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En 2022 Alemania se ajustará al gobierno de su primer nuevo canciller en más de 16 años, pero eso no significa que la era de Angela Merkel haya terminado. Los alemanes —y los europeos— viviremos con su legado. Y aunque fue alabada casi universalmente por ser una líder inquebrantable, tal vez la historia no sea tan amable con ella. (Recomendamos: Lea aquí todos los artículos de Pensadores globales 2022).
En un tiempo en que el mundo experimenta cambios veloces y esenciales, tanto Alemania como Europa fueron incapaces de marcar un nuevo rumbo decisivo. Aunque Merkel evitó múltiples catástrofes, es posible que su cautela haya exacerbado muchos otros problemas, como la crisis financiera griega. Además, se permitió que avanzaran muchas crisis de lento desarrollo, como el desafío demográfico alemán, el estancamiento tecnológico, el cambio climático y la creciente desigualdad.
Ciertamente, los historiadores del futuro enfatizarán la confiabilidad de Merkel en la gestión de las crisis, su cauto estilo de liderazgo y su hábito de escuchar a todas las partes antes de tomar decisiones. Sin embargo, al mirar hacia atrás también quedará claro que fue una suerte de reina en el país de los ciegos. En una época en que Europa sufrió una emergencia tras otra, no destacó por su propia capacidad de previsión sino por la ausencia de liderazgo a su alrededor.
Merkel no fue una visionaria política. Comenzó como canciller después de derrotar por escasísimo margen al excanciller socialdemócrata Gerhard Schröder y nunca intentó implementar las drásticas reformas de liberalización que prometió junto con la Unión Demócrata Cristiana durante la campaña electoral de 2005. Independientemente de que fuera consecuencia de su cálculo electoral o de una verdadera falta de compromiso ideológico, el resto de su carrera política tendría una profunda falta de ambición estratégica.
Se puede decir lo mismo de su papel en Europa. Aunque aclamada como europea consumada, su enfoque para la gestión de las crisis a menudo reveló la ausencia de solidaridad con la UE: con frecuencia tomó decisiones unilaterales sin consultar ni involucrar a sus aliados, como cuando juró abandonar la energía nuclear o apoyó el Nord Stream 2 —el gasoducto entre Rusia y Alemania que circunvala a Polonia y Ucrania, dejándola más vulnerable a la presión del Kremlin—. Además, en las diversas crisis de la zona del euro, Merkel hizo lo mínimo necesario para mantener intacta a la Unión Europea, evitando los cambios necesarios para dejar al bloque en una situación más estable e igualitaria.
En muchos aspectos su liderazgo sólido, aunque falto de visión, representó la continuidad de una paradoja frecuente durante el período de posguerra. El país prefiere desde hace mucho un liderazgo que no resulte amenazador, como el que expresó el famoso eslogan electoral de Konrad Adenauer: “Sin experimentos” (o el de Merkel: “Ustedes me conocen”). La alternativa, desde la perspectiva de los alemanes, es permitir que se tomen riesgos al estilo del presidente francés Emmanuel Macron o se implementen políticas suicidas, como las del primer ministro británico David Cameron cuando permitió el referendo por el brexit.
Aunque Alemania ansía el progreso y reconoce la necesidad de implementar reformas, rechaza los cambios audaces. Las cancillerías de Adenauer, Helmut Kohl y Merkel (que gobernaron durante 46 años en total) encarnaron el deseo alemán de estabilidad política, profundamente arraigado después del tumultuoso período entre 1910 y 1950. Los cancilleres de posguerra menos aversos al riesgo, como Willy Brandt y Schröder, apenas superaron un mandato.
El resultado es un país incapaz de mantener un programa de reformas a largo plazo. “Si no está roto, no lo arregles” resume la actitud más arraigada. Cuando la necesidad de cambiar el rumbo se torna abrumadora, los alemanes siguen el principio enunciado por Tancredi Falconeri en la novela El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Si queremos que todo siga igual, las cosas tienen que cambiar”.
De hecho, el centro político alemán cree que ya vive en el mejor de los mundos posibles. Esta actitud, expresada como una combinación de negación e inercia colectivas, se mantiene por el federalismo del país (un complejo equilibrio entre el gobierno central y los de los 16 estados, cuyos productos económicos y tamaños son considerablemente diversos) y por un sistema de administración pública que aún debe ponerse al día con el siglo XXI.
El camino por recorrer
Más allá de la tendencia al estancamiento, Alemania logró algunos avances con Merkel. Durante su liderazgo la tasa de desempleo cayó desde más del 11 % en 2005 a apenas por encima del 3 % en 2019. Aunque en parte se debió a las reformas del mercado laboral Hartz IV iniciadas por Schröder, Merkel supervisó exitosamente un mercado laboral más restringido y un crecimiento superior al de muchos de los pares europeos de Alemania (aunque aún por debajo del estadounidense).
Y, sin embargo, el crecimiento general y los datos del desempleo ocultan una situación más oscura. Actualmente en Alemania uno de cada cinco niños crece en la pobreza. La movilidad social es de las más bajas en la OCDE y la desigualdad se amplió, de manera tal que el 10 % de la población ahora posee el 56 % de la riqueza, mientras que la mitad inferior solo posee el 1,3 %. Y en el frente internacional, Alemania exportó nocivas políticas de austeridad a toda la UE, limitando el crecimiento y reduciendo los niveles de vida en gran parte del sur de Europa.
Puertas adentro, Alemania no logró prepararse para el futuro. Según el índice de digitalización de la OCDE, el país va a la zaga de muchos de sus pares. La inversión pública también quedó por detrás de la de otros países europeos, lo que ayuda a explicar por qué las emisiones de dióxido de carbono per cápita se mantienen tercamente elevadas. Y la consecuencia del superávit comercial líder en el mundo de Alemania fueron dramáticos desequilibrios macroeconómicos, que podrían poner en peligro tanto a la ya frágil zona del euro como a los propios intereses alemanes en el largo plazo.
Alemania sufre entonces de Reformstau, una gran cantidad de medidas pendientes, ya sea por largas demoras en su implementación o porque no han sido aún aprobadas. El problema no solo es visible en la administración pública y la digitalización, sino también en la acción climática, la infraestructura, la educación y los servicios sociales. La ausencia de reformas en todos estos campos no se debió a la falta de recursos —Alemania mantuvo sistemáticamente un superávit presupuestario antes del covid-19 y aún puede endeudarse a tasas negativas—, sino a la falta de voluntad política para desafiar intereses establecidos e ideologías enraizadas.
Alemania necesita con urgencia políticas estratégicas orientadas al futuro. El nuevo gobierno debe incorporar un estilo de liderazgo actualizado para despertar al país de su presumida complacencia. El país debe invertir en digitalización y acción climática, estabilizar la zona del euro con un mayor apoyo a la inversión en los Estados endeudados de la UE y desarrollar una política exterior coherente junto con sus socios europeos.
No será fácil. El aumento del gasto para la acción climática, la digitalización y los programas sociales enfrentarán barreras por el llamado “freno fiscal” (un requisito de presupuesto equilibrado), pero se pueden revisar y adaptar esas normas para permitir una inversión mayor. De manera similar, aunque una política más flexible para la zona del euro enfrentará dificultades políticas, el ministerio de Finanzas alemán ya demostró que se puede emitir deuda conjunta de la UE si las circunstancias son adecuadas.
Finalmente, desarrollar una política exterior cohesiva dentro de la UE siempre fue difícil, especialmente cuando implica un gasto sustancialmente mayor en defensa, pero las crecientes tensiones internacionales no dejan otra opción que dedicar más atención al mundo más allá de Europa. El próximo gobierno alemán debe demostrar que está dispuesto a tomar el toro por las astas. La alternativa es un nuevo período de estancamiento, que ni Alemania ni Europa pueden permitirse.
* Traducción al español por Ant-Translation. Helmut K. Anheier es profesor adjunto de Previsión Social, en la Escuela Luskin de Asuntos Públicos de la UCLA, y de Sociología en la Escuela de Gobierno Hertie, en Berlín. Edward L. Knudsen es investigador asociado en la Escuela de Gobierno Hertie, en Berlín. Copyright: Project Syndicate, 2021.