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Lo que cada quien valora se hace evidente en cada una de nuestras acciones, armonizar nuestra dignidad personal con la de los demás es el fundamento de una convivencia sana. Sin embargo, este equilibrio esta lejos de ser una práctica cotidiana, es más bien una prueba de fuego para el orgulloso ego de muchos.
Por contradictorio que parezca, la propia dignidad solo surge bajo dos condiciones, la primera es que al pertenecer todos a la comunidad humana quien le hace daño a otro nos afecta todos y a sí mismo, y dos que el hecho de ser únicos e irrepetibles habla de la responsabilidad de aportarle a la humanidad, desde un lugar impar, el propio.
Sin embargo, al vivir dentro de una cultura que valora el poder por encima del amor, corremos el riesgo de que el orgullo nos convenza de que como somos tan únicos e inigualables los demás humanos no nos dan ni al tobillo, no los necesitamos para nada y en consecuencia no son valiosos, son descartables.
O, al contrario que la indignidad nos diga que como somos iguales a todos, somos innecesarios y nuestra única opción es ser adaptables o sumisos a las exigencias sociales, aunque con esa obediencia traicionemos nuestra esencia.
Ahora bien, si cada uno de nosotros se quedara estático en cualquiera de estos dos extremos, viviríamos en un mundo “perfecto,” unos despreciando y otros buscando ser aceptados, a cualquier costo, mas bien oscilamos entre los extremos generando toda clase de incoherencias.
Así las cosas, es clave preguntarse en primer lugar, ¿Qué le sucede a alguien que se siente comprometido con los demás, se promueve como líder laico o religioso, padre de familia bondadoso y al rato siente que tiene derecho a satisfacer su codicia , su lujuria a expensas de sus electores, de los niñas y niños de su comunidad, se lleva por delante la dignidad de los otros?
Sucede que se desconecta de la sabiduría interior, su mundo interno se divide, pierde su coherencia, el orgullo toma por asalto la conciencia y vive para dominar y someter.
Y, dos ¿Qué le sucede a alguien cuando se da cuenta que perdió el camino, abandonó la dignidad, transito hacia el orgullo y el poder y dañó a otros?
Sucede que sí, efectivamente se integró y la dignidad hija del amor lo despertó, recuperará la conciencia de formar parte del género humano, reconocerá al otro como igual y, entonces experimentará un gran dolor que solo desaparecerá cuando el daño y todas sus consecuencias hayan sido reparadas.
Que el orgullo nos abandone y la dignidad nos acompañe es la única vía hacia coherencia del amor.