15 Jul 2015 - 3:00 a. m.

Providencia, paraíso de todos los colores

A diferencia de otras islas del Caribe, Providencia se mantiene fiel a sus raíces en un espacio en el que el turismo y la hotelería a gran escala no han logrado salir triunfantes por completo. Paz y relajación son ley en este jardín insular colombiano.

Redacción Buen Viaje

 

Una ley municipal fue todo lo que necesitaron Providencia y Santa Catalina para mantenerse como los paraísos caribeños que siempre han sido. Allí, a ritmo de reggae, las playas níveas y las aguas de siete colores se han posicionado como la mejor opción para quienes quieren conectarse con la naturaleza, entretenerse con historias de piratas o simplemente descansar, con un coctel en mano, lejos de los edificios altos y el ruido de la ciudad.

Todo ello es gracias a sus habitantes —poco más de 5.000—, que han sabido defender su ecosistema, y de paso su calidad de vida, al no permitir que llegue el modelo turístico a gran escala que es tan común en el Caribe. De hecho, en esta pequeña isla está prohibido construir edificios de más de dos pisos, por lo que el paisaje montañoso jamás se verá opacado por monumentales hoteles, centros comerciales, casinos, restaurantes de lujo o exclusivas discotecas. En cambio, se verá decorado con coloridas casas de madera con porche para tomar la brisa de la tarde, acogedoras posadas isleñas y algunos locales como bares, la mayoría con vista al mar.

Y es que a pesar de que Providencia es pequeña —apenas 17 kilómetros cuadrados de extensión—, son muchos los planes que allí se pueden llevar a cabo. Nada más para empezar, se puede ir a conocer una de las tres playas más representativas de la isla: Aguadulce, que con sus aguas color turquesa es la más cercana a la zona de hoteles y cabañas; Southwest Bay, famosa por sus carreras de caballo al atardecer y donde una pequeña franja de arena es la que separa el mar de la densa vegetación tropical, o la Playa de Manzanillo, que es perfecta para ir a probar los mejores platillos típicos.

Este contacto con el mar se puede complementar en el extremo nororiental de la isla, en el Parque Nacional Natural Old Providence McBean Lagoon, uno de los tantos lugares donde se puede caretear y observar la tercera barrera de coral más grande del mundo, con 32 kilómetros de extensión, llena de coloridos peces como el cirujano o el ronco coliamarillo. Sin embargo, esta no es la única actividad que se puede realizar en esta reserva de 995 hectáreas, que cuenta con el sendero de los siete colores, un camino de cerca de 800 metros a lo largo de un manglar habitado por todo tipo de aves y reptiles y que termina en Iron Wood Hill, una de las colinas más altas del archipiélago.

Pero si la meta es obtener la mejor panorámica de Providencia, lo mejor es emprender camino hacia la región de Casa Baja, donde comienza el sendero hacia The Peak, el pico más alto de la isla y por añadidura su mirador. Antes de partir, sin embargo, hay que saber que el recorrido dura cinco horas y atraviesa el último bosque tropical de las Antillas, por lo que hay que ir bien preparado.

Un plan más tranquilo se halla tras cruzar hacia el norte de la isla, y recorrer el emblemático Puente de los Enamorados, una estructura colgante de cerca de 100 metros de largo, hasta llegar a Santa Catalina, que en su época fue refugio del corsario Henry Morgan. Una vez allí, es posible asombrarse con las historias del pirata galés que usó el islote para planear sus ataques a Panamá y Santa Marta, así como para proteger sus tesoros con los cañones que todavía se conservan allí.

A la leyenda del afamado personaje se le suma la Cabeza de Morgan, una roca que se asemeja a un perfil humano y que conmemora al hombre que supo ver en el archipiélago una tierra llena de tesoros de todo tipo.

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