
París está quitando concreto para devolverle espacio a la naturaleza. En la plaza del Hôtel de Ville, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, una intervención convirtió parte de la superficie pavimentada en una zona verde con árboles, arbustos y espacios para el encuentro.
La transformación responde, entre otras razones, a la necesidad de adaptar la ciudad al calor y al cambio climático, pero también recupera una idea sencilla: que la naturaleza puede volver a ocupar un lugar en los espacios públicos.
¿Podría Bogotá hacer algo similar? La pregunta obliga a mirar hacia atrás: hubo un momento en que sus plazas, parques y jardines tenían una mayor presencia de árboles y vegetación. Muchos de esos espacios cambiaron o desaparecieron con el crecimiento de la ciudad. ¿Qué pasó con ellos y qué podría aprender Bogotá de las ciudades que hoy buscan recuperar espacio para la naturaleza?
París y su campaña de reverdecer la ciudad
Antes de preguntarnos qué podría hacer Bogotá y qué fue lo que pasó, conviene mirar primero el contexto. Y es que la ciudad francesa ha comenzado a recuperar superficies pavimentadas para devolverles espacio a los árboles y otras formas de vegetación. Uno de los ejemplos más recientes está frente al Ayuntamiento, en la plaza del Hôtel de Ville, donde 2.500 metros cuadrados de superficie fueron transformados en una zona verde con cerca de 150 árboles, 49 de ellos plantados directamente en el suelo.
La intervención busca hacer este espacio más fresco y habitable frente al aumento de las temperaturas y otros efectos del cambio climático, además de incorporar nuevos espacios para la biodiversidad. Para ello, la ciudad creó cuatro bosquetes con especies seleccionadas por su resistencia a las condiciones urbanas y su adaptación al clima.
Una de las particularidades del proyecto es que varios árboles ya llegan con un tamaño considerable: algunos alcanzan los 10 metros de altura y tienen entre 20 y 30 años. También se incorporaron arbustos, helechos, hiedra y otras plantas de sotobosque para crear diferentes niveles de vegetación.
Reverdecer la plaza, sin embargo, no significó eliminar por completo los usos que ya tenía. La zona central permanece libre para eventos y reuniones, mientras que algunos espacios que anteriormente ocupaban las fuentes fueron convertidos en áreas ajardinadas.
Para Valentina Hidalgo Montoya, presidenta de la Sociedad Colombiana de Arquitectos Paisajistas (SAP), detrás de esta tendencia existe un cambio de paradigma en la manera de entender las ciudades. Durante décadas, explica, la planificación urbana buscó controlar la naturaleza: se impermeabilizaron los suelos, se canalizaron los cuerpos de agua, se retiró vegetación para dar paso a distintas infraestructuras y se entendió lo natural principalmente como un elemento ornamental.
Hoy esa mirada empieza a cambiar. “La naturaleza es la base de toda infraestructura para la vida”, señala Hidalgo. Desde esta perspectiva, retirar pavimento y recuperar suelo permeable no significa únicamente abrir espacio para sembrar. También permite recuperar la capacidad del territorio para infiltrar y retener agua, disminuir las temperaturas, generar hábitat para otras especies, favorecer la biodiversidad y mejorar las condiciones ambientales de quienes habitan la ciudad.
¿Qué pasó con Bogotá y otras ciudades?
Para entender qué podría hacer Bogotá, primero hay que mirar qué ha perdido la ciudad durante su transformación. Como ocurre en otras ciudades, sus espacios públicos han cambiado de acuerdo con las necesidades, los valores y los modelos urbanos de cada época.
La Plaza de Bolívar es un ejemplo. A lo largo de su historia tuvo diferentes configuraciones y durante varias décadas funcionó como parque, con jardines y vegetación. Más adelante, la ciudad volvió a transformarla para darle el carácter cívico y monumental que tiene actualmente.
"Estos cambios muestran que el espacio público no es estático: refleja aquello que una sociedad considera prioritario en cada momento. Hubo épocas en las que las plazas debían representar el poder, conmemorar acontecimientos o albergar actos masivos. En ese contexto, la vegetación podía pasar a un segundo plano frente a esas funciones", señaló Hidalgo.
Pero hay espacios cuya transformación fue todavía más radical. Algunos parques y jardines desaparecieron por completo. Uno de ellos estuvo en lo que hoy conocemos como la calle 26 con carrera Séptima, cerca de la iglesia de San Diego. En este sector se proyectó el Parque del Centenario, creado para conmemorar los 100 años del nacimiento de Simón Bolívar y ubicado junto al Parque de la Independencia.
Durante las primeras décadas del siglo XX, ambos espacios eran frecuentados por sectores de las élites bogotanas que buscaban alejarse del ruido y las condiciones poco saludables de una ciudad que todavía tenía problemas de saneamiento y un sistema limitado de recolección de basuras. El parque estaba conectado con la Biblioteca Nacional, que se convirtió en un importante punto de encuentro para la vida cultural. El conjunto articulaba jardines, edificios, monumentos y espacios para la circulación y el encuentro.
Pero esa configuración no sobrevivió al proyecto de modernización urbana de mediados del siglo XX. Durante las décadas de 1950 y 1960, la idea de modernidad urbana estuvo cada vez más relacionada con la movilidad motorizada. La construcción del aeropuerto El Dorado trajo consigo la necesidad de establecer una conexión rápida con el centro de Bogotá, y la calle 26 se convirtió en uno de los principales ejes para hacerlo.
La ampliación de esta vía implicó la desaparición del Parque del Centenario y la transformación de buena parte de su entorno. El cambio no solo modificó el paisaje. También alteró la relación entre los lugares y las personas que los recorrían. Algunos elementos patrimoniales quedaron aislados, separados de los principales recorridos peatonales y rodeados por vías de alto tráfico.
¿Se puede volver a hacer espacio para la naturaleza?
Para Gloria Pérez, fundadora de Jardines de Julia, el problema no consiste en eliminar el concreto. Las superficies duras son necesarias para caminar, movilizarse y desarrollar actividades.
“Antes de preguntarnos qué plantas podemos incorporar, debemos preguntarnos qué condiciones podemos crear para que esas plantas puedan vivir y para que el espacio responda mejor a los cambios ambientales que ya estamos experimentando”, señala Pérez.
Para Hidalgo, lo primero es entender que despavimentar no significa simplemente quitar el cemento y sembrar pasto. Antes de intervenir un espacio, hay que leer el territorio: cómo se mueve el agua, qué condiciones tiene el suelo, qué actividades se desarrollan allí, cómo se movilizan las personas, qué servicios atraviesan el lugar y qué relación ha construido la comunidad con ese espacio.
A partir de esa lectura, también es posible preguntarse qué función cumple actualmente y qué otras podría cumplir si recuperara parte de su condición natural. En Bogotá, esto podría aplicarse a zonas excesivamente impermeabilizadas, sectores con poca vegetación o lugares que permitan conectar parques, humedales, quebradas y otros elementos de la Estructura Ecológica Principal.
Pero recuperar estos espacios no significa volver exactamente a como eran. “Creo que debemos recuperar la memoria del lugar, pero no reproducir literalmente el pasado”, dijo la presidenta. Una fotografía histórica puede mostrar cómo era un jardín o una plaza, pero no necesariamente cómo debería funcionar hoy. Puede recuperarse una especie, una relación con el agua, una estructura o incluso la memoria social de un lugar, pero adaptándolas a las necesidades actuales.
Por eso, Hidalgo propone hablar de reinterpretar en lugar de reconstruir. Y esa reinterpretación también implica preguntarse para quién se diseña la ciudad. Si durante mucho tiempo los espacios urbanos respondieron principalmente a las necesidades humanas, hoy el reto es crear lugares que también puedan ser habitados por otras formas de vida, como aves, insectos, hongos, microorganismos y plantas.
Entonces, ¿qué espacios podría recuperar Bogotá?
Para Pérez, Bogotá no tendría que empezar por grandes parques para recuperar espacios verdes. También existen oportunidades en esquinas deterioradas, separadores, antejardines, bordes, patios, espacios residuales, entornos de equipamientos y áreas subutilizadas. Lugares que hoy cumplen pocas funciones podrían incorporar vegetación, suelo y espacios para el encuentro.
Pero identificar un lugar no es suficiente. La forma de intervenirlo también importa. Hidalgo explica que la arquitectura del paisaje permite pensar qué puede funcionar en cada espacio y no simplemente dónde sembrar un árbol.
“Plantar un árbol no es lo mismo que diseñar un sistema vivo. Antes de hacerlo, hay que revisar las condiciones del suelo, el espacio disponible para las raíces, el agua, la aireación, las redes subterráneas, los drenajes, los pavimentos y la infraestructura existente. "También hay que pensar en el árbol cuando sea adulto y preguntarse cómo queremos que funcione dentro de 20, 30 o 50 años", puntualizó.
Eso incluye decidir qué especies y qué tipos de vegetación pueden convivir en cada lugar. La discusión, señala la arquitecta, no debería limitarse a escoger entre especies nativas o introducidas. También es necesario considerar las condiciones del sitio y combinar distintos estratos de vegetación: árboles, arbustos, herbáceas, cubresuelos, trepadoras y suelo vivo.
¿Y qué pasaría con una plaza?
Una plaza más verde tampoco tendría que convertirse en un espacio cubierto de vegetación. Para Pérez, los árboles pueden aportar sombra y estructura, mientras que las plantas de menor porte permiten conservar las visuales y facilitar la circulación.
La clave está en distribuir la vegetación de acuerdo con las actividades que ya ocurren en el lugar: dejar áreas libres para caminar y reunirse, mantener los espacios visibles y prever cuánto crecerán las plantas.
Así, reverdecer un espacio público no significa simplemente quitar concreto y poner árboles. Significa decidir qué funciones puede recuperar ese lugar y cómo integrar la naturaleza sin perder las condiciones que permiten que las personas lo usen.
Un punto chocante: la seguridad
Cuando se plantea reverdecer un espacio público, una de las primeras preocupaciones suele ser qué pasará con la basura, el mantenimiento y la seguridad. En Bogotá, donde la percepción de inseguridad también está relacionada con el deterioro y el abandono de algunos lugares, la pregunta resulta especialmente relevante: ¿más vegetación podría generar espacios difíciles de vigilar?
Un ejemplo de esta discusión está en el barrio Restrepo. Jardines de Julia intervino una esquina cercana al río Fucha que se había convertido en un punto de acumulación de residuos y escombros. Allí creó un jardín biodiverso que complementaba los árboles existentes. La transformación física fue posible, pero con el tiempo volvieron a aparecer residuos en los alrededores.
Para Pérez, la experiencia mostró que recuperar un espacio no termina con la siembra. “Podemos diseñar un jardín técnicamente adecuado y transformar físicamente un espacio, pero si quienes viven, trabajan o transitan allí no lo reconocen como propio y no participan en su cuidado, la intervención queda expuesta a volver a deteriorarse”, explicó.
Para Hidalgo, además, seguridad y naturaleza no deberían plantearse como opuestos. El problema no está necesariamente en tener vegetación, sino en cómo se diseña, dónde se ubica y cómo se relaciona con las actividades del lugar.
“Podemos trabajar con diferentes alturas de vegetación, mantener visuales estratégicas, garantizar iluminación adecuada, evitar barreras innecesarias y ubicar actividades y recorridos de manera que exista presencia permanente de personas”, señaló.
En ese sentido, un espacio abandonado puede deteriorarse independientemente de si está cubierto de plantas, pavimentado o completamente abierto. Por eso, el mantenimiento y la apropiación no deberían pensarse después de la intervención, sino desde el comienzo del proyecto.
De hecho, Hidalgo menciona que, más que pensar en satanizar la naturaleza, se debe pensar en que la recuperación de estos espacios enfrenta obstáculos que no son únicamente de diseño. Y es entre ellos la infraestructura, el presupuesto, el mantenimiento, la coordinación entre instituciones, la cultura ciudadana y la toma de decisiones.
Señala que Bogotá ya cuenta con instrumentos de planificación y conocimiento técnico que pueden orientar este tipo de transformaciones. La ciudad reconoce dentro de su ordenamiento la importancia de la Estructura Ecológica Principal y del sistema hídrico, mientras que la Ley 2476 de 2025, conocida como Ley de Ciudades Verdes, busca fortalecer la adaptación al cambio climático y la gestión del riesgo mediante ciudades y centros urbanos verdes, biodiversos y resilientes.
"El desafío está en conseguir que estos principios no se queden únicamente en los instrumentos de planificación, sino que también orienten decisiones cotidianas sobre calles, plazas, parques, infraestructura y espacio público", afirmó la arquitecta.
La discusión, además, puede llevarse más lejos. “Necesitamos volver a ordenar el territorio a partir del agua”, planteó. Bogotá no existe separada de sus humedales, quebradas, ríos y Cerros Orientales. Estos sistemas están conectados y forman parte de la estructura ambiental del territorio.
Pensar así la ciudad implicaría dejar de entender parques, calles, plazas, jardines, humedales y corredores biológicos como elementos aislados y empezar a verlos como partes de una misma red. El reto, entonces, no sería escoger entre una ciudad para las personas y una ciudad para la naturaleza, sino preguntarse cómo hacer que ambas puedan funcionar juntas.
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Lasmoiras(20wln)•Hace 1 horaImportante también los programas dirigidos a ciudadanía sobre el cuidado del entorno. Vivo en Zona Franca Fontibón, zona de extensos parques, dónde la planeación fue correcta. Ahora bien, el manejo de basuras es muy deficiente… las personas dejan todas sus bolsas de basura en los postes del parque, incluso muebles, colchones etc. Muchas personas sacan a sus perrors y no recogen sus deposiciones… si uno les dice algo se gana un problema. En la noche mucha delincuencia
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Pathos(78770)•Hace 2 horasHay un déficit de parques por eso es necesario pensar en crear nuevos en puntos estrategicos, uno de ellos es el ideal parque de las Nieves q implicaria cerrar esa plaza horrenda llena de maleantes,vendedores callejeros q bordea la calle 19 desde la 20,abajo fe la séptima frente a la bella iglesia y la plazoleta. Esa zona debería ser un pulmón del centro q además sfemas embelleceria con jardinería y arboles aptos y no cauchos de potrero, como lugar ideal q mejoraría la 19,la séptima y la décima