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Una grieta divide la residencia de la calle 14 en Pereira en dos. En el suelo hay ladrillos de su fachada café y restos del techo que cayeron. Las ventanas sin vidrios y la cinta amarilla en su frente advierten del riesgo de colapso. Los ingenieros que la valoraron ya hablan de demolerla.
Al verla desde afuera cuesta entender por qué sigue en pie, quizás igual que se sostuvo durante la última década gracias a quienes buscaban asegurar un techo para dormir —muchas de ellas madres solteras, trabajadoras sexuales o migrantes— pagando menos de 17 mil pesos al día (unos 5 USD).
Hasta el 10 de agosto, antes de que la tierra se moviera y decidiera convertirla en recuerdos, una habitación en uno de esos tres pisos era el hogar de Laura*, sus dos hijas y su esposo.
La mañana del lunes 10 de agosto, Laura se había levantado más temprano de lo usual, inquieta, contando los minutos para reunirse con sus dos hijas: Mariana*, de 10 años, y Luciana*, de 8, que habían pasado la noche en casa del hijo mayor de Laura.
Tomó su celular, miró la hora —7:32— y se metió a la ducha.
Dos minutos después, un golpe la empujó contra la pared. Intenta mantenerse en pie, pero el movimiento no se detiene. Escuchó gritar a su esposo y, en medio del bailar de la tierra, salió del baño.
Un clóset donde guardaba los recuerdos, papeles y juguetes de sus hijas se interpone entre ella y una columna que colapsó. Buscó dónde sostenerse. Puso la mano sobre la pared blanca, que empezó a agrietarse. Trozos del techo cayeron sobre su cabeza. “Las niñas, Luis, las niñas”, gritó. Bajaron los tres pisos de la residencia mientras las escaleras se abrían bajo sus pies y el polvo les impedía ver.
Laura no miró hacia atrás. Con la tierra aún en movimiento, tomó una toalla para tapar sus genitales desnudos y corrió en busca de sus dos hijas. A su alrededor, el centro de Pereira colapsaba, los edificios se caían, la gente gritaba. Ella solo puede imaginar que encontraría a sus hijas debajo de los escombros.

Desde su casa hasta el lugar donde estaban sus hijas hay aproximadamente 40 minutos caminando. Laura dice que llegó en 15. No le importó que la tierra siguiera temblando, que no tuviera ropa, que a su alrededor todo colapsara. Solo necesitaba abrazarlas.
—Mamá, mamá —gritó Mariana, su hija mayor, mientras corría a sus brazos al verla. Laura las examinó con detenimiento, se aseguró de que no tuvieran un rasguño y, por un segundo, se dio cuenta de que llevaba minutos sin respirar. Consiguió ropa prestada de una vecina que la vio correr y regresó, junto a sus dos hijas y su esposo, a lo que un día fue su hogar.
***
—Yo solo le rogaba a Dios que me dejara salir con mi hija. Al bajar, sentía cómo las escaleras se rompían —dice Carolina, una mujer migrante venezolana—. Fue en cuestión de segundos que yo salí, volteé a mirar y el edificio se vino abajo.
La noche anterior, como lo había hecho durante los tres meses que llevaba viviendo en Pereira, Carolina pagó COP 18.000 mil por una habitación sin cocina para ella, su hija de un año y medio y su esposo. Lo de la habitación y la comida lo solucionaba vendiendo bolsas de basura en la calle junto a su hija, mientras su esposo trabajaba en algunas obras de la ciudad. Cuando salió con vida, comprendió que había perdido lo poco que habían conseguido en los últimos meses.
Desde el 10 de agosto, cada semana Martha Pino, una mujer de 62 años, viaja a Armenia, a una hora de Pereira, en busca de trabajo. Desde hace 45 años, las calles del centro de Pereira son el lugar donde ejerce el trabajo sexual. Llegó con 17 años, tres hijos y sin esposo, desde una vereda cerca de Armenia. En el trabajo sexual encontró la alternativa para “sacar adelante” a sus 11 hijos.
—Se derrumbaron las residencias, no tenemos dónde trabajar. Las calles están llenas de escombros. Los hombres tienen miedo de entrar a los lugares que quedan de pie. Estamos desubicadas y desamparadas. En tantos años que llevo en la calle, esto es lo peor que he visto —señala Martha desde una vivienda en la que vive en arriendo junto a su mejor amiga, “Pulga”, una mujer trans, y doña Cecilia, una adulta mayor que las acompaña desde hace 10 años.
Su casa, a solo unos minutos de su lugar de trabajo, también resultó afectada por el terremoto. La fachada está próxima a colapsar y el muro del pasillo cayó por completo. Pero los escombros no son su mayor preocupación. Conseguir lo del arriendo, la comida diaria para ella y para su padre, un hombre de 80 años, por el que responde, son las verdaderas razones por las que desde el terremoto trabaja en una de las zonas de tolerancia de Armenia.
—Allá las compañeras me han recibido muy bien. Pero igual son gastos: el pasaje, la habitación, la comida. Pero se hace más que quedándome acá —asegura Martha.
***
Para Laura y Carolina, el terremoto se llevó el lugar donde vivían, que, aunque pequeño, les garantizaba a ellas y sus hijas un lugar donde dormir. Para Martha, se llevó su lugar de trabajo.
Ninguna de las tres aparece en un censo oficial. Desde antes del terremoto, los pagadiarios han sido terrenos invisibles para las instituciones en Colombia.
Sin hogar, Laura y Carolina se convirtieron en dos de las 400 personas que se albergan en el Parque La Libertad, entre las calles 12 y 14 del centro de Pereira, a solo unas cuadras de sus casas. La cifra no es oficial.El albergue no es uno de los puntos autorizados por la Alcaldía de Pereira y son personas voluntarias quienes se han encargado de censar a quienes están allí.
Y aunque Martha no duerme en las carpas del parque, cada ciertos días hace fila en el lugar para recibir los mercados que, junto a “Pulga”, llevan algunas personas voluntarias, apoyos que con el pasar de los días han disminuido.
—Después de tantos años en el sector, la gente nos conoce y nos ayuda. Eso es una ventaja —señala Martha.

El lugar la ciudad lo conoce como “una zona de tolerancia”, donde Laura, Martha y otras mujeres de todas las edades ejercen el trabajo sexual y donde, además, el microtráfico disputa el control del territorio.
La noche del 10 de agosto, a unos metros del parque, vecinos del sector removieron escombros de una residencia que colapsó completamente, junto a una droguería y una panadería ubicadas en el primer piso. Sin un número exacto sobre cuántas personas estaban en el edificio, voluntarios y voluntarias buscaban señales de vida de personas que pagaban a diario por un lugar donde pasar la noche.
Dos días después, junto con rescatistas oficiales, diecisiete personas fueron encontradas sin vida en el lugar. La cifra se suma a los 111 fallecidos del terremoto del 10 de agosto en Pereira.

Laura dice que allí dormían tres de sus compañeras; aunque no sabe sus nombres reales, desde el terremoto no las ha vuelto a ver. Teme que estén dentro de los cuerpos recuperados de los escombros. Martha confirma esta idea, dice que algunas compañeras han hablado de algunas amigas que vivían en la residencia.
—Nadie vino a ver cuántas personas dormían en las residencias afectadas, cuántas personas ahora no tienen dónde vivir, cuántas personas estaban en los escombros —dice Edward Molina, voluntario del sector—. Son invisibles para el gobierno y la sociedad. Los señalan por ser trabajadoras sexuales, habitantes en condición de calle o recicladores.
Él, como otras personas voluntarias, asegura que, mientras ellos intentaban sortear el desastre en soledad, junto con algunos rescatistas, la atención se concentró dos cuadras abajo, en el Hotel Dibenni, uno de los más lujosos de la zona, que se convirtió en una de las 66 edificaciones que colapsaron en la capital de Risaralda. Allí murieron, entre otras personas, Juan Felipe Giraldo, un joven bogotano, y Mario Zapata y Brenda Flores, una pareja de turistas mexicanos que se hospedaban en el hotel.

***
Carolina intenta pedirles a las personas voluntarias ayuda para conseguir un colchón nuevo para su carpa, pues el que tiene se mojó luego de las fuertes lluvias de inicio de mes en Pereira. Aunque su hija Alejandra, de un año y medio, tiene un brote en el cuerpo como consecuencia de la humedad del colchón, más de dos semanas después no ha logrado conseguir uno nuevo.
Siente que las ayudas no llegan a todas las personas por igual. Con los días se siente frustrada y estresada, no sabe a quién más recurrir por ayuda para ella y su hija.
Llegó a Colombia hace cinco años sola, buscando un mejor futuro para su hija mayor en Venezuela. Su primer lugar fue Bogotá, donde vendió dulces y bolsas en la calle y, aunque agradece que tuvo un ingreso, sintió la hostilidad de la capital. En Pereira, asegura, la gente es más amable, sobre todo con su hija.
—Adonde llegamos, a Aleja la quieren mucho. Incluso el día del terremoto, varios vecinos pensaron que ella seguía dentro del edificio y se volcaron a buscarla. Cuando se dieron cuenta de que estábamos afuera, ellos mismos entraron a recuperar los papeles y algunas cosas de la niña —señala Carolina.
Su hija hace parte de los 60 menores de 5 años que, según las personas voluntarias, están en el albergue.
Tres meses antes del terremoto, Carolina vivía en una finca a una hora de Pereira, en la que trabajaba haciendo oficios varios. Pero un día, un malentendido con otro compañero provocó que la echaran del lugar. Carolina no teme trabajar en “lo que sea”, pero su única condición es poder estar con su hija.
Sin embargo, ahora siente que el terremoto cambió sus planes, no solo los que tenía en Colombia, sino también los que tenía para Venezuela.
—Yo me iba a devolver porque mi hija mayor va a dar a luz a su primer hijo, pero luego de eso, no hay ciudad a la que pueda volver —señala Carolina—. Mi hermana alcanzó a salir, pero varias de mis primas están desaparecidas, bueno, muertas. Yo no creo que estén vivas.
Alejandra juega con las dos hijas de Laura. Ellas dicen que ahora la ven como una hermana menor. Mientras tanto, Laura repite un acto fielmente. Hace fila detrás de los voluntarios que llevan ropa, elementos de aseo y juguetes para sus hijas. Tres bolsas de ropa y juguetes se resguardan en la carpa de Laura, y solo una pequeña bolsa guarda sus pertenencias.
Pero los productos de aseo escasean. Laura y Carolina recolectan monedas en la calle para pagar dos mil pesos para poder ingresar a un baño de una de las residencias que siguen en pie. Al inicio del albergue había cerca de seis baños portátiles; con los días, solo uno. No obstante, ellas nunca quisieron que sus hijas los usaran ante el miedo de que contrajeran una enfermedad.
El personal de salud voluntario en el albergue confirma las complicadas situaciones para la sanidad, en especial para las mujeres. La falta de baños dificulta la higiene durante la menstruación y, con el tiempo, las donaciones de productos de higiene menstrual han disminuido, lo que dificulta cada vez más la dignidad para las adolescentes y mujeres en el parque.
Además, el hacinamiento en las carpas, la falta de baños y agua potable, y la comida cocinada al aire libre entre la lluvia y el sol de Pereira, son, para el personal médico del albergue, el terreno donde las enfermedades encuentran cómo propagarse.
—Esta es una de las poblaciones más vulnerables de Pereira. Las condiciones del albergue —el hacinamiento, la humedad, la falta de agua potable— han hecho que encontremos síndromes de abstinencia y enfermedades respiratorias como la tuberculosis. En los niños las condiciones son especialmente difíciles: la lluvia de los primeros días complicó la situación y tenemos muchos de ellos con enfermedades del tracto digestivo, gastroenteritis y diarrea —señala Alejandra Gutiérrez, una de las tres médicas voluntarias del albergue.
Asegura que, aunque la Secretaría de Salud ha avanzado en el proceso de vacunación, toda la gestión de tratamientos la están haciendo de forma voluntaria. Al día, dice, atienden hasta 30 pacientes, no solo del albergue, sino del sector, que llegan en busca de ayuda médica.
***

La carpa naranja de las hijas de Laura está decorada con peluches que ella recolectó, un colchón que cubre con una cobija de muñecos y algunas luces que ha conseguido para asemejar el nuevo hogar a aquel que perdieron en cuestión de segundos.
—Yo quiero que ellas vivan como en una burbuja, donde nada malo pase —señala Laura.
No es la primera vez que Laura intenta resguardar a sus hijas del mundo. Hace ocho años, con Luciana de brazos aún y Mariana de tan solo dos años, cruzó la frontera entre Colombia y Ecuador en una travesía que tomó hasta 30 días. El viaje incluyó dejar que su hija mayor la pasara un “coyote” por una rama de un árbol a través de la corriente de un río que la intentaba arrastrar, mientras llevaba a Luciana en un cargador, evitando que se ahogara.
—Eso fue como un paseo, ma. Yo quiero repetirlo —dice Mariana, mientras Laura recuerda lo que para ella fue la peor experiencia.
—Cuando yo veía cómo ese hombre atravesaba a mi hija por el río, yo pensé que se iba a ahogar — dice Laura, quien asegura que, hasta el terremoto del 10 de agosto, no había vuelto a sentir tanto miedo de perder a sus hijas.
***
—La gente nos discrimina. Cuando una dice “soy trabajadora sexual, vengo para tal cosa”, la gente de una lo voltea a mirar y pone esa barrera con una —Martha asegura que no hay ninguna ayuda oficial para ellas; el apoyo viene de sus mismas compañeras—. Ellas son como mis hermanas, entre nosotras no nos juzgamos y, si una tiene para comer, todas tienen.
Los once hijos de Martha, todos ya adultos, no le hablan. Se avergüenzan de ella y de que, a su edad, continúe ejerciendo el trabajo sexual.
—La gente cree que esto es un trabajo fácil, pero no lo es. Acá han venido chicas a pedirme trabajar acá (en el parque), jovencitas, pero yo no las dejo. Les digo: “Ustedes están muy jóvenes para estar acá, esto no es vida para usted, para que acabe su vida en este fango. Cuánto quisiera yo por salirme de este fango” —asegura Martha a la par que organiza un mercado que recibió para llevárselo a su padre, que se encuentra en cama.
Toda su familia le ha dado la espalda. Ni sus hijos, ni sus nietos, ni mucho menos sus hermanos. El único apoyo que encuentra es en “Pulga”.
—Ella es como mi hermana. Ella me cuidaba a mis hijos mientras yo iba a dar a luz a otro pelaito. Ellos la respetan mucho —la cercanía en su relación es tal que es Pulga quien la corrige en datos sobre su historia: edad y cuándo llegó a Pereira.
—Pulga, présteme 10 mil pesos para el pasaje a Armenia y cuando regrese se los pago —dice Martha a la salida de su casa, camino a una nueva ciudad para trabajar.
***

El 22 de agosto, dos semanas después del terremoto, hicieron presencia las primeras instituciones en el Parque La Libertad: la Defensoría del Pueblo, la Dirección para la Gestión de Riesgo (DIGER) y el Instituto de Bienestar Familiar (ICBF). Aunque funcionarios de las mismas aseguran que llevan desde el primer día, voluntarios y damnificados dicen que hasta ese momento no habían recibido ninguna ayuda oficial.
El objetivo de las instituciones fue caracterizar a la población para trasladarla a albergues oficiales, luego de que la Alcaldía de Pereira anunciara que no todas las personas asentadas en el lugar eran damnificadas del terremoto.
Sin embargo, algunas personas manifestaron haber tenido una mala experiencia cuando intentaron ir a uno de los siete albergues oficiales.
—Nos llevaron de aquí [Parque La Libertad] como a las 9 de la noche. Muchos albergues nos rechazaron. Nos tuvieron paseando toda la noche entre albergue y albergue, con los niños, hasta las tres de la mañana, para decirnos que no había espacio —menciona una mujer, ante la insistencia de los funcionarios para trasladarlos. Funcionarios de la DIGER aseguraron que no tenían información sobre malas experiencias en albergues.
Otros, aunque no han tenido una mala experiencia durante esta emergencia, aseguran que no volverían a un albergue, como Laura y Carolina.
Laura tuvo que pasar la pandemia por COVID-19 en un albergue luego de llegar de Ecuador, y dice que se sintió “como estar presa”. Carolina, durante su migración, pasó por una experiencia similar: “eso te quitan todo lo que llevas, entras sin nada y sales sin nada”.

***
Al llegar la noche, Laura alista una varilla que tiene siempre clavada en el pasto al lado de su carpa. La desentierra, la toma en su mano e intenta dormir sentada junto a la puerta, a medio abrir, sin dejar de vigilar a sus hijas. A su lado, Carolina llena de cobijas el suelo de la carpa para simular un colchón, abriga a su pequeña y la coloca sobre su pecho para pasar la noche.
Para Martha, la noche no representa el momento para descansar; su jornada laboral apenas comienza, pero esta vez en un territorio desconocido y ante la incertidumbre de no saber si logrará conseguir lo del arriendo y la comida del mes. En el rostro de las tres se evidencia el cansancio y el estrés de la situación. Laura y Carolina aseguran que con los días es más difícil conseguir dinero para la comida de sus hijas.
—Ya me siento cansada, estresada, ya no sé cómo pasar los días acá. Me quiero ir, así sea a otra pieza como la que estábamos —dice Carolina.
*Los nombres de Laura y sus hijas fueron cambiados por solicitud de ella.
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Carlos Eduardo(19865)•Hace 5 horasMe quedé sin palabras ante el dolor de las personas más débiles de Pereira. El terremoto precipitó un drama social de proporciones que todavía no dimensionamos. Por ahora solo diré que este trabajo periodístico me hizo llorar y reflexionar, y que me ha motivado a ser más generoso. ¡Gracias!