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Un mundo terrorizado

César Niño
11 de septiembre de 2026 – 09:00 p. m.

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Si hay algo que ha sobrevivido a los embates geopolíticos y a los designios de la globalización y que, al mismo tiempo, se ha convertido en un acelerador geopolítico, es el terrorismo. Debemos reconocerlo, este ha sido el siglo del terror. Hace 25 años, con los atentados del 11 de septiembre, se preparaba el terreno para una prodigiosa carrera del terrorismo.

La mañana de aquel martes 11 de septiembre de 2001, desde el salón de sexto B del Liceo de Cervantes El Retiro, recuerdo cómo el mundo se vino abajo. El mundo se había terrorizado. Los grupos y actores terroristas le dieron la bienvenida al siglo XXI mediante actos de una espectacularidad inédita, haciendo visible una capacidad que hasta entonces parecía reservada a los Estados: producir violencia a una escala capaz de poner en aprietos a grandes estructuras estatales y sociales y, sobre todo, hacer sentir insegura la seguridad. Estos 25 años han demostrado, quizá con más desaciertos que aciertos, que el siglo del terrorismo internacional también ha sido el escenario de uno de los mayores procesos de ajuste geopolítico de los últimos siglos.

En este tiempo se ha configurado un sistema internacional superpuesto en el que el terrorismo ha sostenido una suerte de regímenes internacionales propios, aprovechando y, a veces, profundizando las fisuras de un orden internacional cuyos fenómenos han desbordado la capacidad de sus instituciones. Siempre es bueno recordar a San Agustín y reconocer que la herejía es necesaria para ordenar la fe. ¿Será que el terrorismo nos ha dejado claro que también necesitamos reordenar el sistema internacional, revisar sus reglas de juego y sacudir las bases sobre las que hemos construido nuestros Estados? Desde entonces hemos aprendido y logrado mucho en materia de lucha contra el terrorismo.

En algunos lugares, los terroristas parecen estar en retirada. Las causas que inicialmente movilizaban a muchos de sus integrantes han perdido atractivo, sus ideologías se han debilitado y sus métodos son ampliamente repudiados. Pero sería un error confundir el debilitamiento de algunas organizaciones con la desaparición del fenómeno. Georg Friedrich Hegel afirmó, según se dice, que lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de ella. Corresponde a la próxima generación de líderes demostrar que se equivoca. Para luchar contra el terrorismo (y eventualmente acabar con algunas de sus expresiones) se requiere sofisticación histórica: comprender las trayectorias del fenómeno, detectar con madurez las causas del terror antes de que este ocurra y, sobre todo, alcanzar algún consenso sobre aquello que lo produce y lo alimenta.

De lo contrario, dejaremos tierra fértil para su avance y su derrame durante las próximas décadas. El futuro inmediato de una lucha eficaz contra el terrorismo pasa, precisamente, por dejar de entenderlo exclusivamente como una cuestión militar. En términos de seguridad, el terrorismo suele perder terreno cuando la prevención y la eliminación de las condiciones que propician el extremismo violento ofrecen mejores resultados que el uso de la fuerza. La fuerza puede neutralizar individuos, organizaciones y capacidades; difícilmente puede, por sí sola, neutralizar las condiciones que hacen posible su reproducción.

El éxito de los terroristas durante mucho tiempo estuvo en su creatividad y en su imaginación para hacer daño. El fracaso de los gobiernos y de los Estados estuvo, en buena medida, en creer que el mundo seguiría siendo como siempre había sido. Los Estados se habían sostenido sobre una promesa de certidumbre: que garantizarían determinadas condiciones de seguridad y que la violencia constituía, en última instancia, un dominio exclusivo de ellos. El 11-S hizo añicos esa certeza, al menos en Estados Unidos y otros tantos lugares más. Mis estudiantes de Relaciones Internacionales no vivieron aquel día. No lo recuerdan porque no lo vivieron. Pero viven en un mundo transformado por él. Para ellos, el 11-S no es una experiencia biográfica; es una condición histórica. Hoy vivimos en un mundo sin Bin Laden. Pero eso no significa que vivamos en un mundo ni más seguro ni menos peligroso.

En estos 25 años hemos descubierto que las matemáticas y la aritmética no funcionan de manera universal cuando se trata del terrorismo. La neutralización de un terrorista, o incluso de algunos cuantos, no siempre implica una reducción por sustracción de materia. A veces ocurre exactamente lo contrario: fragmentación, proliferación y expansión. Ese quizá sea uno de los grandes aprendizajes de estos 25 años. El terrorismo no siempre desaparece cuando se eliminan a sus líderes; puede mutar. No siempre se reduce cuando se destruye una organización; puede fragmentarse. No siempre retrocede cuando pierde un territorio; puede expandirse hacia otros espacios. Los ciclos geopolíticos pueden ser semejantes, no por sus dimensiones, sino por sus configuraciones, a los ciclos geológicos.

Explicar el mundo en el último cuarto de siglo no revela contundentes respuestas, por ahora. Por eso, 25 años después del 11-S, la pregunta ya no debería ser solamente cómo derrotar al terrorismo. La pregunta más incómoda es qué hemos aprendido sobre el mundo que permitió que el terrorismo pudiera transformar nuestra idea de seguridad. Porque quizá el verdadero legado del 11-S no sea únicamente haber demostrado que los terroristas podían golpear al Estado, sino haber revelado que podían alterar las certezas con las que el Estado entendía el mundo. Y cuando una certeza geopolítica se rompe, la amenaza deja de ser solamente quien la rompió. También está en juego el orden que se construye después.

El problema es que aún no termina por descifrarse el tipo de orden que viene a continuación. El pequeño futuro (ese que es más inmediato que lejano) podrá ser mucho más parecido al del pasado, y con todo el auge de las nuevas tecnologías, los terroristas de unos años sabrán moverse mejor en el mundo análogo, ¿qué harán los Estados? El Estado necesita tanto del terrorismo como el terrorismo de los Estados, no por complacencia ni por complicidad, por definición. Puede que el fin del terrorismo esté directamente vinculado con el fin del Estado.

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César Niño

Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales. cesarnino4
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