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Para entender a François Rabelais es indispensable tener en cuenta los presupuestos del humanismo renacentista, pues se trata de uno de sus más acérrimos representantes. El siglo XVI en Europa viene cargado de profundos cambios sociales desde variopintas perspectivas: religiosas, políticas, económicas, educativas y artísticas. El sentir colectivo es como un megáfono que anuncia a los cuatro vientos una época, como sugiere el historiador Bernd Roeck, “en la que se anuncia algo nuevo y se pierde algo viejo”. (Historia de la literatura, Akal, VII, p. 66).
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El humanismo supone un hallazgo de lo más profundo del ser humano, es decir, en el pensamiento filosófico debe prevalecer el individuo, “el yo”. El término “humanismo” solamente se desarrolló desde la perspectiva filológica hasta el siglo XIX por parte del teólogo alemán Friedrich Immanuel Niethammer. En esencia, se trata de un diálogo con el pasado clásico y la forma de ver un mundo que renace desde numerosas perspectivas sociológicas. Para la transmisión de estas ideas novedosas, que difieren de aquellos postulados medievales que limitaban el pensamiento a la relación de la razón con la fe cristiana, es indispensable cambiar la escolástica que caracterizó el pensamiento filosófico y teológico de la Edad Media tardía.
En ese sentido, necesariamente, debemos incluir en esta historia de la literatura una de las obras más relevantes de François Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, que precisamente yuxtapone, de una manera carnavalesca, cómica y casi grotesca, diferentes ideas que critican la escolástica o que dejan entrever los postulados humanísticos.
Era médico, pero contaba con la característica esencial del verdadero humanista: conocimiento integral: “un abysme de science”. Sabía de leyes, dominaba a la perfección varios idiomas (entre ellos latín y griego antiguo), conocía de arte, arquitectura y tenía un profundo conocimiento del contorno social. Nació en Chinn (Francia), posiblemente en 1483, y murió en París en 1532.
Esta obra satírica, plagada de humor y comicidad, es la historia de las aventuras de un gigante llamado Gargantúa y de su hijo Pantagruel. Está compuesta de cinco libros, publicados en diferentes momentos: primero escribió Pantagruel, rey de los dipsodas, en 1532; luego La vida tesorífica del gran Gargantúa, padre de Pantagruel, en 1534 (en la mayoría de las ediciones modernas este es el primer libro); el tercero, De los hechos y dichos heroicos del buen Pantagruel, en 1546; después, el cuarto y el quinto libros, bajo el mismo título, se publicaron en 1552 y 1564, siendo el último de estos divulgado póstumamente.
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Christoph Hubig, en su ensayo “Humanismo. El descubrimiento del yo individual y la reforma educativa”, afirma lo siguiente: “En su novela satírica Gargantua et Pantagruel (1532-1564), Rabelais expone una parodia del ideal de formación caballeresca. Gargantúa se convierte por educación -no por su origen noble- en un príncipe bueno y culto que se enfrenta al conquistador Picrochole, imagen del antiguo señor feudal” (Akal, V II, p. 53). En efecto, se nota una intención de ridiculizar el pensamiento escolástico. Refleja a lo largo de los cinco libros una actitud paródica hacia las diferentes formas discursivas, a partir del carnaval y del mundo al revés, en donde confluyen lo grotesco y lo sangriento.
Por ejemplo, el primer libro comienza con la genealogía del protagonista y los detalles de su nacimiento (por la oreja de su madre), hijo del rey gigante Grandoussier o Grangaznate. La narración asegura que tan pronto el niño enorme ve la luz, comienza a gritar con voz estentórea: “¡A beber! ¡A beber!”. Luego cuenta que en sus primeros años fue instruido en las letras latinas y la teología por un pedagogo llamado Halofernes. Posteriormente, fue a París para concluir su educación. Pero como sus profesores tenían métodos anticuados y estaba idiotizado por los “sorbonagros” (profesores de la Sorbona), su vida transcurría entre la bebida y las tonterías, como robarse las campanas de la catedral de París.
El aparato narratológico que utiliza es una fusión entre lo cómico, lo grotesco y lo trascendental, pues recrea los carnavales, los festines de la época y, de alguna manera, los ridiculiza. En otras palabras, reconoce que es necesario el apetito intelectual, pero no deja de lado la tradición popular. El crítico literario Mijail Bajtin (1895-1975) explica que lo que pretendía Rabelais en la obra era transmitir la idea de que el carnaval es pasajero y la sociedad no puede vivir en fiesta. De igual manera, recurre a los opuestos: verosímil-inverosímil, alegoría-sátira, gigantes-normales, viajes y permanencia en un mismo lugar. Asimismo, se vale de las arquitecturas utópicas propias del humanismo, con las cuales se visualizan ciudades perfectas. La abadía de Telema es un mundo ideal en el cual se denuncia la mediocridad del mundo real.
Ahora bien, dada la connotación paródica y crítica, la obra carece de un eje argumental unificado. Los episodios se van desarrollando de manera caprichosa a partir de juegos de personajes y lugares reales y ficticios.
En síntesis, nos enfrentamos a un referente indispensable que deja entrever irónicamente el embrollo del pensamiento medieval, a través de un discurso anticlerical y antiescolástico, pero que al mismo tiempo amalgama lo clásico con lo moderno, aunque también es una caricatura sarcástica del modelo caballeresco (al igual que lo hará, posteriormente, Miguel de Cervantes). Se convierte en una obra canónica no solamente de la literatura francesa, sino de las letras universales, tanto por su contenido crítico y satírico, como por la manera como aproxima lo literario a los acontecimientos políticos del momento.
