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Ordóñez, toros y gallos

Klaus Ziegler

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En un concepto entregado a la Corte Constitucional, el procurador Alejandro Ordóñez consideró que las corridas de toros, las corralejas y las riñas de gallos se ajustan al orden constitucional por facilitar los derechos al libre desarrollo de la personalidad en las actividades artísticas y culturales.

Que la prohibición de estas actividades sea un obstáculo para el desarrollo de la personalidad es simplemente ridículo, como si el sano desarrollo del carácter requiriera el disfrute del sadismo y la crueldad. De otro lado, al consentir estas actividades, por el hecho de formar parte de un patrimonio cultural, el Procurador parece olvidar que en casi todas las culturas han existido formas brutales y sanguinarias de diversión, como las luchas de gladiadores o los combates de hombres contra fieras, inconcebibles hoy para cualquier persona civilizada, a pesar de que fueran parte de una identidad cultural o fuente de inspiración literaria y artística.

El hostigamiento del oso fue una diversión popular que existió en Inglaterra desde el siglo XVI, y consistía en hacer pelear un oso encadenado a un poste, contra varios perros de caza que terminaban desgarrándole la carne en medio de la algarabía del público, enardecido con la sangre y los aullidos del moribundo animal. Después de una ardua lucha por parte de los puritanos para acabar con el cruento espectáculo y a pesar de la vehemente oposición de la aristocracia, éste fue al fin prohibido en 1835 por el Parlamento.

Estoy seguro de que los amantes de las riñas de gallos o de la fiesta brava estarían de acuerdo en vetar un espectáculo como el del oso, y la razón es simple: los actos cruentos a los que no estamos acostumbrados se ven bárbaros y abominables, a diferencia de aquellos que nos son familiares, los cuales dejan de percibirse como atroces.

Si les damos el beneficio de la duda a los defensores de la tauromaquia y aceptamos que las corridas de toros se justifican por su contenido artístico, entonces, ¿por qué no seguir el ejemplo de Portugal y hacer la corrida sin necesidad de torturar al animal? La respuesta es que sin sangre no hay fiesta, aunque haya arte. De igual manera que el boxeo sin cejas rotas y rostros desfigurados, se convertiría para sus aficionados en un espectáculo aséptico y aburrido, como la esgrima moderna.

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No es sorprendente que la muy dudosa moral del señor Procurador no se vea perturbada ante el sufrimiento de los animales. Al fin de cuentas a su Dios bíblico siempre lo han cautivado los altares embadurnados con sangre de bueyes, corderos y palomas.

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