
Independiente Santa Fe encara uno de sus partidos internacionales más importantes de los últimos años. Por primera vez desde 2018, el cuadro cardenal tiene la posibilidad de regresar a una semifinal continental y solo 90 minutos, con serie de penaltis en caso de que sea necesario, lo separan de ese objetivo en Río de Janeiro.
El rival será Vasco da Gama, en un São Januário que promete ser una prueba exigente para el equipo dirigido por Pablo Repetto. El león llega fuerte en el campeonato colombiano, instalado entre los ocho mejores de la Liga BetPlay, y también ilusionado en el plano internacional. La clasificación sobre River Plate alimentó una expectativa que hace unas semanas parecía mucho más difícil.
La estela de aquel Santa Fe campeón de la Sudamericana 2015 vuelve a aparecer entre los hinchas. No se trata de comparar equipos ni de asegurar que la historia se repetirá, pero sí de entender que el objetivo dejó de parecer una fantasía después de lo ocurrido en Núñez. El onceno cardenal ya demostró que puede competir contra algunos de los grandes del continente.
Lo hizo en una serie que terminó con una noche inolvidable en Buenos Aires. Después del 0-0 en Bogotá, Santa Fe empató 1-1 con River en el Monumental y se impuso 8-7 en una larguísima tanda de penaltis. Allí apareció Weimar Asprilla, quien convirtió el lanzamiento decisivo después de que la definición alcanzara los once cobros por equipo.
Aquel River tenía nombres de peso internacional, entre ellos campeones del mundo como Nicolás Otamendi, Thiago Almada y Gonzalo Montiel. Santa Fe, sin embargo, resistió, encontró el empate con Franco Fagúndez y terminó silenciando el Monumental en la serie desde los 12 pasos. Esa experiencia también sirve ahora como argumento para pensar que jugar como visitante no necesariamente representa una sentencia para el conjunto bogotano.
La serie contra Vasco comenzó, precisamente, con sensaciones parecidas a las de aquella eliminatoria. El 0-0 en El Campín supo a poco para Santa Fe porque tuvo las oportunidades más claras. Franco Fagúndez estrelló un remate en el travesaño y, sobre el cierre, el arquero Léo Jardim apareció con atajadas determinantes para evitar que los locales tomaran ventaja.
La diferencia es que esta vez el desenlace será en territorio brasileño y cualquier empate después de los 90 minutos llevará directamente a los penaltis. Santa Fe tendrá que administrar los momentos del partido, pero también saber que un gol puede cambiar por completo la dinámica de una serie que permanece igualada. El margen para corregir errores será prácticamente inexistente.
Vasco, además, llega a esta definición con una presión que Santa Fe no tiene en la misma dimensión. Mientras los cardenales pueden mirar con tranquilidad su situación en la Liga BetPlay, el conjunto carioca continúa comprometido en el Brasileirao y necesita resultados para alejarse de la zona de descenso. El fin de semana, aunque venció 2-1 a Gremio, un rival directo en la lucha por la permanencia, sigue en la parte baja de la tabla.
Eso no significa, ni mucho menos, que Repetto pueda confiarse. Vasco tiene una nómina con suficientes argumentos para hacer daño y el entrenador cardenal le ha prestado especial atención a sus futbolistas colombianos. En la ida estuvieron Johan Rojas y Marino Hinestroza, mientras que Carlos Cuesta y Andrés Gómez no participaron en Bogotá. Para la vuelta, todo apunta a que el técnico Pedro Emanuel utilizará una formación mucho más cercana a su equipo principal.
El contexto también favorece, en cierta medida, a Santa Fe. La altura de Bogotá fue un factor que Vasco debió soportar en el primer partido, mientras que el León está más acostumbrado a competir al nivel del mar. No es una garantía, pero sí elimina una desventaja ambiental que los brasileños sí tuvieron en la ida y que ahora cambia de lado.
Repetto, además, tuvo la posibilidad de administrar esfuerzos. Santa Fe enfrentó a Deportes Tolima el viernes pasado con una nómina mixta y terminó imponiéndose 1-0 con gol de Nahuel Bustos. El resultado permitió mantener el buen paso en el torneo local, pero también dejó clara la prioridad del cuerpo técnico: llegar a Río de Janeiro con sus principales jugadores disponibles para la definición continental.
En medio de esta ilusión tuvimos la posibilidad de conversar con Omar Pérez, uno de los grandes símbolos de aquel equipo que conquistó la Sudamericana en 2015. El argentino entiende que el fútbol cambia de protagonistas y que los récords están hechos para ser superados. “Creo que las metas y los números están para romperse. Va a llegar el momento en que venga otra persona y quede campeón de la Sudamericana, y ojalá pase. A mí, como hincha, como exjugador del club, me pone contento”.
Ese mensaje también explica por qué el presente no debería estar atado únicamente al recuerdo de 2015. Santa Fe tiene la oportunidad de construir su propia historia y de dejar atrás cualquier comparación con aquella generación. Pérez lo resume desde otra perspectiva cuando habla de lo que permanece en una institución más allá de los nombres.
Y justamente la hinchada cardenal tiene razones para volver a creer. “El día de mañana, quizás desde otra posición, tengas un Hugo Rodallega, que ojalá lleguen y complementen un equipo que pueda ganar varias cosas y que rompa todo lo que nosotros hicimos”, agregó Pérez, dejando claro que el desafío pertenece a esta generación.
El premio por avanzar tampoco es menor. Si Santa Fe elimina a Vasco da Gama, enfrentará en las semifinales al ganador de la serie entre Boca Juniors y São Paulo, que comenzó con ventaja 1-0 para el conjunto argentino. Después aparecería una posibilidad todavía más grande: jugar la final del 21 de noviembre en el estadio Metropolitano de Barranquilla.
Para llegar hasta allí, Santa Fe primero tendrá que sobrevivir a Río. El recuerdo de 2015 está presente, pero no juega. Tampoco lo hace la hazaña ante River. En São Januário estarán los futbolistas de Repetto, un rival que necesita ganar para avanzar y una serie que empieza de cero. Son 90 minutos para acercarse nuevamente a una semifinal continental y seguir alimentando un sueño que, después de Buenos Aires, ya tiene argumentos para ser tomado en serio.

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