Publicidad

Atalaya

¿Burocracia leal o burocracia preparada? (Un homenaje a Liliana Caballero)

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Aunque todavía haya quienes se resistan a reconocer las transformaciones del orden mundial, China es hoy la mayor potencia económica, tecnológica y política. Tampoco es una recién llegada: a lo largo de una historia de más de tres milenios ocupó en varias ocasiones una posición central en la economía y el desarrollo tecnológico del mundo. Su ascenso contemporáneo puede entenderse, por tanto, como una nueva manifestación de una prolongada capacidad para construir Estados fuertes, administrar poblaciones numerosas y proyectar poder.

La dinastía Han, que gobernó China entre 206 AEC y 220 EC, fue decisiva porque consolidó el imperio creado por los Qin y lo transformó en un orden político duradero. Bajo los Han se fortalecieron la administración territorial, la burocracia educada y la legitimidad confuciana; se recuperó la economía después de las guerras civiles; se expandieron las fronteras y se desarrollaron las rutas comerciales conocidas posteriormente como la Ruta de la Seda. Su influencia fue tan profunda que hoy más del 90 % de la población de China continúa identificándose como Han.

Su fundador, Liu Bang, conocido después de su muerte como Gaozu, fue uno de los personajes más improbables de la historia imperial china. No procedía de una casa real, carecía de educación refinada y tampoco era el mejor general de su tiempo. Su principal cualidad fue una inteligencia política extraordinariamente práctica. Sabía reconocer sus limitaciones, identificar capacidades ajenas y reunir talentos diferentes para una coalición victoriosa. Mientras Xiang Yu, su adversario, confiaba en su fuerza, su origen aristocrático y su valor personal, Liu Bang comprendió que conquistar y gobernar eran tareas colectivas.

El pragmatismo orientó la formación del Estado Han. Gaozu conservó la escritura unificada, los pesos y medidas, la moneda, las divisiones territoriales y la burocracia heredada de los Qin. Sin embargo, redujo impuestos, trabajos obligatorios y disposiciones especialmente represivas. Comprendió que los Qin habían caído por exigir demasiado a la sociedad y que los Han debían permitir la recuperación de la agricultura. 

La relación de los Han con el confucianismo fue igualmente pragmática. La dinastía no reemplazó por completo el legalismo Qin, pues conservó leyes, censos, impuestos, controles, castigos y una administración centralizada, pero buscó revestir esos instrumentos con una concepción moral de la autoridad. Fue especialmente bajo el emperador Wu, entre 141 y 87 AEC, cuando el confucianismo adquirió una posición privilegiada en la vida política.

Su utilidad práctica consistía en proporcionar aquello que la fortaleza militar no podía ofrecer: legitimidad y criterios para el buen gobierno. El emperador no debía aparecer únicamente como quien poseía fuerza suficiente para imponer obediencia, sino como responsable del bienestar de sus súbditos. El Mandato del Cielo justificaba su autoridad, pero también la condicionaba: el sufrimiento popular, las rebeliones y los desastres podían interpretarse como señales de que el soberano había dejado de gobernar virtuosamente. Los Han explicaron así que los Qin habían perdido el mandato por su crueldad, mientras ellos lo habían recibido porque restauraban el orden y aliviaban al pueblo.

El confucianismo también definió al funcionario ideal: debía ser educado, competente, moderado, incorruptible y capaz de amonestar respetuosamente al emperador. En 124 AEC., el emperador Wu estableció la Academia Imperial o Taixue, dedicada a la enseñanza de los clásicos. Aunque todavía no existía el sistema de exámenes desarrollado por dinastías posteriores, la educación comenzó a reconocerse como una cualificación para el servicio público. Los funcionarios debían comprender la historia, las normas, los rituales y los principios morales del gobierno.

Una burocracia educada era indispensable para registrar la población, calcular tributos, administrar graneros, impartir justicia, organizar el servicio militar y comunicar las decisiones de la corte. Una formación común proporcionaba a funcionarios de diferentes regiones un lenguaje compartido y garantizaba la continuidad del Estado cuando morían los emperadores o cambiaban los ministros. El imperio dependía más de documentos, archivos y censos que de ejércitos.

Esta experiencia demuestra por qué una función pública preparada es preferible a otra escogida principalmente por lealtad política o ideológica. La lealtad puede asegurar obediencia, pero no garantiza capacidad. Cuando se convierte en el principal criterio de selección, los funcionarios tienden a complacer al gobernante, ocultar problemas y evitar advertencias que puedan interpretarse como deslealtad. El poder parece más unido, pero se encuentra peor informado. Una burocracia profesional, por el contrario, preserva la memoria institucional, produce información fiable y advierte sobre decisiones inviables, injustas o peligrosas.

La verdadera lealtad al Estado no consiste en confirmar siempre las opiniones del gobernante. La conducción política debe fijar los objetivos, mientras una administración competente determina cómo alcanzarlos de forma legal y eficaz. Para la mayoría de la población Han, el imperio se manifestaba en el magistrado, el juez, el recaudador o el administrador del granero. Si estos eran corruptos o incompetentes, la proclamada virtud imperial perdía credibilidad. La legitimidad debía experimentarse en la administración cotidiana.

Las naciones jóvenes, como Colombia, pueden extraer lecciones de esta experiencia. La creación y legitimación de los Han demuestra que el cortoplacismo debilita la estabilidad y que, sin ella, la legitimidad del gobernante permanece en peligro. También evidencia que los despliegues de fuerza y las lealtades personales producen obediencia transitoria, pero no sustituyen la capacidad administrativa. El logro de los Han fue combinar autoridad política, formación intelectual e instituciones competentes: la espada permitió conquistar el trono; una burocracia educada y moralmente elevada hizo posible gobernar desde él.

@Los_Atalayas

Conoce más

 

Comentarios
  • Gines de Pasamonte(86371)Hace 51 minutos
    Su nueva “política” de poco compromiso, mucho recato, mirar desde las atalayas y desde ahí lanzar ejemplos que puedan servir para entender lo que sucede en este país, no está mal, máxime en un país en donde las garras empiezan a mostrarse. ¡Es lo que colijo de sus recientes escritos! ¿Qué gobierno colombiano podría acercarse al pragmatismo de la dinastía Han? De nuevo a mi juicio, y escudriñando en nuestra historia reciente, el de Alfonso López Pumarejo reunió esas calidades que usted señala.

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido