2 Dec 2015 - 3:38 a. m.

Un paseo por Marruecos

Desde América Latina la palabra África suena muy lejana.

Redacción Buen Viaje

Desde América Latina la palabra África suena muy lejana. Cuando pensamos en viajar, Estados Unidos, Europa e incluso Asia son los primeros destinos que se vienen a la mente y en realidad son pocas las ocasiones en las que volteamos a mirar al continente africano. Sin embargo, no está tan lejos como parece. Solo con tomar un barco desde España y recorrer el estrecho de Gibraltar o subirse a un avión en Madrid, se llega a Marruecos, repleto de lugares históricos y fascinantes por descubrir.

En esta ocasión los invitamos a aventurarse no precisamente para saltar al vacío, ni descender por torrentes de agua. Marruecos ofrece una de las experiencias a la que todo viajero debería medírsele: el recorrido por las dunas del Sahara. Este desierto es considerado el más cálido del mundo y ocupa la tercera casilla en tamaño después de la Antártida y el Ártico.

Marruecos, sin embargo, es uno de los tantos países que abarca el Sahara y tal vez el mejor para conocerlo, pues es en donde nace el paisaje desértico. Lo ideal es comenzar por la ciudad de Marrakech y visitar famosos lugares como la plaza de Jemaa el Fna, el corazón del comercio; la mezquita de Kutubía, la más grande del país, o las tumba de Saadíes, donde hay más de 100 lápidas decoradas con mosaicos de los guerreros de la dinastía Saadí, verdaderas obras de arte.

Luego hay que arrancar del riad (hotel) para emprender el camino hacia el desierto. Las agencias lo recogerán en una camioneta 4x4, equipada para resistir el ambiente hostil con el que el desierto da la bienvenida. Antes de llegar se debe pasar por el Alto Atlas, la subcordillera más elevada del norte de África, con un extraordinario paisaje de fondo de los colores tierra de Marrakech. Llenas de nieve, estas majestuosas montañas lo dejarán sin aliento.

El siguiente paraje inolvidable es el río Draa, que pasa por muchos pueblos fortificados y castillos de barro y que casi milagrosamente fluye en medio de un clima tan caluroso como el de Marruecos.

Y siguiendo la carretera se llegará hasta Erg Chegaga, la parte del desierto del Sahara donde se encuentra el mayor grupo de dunas de la región, que alcanzan una altura de 300 metros y una extensión de 40 kilómetros. El calor durante el día es sofocante, la temperatura puede llegar hasta los 40°C, pero aunque suene insoportable, vale la pena aguantarlo para observar esas enormes montañas de arena dorada, un paisaje que se disfruta encima del lomo de un camello o desde la camioneta, en caso de que se desaten las famosas tormentas de arena.

Este es tal vez uno de los lugares del mundo en donde la soledad se siente con fuerza. Alrededor no hay nada diferente que los guías y los compañeros de travesía. La diversión es para unos pocos privilegiados que pueden disfrutar de la arena como niños pequeños y jugar entre las dunas.

En Erg Chegaga se encuentran los rastros de un lago llamado Iriki. Era el sitio donde desembocaba el río Draa, pero no hay agua desde hace 25 años. Lo curioso es que al fondo se puede ver una isla rodeada de lo que habría sido un gran lago. En realidad, y para sorpresa de quienes lo observan, se trata de un espejismo que engaña a la percepción visual a partir de condensaciones de aire.

Lo mejor es el atardecer único del desierto. Su color rojizo se mezcla con el dorado de la arena y ofrece uno de las puestas del sol más bellas del planeta. La verdadera experiencia se vive acampando para pasar el calor infernal del día y refugiarse del frío de la noche. La agencia de viajes, que tendrá que contratar obligatoriamente para no perderse, llevará algunas carpas con todas las comodidades. Debajo de las estrellas solo queda disfrutar de la nitidez del cielo, que pareciera estar mucho más cerca de la Tierra.

 

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