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El día menos pensado llegó más rápido de lo esperado. Vicente Fernández cumplió parte de su promesa al decir que mientras tuviera un micrófono en la mano, y al menos una persona dispuesta a escucharlo, su voz seguiría siendo la mejor cómplice de los parlantes en América Latina. Sin embargo, el lapso entre la expresión “canto igual que hace 30 años” y “estoy pensando en que esta ida a España y todo el continente es la última”, fue mucho menos prolongado que uno de sus famosos sostenidos.
El impacto fue mayor porque el anuncio decidió hacerlo en una de las partes públicas de su rancho Los 3 Potrillos, una suerte de quiosco de dos pisos y grandes dimensiones en el que el artista recibe algunas visitas masivas y deja conocer lo más reciente de su material discográfico a través de modernos implementos tecnológicos, como pantallas planas y sistemas inteligentes de audio. La llegada a la segunda planta es tan compleja como arriesgada, porque el único medio de acceso, incluso para el charro, es una empinada escalera en espiral.
Sólo un asiento era distinto: negro, grande, con forma de trono. Desde ahí Vicente Fernández mencionó sus dos motivaciones para despedirse de los escenarios. La primera, su familia, a la que ha dedicado poco tiempo en estos últimos 48 años, al principio de los cuales decidió dejar a un lado oficios en los que siempre se destacó como leñador, albañil, camionero o bolero, para concentrarse en la labor que le dio la garantía de ser el número uno. Y su segundo pretexto fue su orgullo, tal vez de charro, que le indicó que lo mejor era dejar en la gente el recuerdo vivo del poder de su registro vocal. “No quiero que la gente sienta pena ajena y diga: ‘uy, ese Chente ya no canta nada’”.
En su rancho Los 3 Potrillos logró concentrar en un mismo espacio la música y el trabajo con los caballos, dos de sus más grandes pasiones. Desde la carretera que conduce de Guadalajara a Chapala, en Jalisco, se alcanza a ver un inmenso techo que contrasta con el terreno más bien desértico de la región. Debajo de esa cubierta, Fernández ha sido anfitrión de las figuras más importantes de la música latina. Hace unos años Shakira pisó la tarima de La Arena VFG, nombre apropiado dadas las características topográficas de la zona, y consiguió llenar los cupos asignados tanto para espectadores como para automóviles, ya que el escenario tiene su propio parqueadero y un puente vehicular que facilita la entrada al complejo musical.
A pocos kilómetros de ahí, porque sus mismos vecinos se atreven a decir que la propiedad de Vicente Fernández supera las 400 hectáreas y que se extiende más allá de lo que el ojo humano alcanza a ver en el horizonte, están las caballerizas, los espacios acondicionados para la preparación de los equinos, para la exhibición de sus más vistosos ejemplares y para la venta de potrillos que han hecho famoso a su criadero. Animales de todos los tamaños, de diversas razas y de valores incalculables adornan la hacienda que no se destaca por la excesiva seguridad. Porterías a cada lado, con pocos vigilantes por área y toda una comunidad dispuesta a respaldar a su ídolo cuando la violencia de otros estados mexicanos rompa fronteras y gane terreno en la zona.
En Los 3 Potrillos, Vicente Fernández escucha sus sonidos favoritos. Se deleita rememorando a sus antecesores: Javier Solís, Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía, y aplaude las actuaciones contemporáneas de su hijo Alejandro Fernández. Pero también pasa las tardes siendo testigo de los relinchos poderosos de sus caballos y recuerda especialmente aquellos momentos inolvidables de la vida cuando la naturaleza lo premiaba, como él mismo afirma, con los truenos de las placentas de sus yeguas más queridas.
Esa es, tal vez, la esencia ranchera que quiere recuperar y que la agenda de conciertos aquí y allá, sumada al vaivén de los productores musicales, no le permite hacerlo. En este momento tiene 72 años, casi medio siglo de trabajo discográfico, y confiesa que a pesar de que su esposa conoce el mundo entero y que lo acompaña a casi todos los viajes, no recuerda haber recorrido, tomado de su mano, ninguna ciudad. Le ha entregado todo al público y de igual manera ha sido recompensado, pero le hace falta el anonimato, extraña ese justo placer de no hacer nada, y quiere disfrutar mucho más de su hogar.
Jamás compartió el triunfo con sus padres porque cuando nació Vicente, su hijo mayor, murió su padre; y cuando estaba por lanzar su primer disco exitoso internacionalmente, falleció su madre. Así que su mayor deseo es apoyar a sus hijos, mucho más de lo que lo ha hecho hasta ahora. Sus otros “herederos”, los músicos de su mariachi, ya no lo necesitan y saben a la perfección lo que tienen que hacer para seguir edificando un buen nombre. Son siete violines en primera línea, escoltados a unos cincos pasos por una guitarra, un guitarrón y una vihuela. Mucho más atrás están los vientos, que ocupan segundos y terceros planos, a diferencia de lo que ocurre con el formato desarrollado por los conjuntos colombianos.
“Yo nunca hago una lista de canciones con mi mariachi. Simplemente llego al escenario y les digo a los muchachos abrimos con tal canción. El resto del concierto me la paso pensando en cómo complacer al público y por eso escojo las mejores canciones para los mejores músicos”, dice Vicente Fernández. Y el mariachi le corresponde el afecto tocando solamente los temas que en algún momento ha interpretado su líder. Su repertorio llega hasta algunos covers de bandas sonoras de películas y canciones de Alejandro Fernández. Solicitar algo de Juan Gabriel es como un grito al aire libre en medio del rancho del charro más famoso de América.
Vicente Fernández acaba de publicar su álbum Otra vez y diseñó una gira de conciertos para su promoción, que comienza el 21 de junio en España; luego visitará Honduras, Guatemala, Costa Rica, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile. Sin embargo, el anuncio de su retiro modificó las intenciones del tour y ahora el público está a la expectativa del desarrollo de su despedida de los escenarios, porque el artista aclaró que seguirá grabando discos. En su rancho también tiene un estudio de audio completo y eso le facilita la labor.
Un artista jamás deja de serlo. Más de mil canciones grabadas, un número incalculable de conciertos en todos los países de habla hispana y una fama que supera cualquier medición de popularidad, hacen que este adiós sea menos doloroso. Hace una semana Vicente Fernández comenzó a recorrer el sendero para convertirse en leyenda. Dio el primer paso porque quiso, por voluntad propia y dejó claro que desde que empezó hace 48 años, y sin importar su decisión, sigue siendo el rey.
* El periodista asistió al rancho Los 3 Potrillos por invitación de Total Entertainment.