ellos, central, dada la cantidad de oferta de lugares maravillosos para conocer en el Guainía? En medio de la tragedia por las inundaciones en estos días –luego que partimos las lluvias continuaron y se intensificaron-- quizás esa idea suene lejana.

A juzgar por lo que vimos y con quienes compartimos estos días, sin embargo, esa oportunidad está muy viva.

¿Cómo llegar?

A pesar de la lejanía, no es nada complicado llegar hasta Inírida. Satena tiene vuelo directo desde Bogotá y Villavicencio; desde esta ciudad también se puede tomar un avión de carga.

Ya en Inírida, sus hoteles principales ofrecen todos los servicios turísticos de transporte y alojamiento remoto para visitar los principales lugares, además de servicios de deportes náuticos o pesca. Sin embargo, es bueno planear todo desde antes.

También hay servicios turísticos nacionales que tienen sus convenios con los operadores locales (ese fue nuestro caso con Awake, a un precio por los cinco días de $1’335.000 por persona, sin incluir los pasajes, que costaron a $615.000 por persona).

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