
Hay pueblos que se conocen caminando, y Zipaquirá es uno de ellos. Sus calles, casas antiguas y sabores tradicionales hacen que pueblear por este municipio cundinamarqués sea un buen plan para salir de Bogotá. Aunque su mayor reconocimiento está en la Catedral de Sal, que recibe cerca de 700.000 visitantes al año, su centro histórico conserva otras historias que vale la pena conocer.
En este recorrido nos detenemos en esos lugares, personajes y tradiciones que permiten conocer otras facetas del municipio y entender por qué su historia no termina bajo tierra.

Una historia única que reúne varios saberes
A pocos kilómetros de Bogotá, Zipaquirá conserva esa esencia de los pueblos que invitan a caminar sin afán, sentarse un rato en la plaza y ver pasar la tarde. Hay algo familiar en ese paisaje: las fachadas antiguas, los balcones que se asoman a las calles y las personas que se encuentran en el parque para conversar. Sin embargo, al recorrerlo con un poco más de atención, aparecen detalles que hablan de una ciudad que también busca reencontrarse con su historia.
En los últimos meses, el centro histórico de Zipaquirá ha cambiado de aspecto. Algunas fachadas recuperaron sus colores, los espacios públicos fueron renovados y los murales comenzaron a ocupar un lugar en sus calles. Estas intervenciones hacen parte de Zipaquirá desde el Corazón, una iniciativa liderada por la Alcaldía Municipal, con el apoyo de la Corporación Tierra S.O.S. y la Fundación Pintuco, que busca recuperar el patrimonio, fortalecer el turismo y estrechar el vínculo de los habitantes con su territorio.
La propuesta comenzó a gestarse hace aproximadamente dos años, mediante mesas de trabajo en las que participaron habitantes y representantes del sector turístico, entre ellos restaurantes, hoteles y guías. De estos encuentros surgieron ideas para dinamizar la actividad turística y reconocer el valor cultural del municipio.
Uno de los cambios más visibles está en las fachadas. Su recuperación y la elección de nuevos colores, a partir de estudios estratigráficos realizados con la Universidad de los Andes, han renovado el paisaje de algunas calles. A esto se suma una ruta de 36 murales, distribuidos en cuatro temáticas: Sabor y sal, historia y memoria, arquitectura y patrimonio, y letras y personajes.
Ruby Fandiño, guía de turismo de la Secretaría de Desarrollo Económico y Turismo de Zipaquirá, explica que estas obras no se escogieron únicamente para decorar las paredes, sino para contar historias del municipio. En ellas aparecen personajes de la literatura local, elementos de la naturaleza, antiguas construcciones y tradiciones que todavía permanecen en la memoria de sus habitantes.
"Uno de los ejemplos es el mural dedicado al Caramelito Rojo, que también rinde homenaje al maestro Jorge Velosa. La obra recuerda una de sus experiencias de infancia: cuando su padre viajaba a Bogotá y, al regresar, le compraba este dulce en la antigua estación del tren de Zipaquirá. Aquel recuerdo terminó inspirando una de sus canciones", cuenta la guía.
Pero la historia no termina en el dulce. En el mismo conjunto de murales aparecen flores de la sabana, como la uchuva y la veranera, que también guarda una relación con la elaboración tradicional del caramelito rojo, pues de esta planta se obtenía el colorante utilizado para prepararlo. A su lado se representan especies como el siete cueros, árbol municipal de Zipaquirá.
"Otros murales recuperan la memoria de los trabajadores de la plaza de mercado, personajes como el ciclista Egan Bernal y referencias a escritores y poetas que hicieron parte de la vida cultural del municipio. Entre ellas están las obras inspiradas en María Saavedra y su poema A las muchachas de mi pueblo, así como representaciones de los copetones, relacionadas con los versos de Francisco Saavedra", cuenta Fandiño.
La literatura también tiene un lugar especial en esta galería. Varios murales recuerdan la juventud de Gabriel García Márquez en Zipaquirá, donde cursó sus estudios de bachillerato. El tren, su máquina de escribir y elementos del paisaje local aparecen en estas representaciones, que conectan la historia del escritor con los años que pasó en el municipio. Así, caminar por estas calles implica detenerse en detalles que, sin una explicación, podrían pasar inadvertidos. Como señala Fandiño, recorrer los murales con un guía permite entender las conexiones entre los personajes, las plantas, los sabores y los acontecimientos que aparecen representados.

La sal también se convierte en una expresión artística
La relación de Zipaquirá con la sal no termina en las profundidades de su catedral. Durante siglos, este mineral ha marcado la historia, la economía y la identidad del municipio. Sin embargo, uno de los propósitos de la actual administración es que el destino no sea reconocido únicamente por su atractivo subterráneo, sino también por la riqueza arquitectónica, cultural y gastronómica que conserva su centro histórico.
Así lo explicó el alcalde Fabián Rojas, quien señaló que la estrategia busca aprovechar la llegada de más de 700.000 visitantes al año a la Catedral de Sal para invitarlos a recorrer otros espacios del municipio. La idea es que la visita continúe por sus calles, conozca sus restaurantes, se acerque a su patrimonio y encuentre otras experiencias turísticas.
Esa relación con la sal también se puede descubrir en los talleres artesanales. Allí, la roca se transforma en lámparas, morteros y piezas decorativas mediante un trabajo que exige paciencia y precisión. El material utilizado se conoce como sal vigua, una expresión que hace referencia a la sal virgen y que, en este caso, también permite aprovechar fragmentos de roca provenientes de las labores de mantenimiento de la catedral.
A diferencia de los objetos fabricados mediante moldes, estas piezas se trabajan directamente sobre la roca con herramientas como cinceles y mazos. Es un oficio que conserva una relación directa entre el artesano y el material, pero cuya continuidad plantea una preocupación: ¿quiénes seguirán tallando la sal en Zipaquirá?
Actualmente, según cuenta Fandiño, Ronni Edgar Martínez es uno de los artesanos que mantiene activo este oficio en el municipio. La situación contrasta con la importancia histórica que ha tenido la sal para Zipaquirá y plantea un desafío: ¿cómo lograr que este conocimiento no desaparezca y pueda transmitirse a nuevas generaciones? No basta con que la sal siga siendo un símbolo del territorio; también es necesario preservar las técnicas y los saberes que permiten transformarla.
Con ese propósito, Artensal abre sus puertas a los visitantes que quieran acercarse a este oficio y aprender a tallar su propia pieza. La experiencia dura aproximadamente una hora y media y propone algo más que observar el trabajo del artesano: invita a tomar las herramientas, imaginar una forma y descubrir cómo una roca de sal puede convertirse en una escultura hecha con las propias manos. Es también una manera de compartir estos conocimientos y acercarlos a quienes visitan el municipio, porque aquello que no se conoce difícilmente se reconoce y se protege.

Una plaza para volver a encontrarse
La recuperación del centro histórico también llegó a la Plaza de los Comuneros, uno de los espacios más representativos de la vida local. Allí se instalaron bancas jardineras, zonas de descanso y nuevo mobiliario urbano, además de adelantar acciones de renaturalización que buscan mejorar el entorno y recuperar este lugar como punto de encuentro para residentes y visitantes.
La plaza, sin embargo, no siempre tuvo la apariencia que conserva hoy. Antes de la intervención de 2003, contaba con senderos peatonales, prados, arbustos y árboles frondosos que daban sombra y rodeaban buena parte del espacio. Con la reforma, se convirtió en una plaza seca, un cambio que, según recuerdan algunos habitantes, dejó una herida en la memoria de la ciudad.
La transformación reciente busca recuperar ese vínculo entre la plaza y quienes la habitan. Alejandra Gallego Torres, directora ejecutiva de la Corporación Tierra S.O.S., destacó que el proceso abrió espacios de diálogo con la comunidad y permitió que sus habitantes participaran en las decisiones sobre el centro histórico.
“La infraestructura transforma los espacios; la confianza transforma el territorio y la revitalización del centro histórico fue la excusa para lograr que la comunidad volviera a conversar sobre su centro, participara en las decisiones y reconociera que esta transformación también le pertenece”.
La ruta también contempla el parque Villa de la Sal, la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores —que cuenta con un mirador desde donde se observa el municipio— y la antigua estación del tren. Así, entre espacios renovados, construcciones históricas y propuestas gastronómicas, el visitante encuentra otras razones para quedarse y recorrer Zipaquirá con más calma.

La gastronomía como punto de partida
La ruta también se descubre a través de los sabores. Según el alcalde Zipaquirá, cuenta con más de 300 cafés y restaurantes, una oferta en la que conviven preparaciones tradicionales, propuestas gastronómicas y espacios para hacer una pausa durante el recorrido por el centro histórico. Entre los sabores que vale la pena buscar está el Caramelito Rojo, un dulce cuya receta ha pasado de una generación a otra y que hoy distintas carameleras trabajan por mantener vigente.
"Actualmente, alrededor de 40 mujeres conservan este conocimiento. La mayor de ellas tiene 94 años y ha compartido la receta con otras 15 personas para evitar que la tradición desaparezca. Incluso han surgido nuevas maneras de incorporarlo a la cocina local, como su uso en la preparación de cócteles. Así, un dulce que hace parte de la memoria del municipio también encuentra formas de llegar a nuevos públicos", cuenta Gallego.
Esta apuesta gastronómica hace parte de una estrategia más amplia para que quienes llegan a conocer la Catedral de Sal permanezcan en el municipio y descubran otros atractivos. El alcalde Rojas explicó que uno de los retos de la administración es mantener las transformaciones realizadas en el centro histórico y seguir fortaleciendo la ruta turística y gastronómica, con la participación de los comerciantes y las comunidades.
La propuesta tampoco se limita al centro. Según el mandatario, el municipio trabaja en el fortalecimiento del turismo religioso, con recorridos por sus templos e iglesias, y en alternativas de turismo de naturaleza en lugares como Pantano Redondo y otras reservas de la región.
La invitación, entonces, es a quedarse un poco más. A caminar por las plazas, detenerse en un café, probar sus dulces, conocer los oficios que todavía sobreviven y descubrir las historias que guardan sus calles. Porque Zipaquirá tiene mucho más por contar: la Catedral de Sal puede ser el motivo para llegar, pero su centro histórico, su gastronomía y sus tradiciones ofrecen razones para continuar el recorrido.
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