A las afueras de Bogotá

Aventura en la cascada más alta del país

Con 590 metros de altura, la Chorrera es una caída de agua que se roba el aliento. A hora y media de la capital, en Choachí, este parque natural es, además, un gran ejemplo de turismo comunitario.

La Chorrera vista desde la Cueva de los Monos, la penúltima parada del recorrido por el parque. / Cortesía

Como habitante, es extraño pensar en Bogotá como un destino turístico. La ciudad es tan grande que algunos atractivos parecen estar demasiado lejos para visitarlos y otros están tan presentes que terminan perdiendo el magnetismo. Tampoco faltan los casos que pasan desapercibidos en medio de una infinidad de opciones para elegir.

Incluso desde otras partes del país, la capital es vista únicamente como el corazón político y económico de la nación, donde se viene a trabajar y a cerrar negocios, hogar de gente de todas las regiones y en el que el frío reina. Se trata de un imaginario que se ha extendido hasta los municipios aledaños a la ciudad.

Pero es precisamente eso lo que hace de la “nevera” un destino tan interesante. No sólo su extensión, también la multiculturalidad que la habita, redundan en que Bogotá y sus alrededores siempre tengan un atractivo nuevo y diferente para ofrecer. Incluso el clima, aparentemente atípico en un país reconocido a nivel mundial por sus regiones tropicales, obliga a que los planes sean diferentes a los que predominan en los principales destinos turísticos colombianos.

Un lugar que recoge muy bien ese espíritu sorprendente del altiplano es el Parque Aventura La Chorrera. Ubicado en la vía a Choachí, a medio camino entre Bogotá, no sólo destaca por su riqueza y belleza natural, sino por ser un excelente caso de éxito en lo que a turismo comunitario se refiere.

Su historia comenzó hace once años, cuando un grupo de 16 familias campesinas decidió ponerse de acuerdo para comprar los terrenos donde hoy se levanta el parque y montar la infraestructura para recorrer la reserva. En el proceso, además, se las arreglaron para abrir oportunidades de empleo para los jóvenes de la región, de modo que no tengan que alejarse mucho de sus hogares para conseguir trabajo. Muchos de ellos son guías que cuentan con orgullo su experiencia en el parque, a la par que narran sus orígenes y aportan a generar desarrollo ambiental sostenible.

Para llegar a este pequeño edén hay que tomar un bus que de Bogotá lleve a Choachí o, en carro particular, tomar la vía al santuario de Guadalupe, al oriente de la capital, y avanzar en un recorrido aproximadamente hora y media. Tendrá que estar atento pues cerca de una hora y 20 minutos después habrá que salir de la carretera principal para adentrarse en un tramo semidestapado que conduce hasta el parqueadero del parque. Por fortuna, esta desviación está muy bien señalizada.

Para los guías, que visten chaquetas azules, el parqueadero es la primera estación del recorrido que se ofrece hasta La Chorrera, pues es difícil de ignorar y sirve como punto de referencia. Si llega en auto, guardarlo acá cuesta $5.000; si llega en bus, el recorrido a pie desde la carretera es de media hora y no es nada exigente. En cualquier caso, allí recibirá las primeras indicaciones sobre cómo llegar a la taquilla, que es la segunda estación, y arrancar hacia la verdadera aventura.

El ingreso al parque y una póliza de viaje cuestan $12.000, o $36.000 si se le suman otros servicios, como el refrigerio y el almuerzo especial. Una vez adentro, a pocos metros de la taquilla, aguarda la cascada El Chiflón, una caída de agua de 55 metros que se puede observar desde diferentes ángulos, incluyendo una gruta que pasa por detrás de la cortina de agua a unos 40 metros de altura. Desde allí existe la posibilidad de practicar torrentismo.

Si decide pasar de esta actividad extrema, todavía lo esperan cinco estaciones en un recorrido a pie que con cada paso se pone más exigente. Subidas, bajadas, piedras y un horizonte esmeralda enmarcado por montañas adornan la primera parte del recorrido, que antaño solía ser transitado por arrieros que, a pie o a lomo de mula, visitaban Bogotá desde Villavicencio para comercializar sus productos.

No es extraño cruzarse con samanes (el árbol de la anterior moneda de 500), al que los lugareños conocen como el árbol de la vida, y con enormes rocas capaces de sustentar minibosques con más de 20 especies de plantas. Se trata de un lugar rebosante de fertilidad, donde basta una simple caminata ecológica para recargar al cuerpo. Tras recibir una corta explicación sobre estas dos maravillas naturales comienza el ascenso hacia la última cascada.

Por su ubicación, la montaña que antecede a La Chorrera es a su vez un bosque de niebla que parece sacado de un cuento de hadas. Encantador, el sendero de piedra guía a los aventureros en medio de arrayanes, sietecueros, ardillas, comadrejas y azulejos hacia dos paradas. En la primera se explica el origen de las dos cascadas y de la riqueza hídrica de la zona; la segunda es conocida como la Cueva de los Monos, una gruta de estalactitas que ofrece una panorámica majestuosa sobre el parque y su atracción principal. Desde acá, la vista.

Finalmente, detrás de varias fuentecillas naturales de las que incluso se puede beber agua, se encuentra la caída de agua escalonada más alta de Colombia. Nacida de varios chorritos provenientes del páramo de Cruz Verde, uno de los tres más grandes del mundo, La Chorrera tiene 590 metros de alto. Es un tesoro colombiano prácticamente escondido y que se roba el aliento sin mucho esfuerzo.

Además, por la forma en la que el parque ha dispuesto el sendero, es seguro acercarse a poco más de diez metros de uno de los últimos escalones donde cae el agua antes de seguir su camino. Esa frescura, cercanía y energía no sólo maravillan, sino que recargan lo suficiente para emprender el camino de regreso, que se hace por una ruta diferente a la de llegada. Si le gusta la aventura, este es un plan para usted, pues también es posible hacerlo en cabalgata.

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