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Ceremonias del adiós

Irene Vallejo Moreu
20 de septiembre de 2026 – 12:07 a. m.

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No sabías que eran las últimas palabras. Fueron cariñosas, sí, pero veloces, inconscientes, atenuadas por la costumbre. Daban por supuesto un mañana, un pasado mañana. Hace catorce años de aquel adiós desprevenido. No estabas a su lado cuando la vida huyó, no secaste el sudor de su frente, no pudo buscar tu mano, no escuchaste su última respiración. Tu padre murió sin ti. Tanto tiempo después, ese pensamiento aún escuece: faltaste, perdiste la despedida.

Nada disfrutaba tanto tu padre como hablar. Heredaste de él esa forma de mirar el mundo a través de un velo de palabras. Y cada vez que algo te sucede o te preocupa, renace el impulso de empuñar el teléfono para contarle, para escuchar ese timbre y esas inflexiones que permanecen grabadas en la memoria de tus oídos. “A los muertos los sepultamos. Sin embargo, nadie nunca les sepulta la voz. Vivas guardo las palabras de mi madre”, leíste en un libro del escritor mozambiqueño Mia Couto. Los egipcios de hace miles de años tenían por costumbre escribir cartas a los suyos en el más allá y depositarlas en sus tumbas. Algunas estaban escritas en papiro, la mayoría incisas en el interior de cuencos de arcilla donde colocaban ofrendas de agua o alimentos, confiando en que su destinatario en el otro lado leería el mensaje después de saciar su hambre y su sed. Las cartas, que narraban sencillos acontecimientos familiares con un lenguaje íntimo, revelan un diálogo verdadero. Están inundadas por la idea de que la muerte es un mero cambio de domicilio y los ausentes esperan ansiosos noticias de los vivos.

Los rituales del adiós nacieron del anhelo de reconciliarnos con la despedida y la memoria. El duelo reclama sus ceremonias, esas costumbres antiguas que te guían durante los primeros días anonadados, la atención al detalle, las flores, la música: que te abracen, te rodeen, te sostengan. Necesitamos liturgias para llorar juntos, para celebrar lo vivido y susurrarnos las frases interrumpidas. Los romanos antiguos no enterraban a sus muertos en cementerios cerrados, sino en largas hileras, bordeando las vías y los caminos, fuera de las poblaciones, más allá de las murallas. En sus lápidas escribían epitafios donde recordaban al caminante, contra el olvido y el silencio, lo que hacía únicos a sus seres añorados. En muchas de esas inscripciones –a veces en verso, otras en prosa: siempre auténtica poesía– perduran las palabras de piedra de los propios muertos, suplicando al viajero una pausa reflexiva, un deseo amable, una lágrima. En una lápida encontrada en Roma, habla una difunta optimista: “He vivido amada por los míos. Aquí estoy muerta, y soy ceniza; esta ceniza es tierra, pero, si la tierra es una diosa, yo soy una diosa y no estoy muerta”. Ancianas, jóvenes, adolescentes, niñas pequeñas, recién nacidos; médicos, maestros, mensajeros, esclavas, músicos y poetas, hablan con sus epitafios a los vivos, confiesan haber vivido.

Tu padre murió en primavera, en absurda contradicción con la vida que renacía. Su última mirada no te encontró a su lado. Ahora el terremoto ha dejado su estela de víctimas repentinas, huérfanos de despedida, viudas del adiós. Por experiencia sabes que no elegimos las últimas veces, que nos estremecen la memoria como emisarias de un pasado que ya nadie puede cambiar. Sin embargo, el diálogo continúa porque los muertos se quedan enteros dentro de nosotros, esculpidos en lo que somos gracias a ellos. No desaparecen del mundo, impregnan el futuro a través de la huella que dejaron en los vivos. En nuestras frases bucean y respiran las suyas. Como tus antepasados, crees que hablar es una manera de cobijar la vida. En estos ocho años has inventado tus propias ceremonias del adiós, has vendado con palabras el hueco de la despedida robada. Lo sabían los egipcios que escribían cartas al más allá. Lo sabían también los romanos que en los caminos se detenían un instante a escuchar las voces del silencio: hablar con los muertos es algo menos que una conversación, pero mucho más que un monólogo.

Irene Vallejo Moreu

Por Irene Vallejo Moreu

Escritora, Dra. en Clásicas. Autora de "El infinito en un junco". Premio Nacional de Ensayo 2020 y Wenjin Award 2023 (National Library China).
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Comentarios
  • Dorita(37038)Hace 3 horas
    ¡Estremecedor y hermoso!, gracias.
  • nestor giovanni(17375)Hace 8 horas
    hermoso gracias, lástima que no sea más frecuente
  • Alberto(3788)Hace 16 horas
    Llega profundamente. Gracias, Irene Vallejo.
  • Yimmy(68264)Hace 16 horas
    Muy bien!
  • eudoro(79178)Hace 17 horas
    Estupenda crónica.
  • Mario(d84e7)Hace 18 horas
    PARA LEER Y RELEER Y GUARDAR y RECORDAR. iRENE, GRACIAS.!!!
  • Lucila(60806)Hace 20 horas
    Tus muertos estân ahî,junto a tî!! Hâblales,cuêntales tu quehacer,se siente una alegrîa inmensa,porque jamâs te reprocharân,y menos te darân consejos….. estân junto a tî? siêntelos……
  • MARIA CECILIA(30795)Hace 20 horas
    Bello, muchas gracias.
  • Edgar(22146)Hace 21 horas
    Irene la inmensa. Gracias por todo ese deroche de cultura.
  • Piedad(81806)Hace 21 horas
    Gracias Irene .Siempre es un placer leerte¡¡¡¡
  • Atenas(06773)Hace 23 horas
    Irene, aparte de la tragedia q’ significa la muerte, y q’ guste o no así nos la tenemos q’ aguantar, no poder decir un postrer adiós a un ser amado dobla tan amarga apuesta, y cómo no sabemos cómo y cuándo les va ocurrir, lo más prudente es tener con ellos siempre amable puente. De tal suerte q’ cuando a uno le toque bien fino sea el epitafio q’ rece:”Quien está aquí murió más feliz de lo q’ suponía”. Atenas
  • William(16260)20 de septiembre de 2026 – 09:21
    Una columna muy profunda y mucha reflexión. Felicitaciones
  • Carlos(12335)20 de septiembre de 2026 – 08:53
    Linda columna. Mis viejos llevan varios años de muertos y además de las palabras no dichas, los abrazos que non dimos etc, siempre está el dolor de su ausencia
  • María Claudia(41430)20 de septiembre de 2026 – 08:49
    Como siempre, gracias por tanta belleza
  • William(41808)20 de septiembre de 2026 – 08:40
    Cierto que el diálogo continúa porque los muertos se quedan dentro de nosotros, esculpidos en lo que somos gracias a ellos. Solo que si la memoria histórica de una nación ha sido borrada y lo que quedó de ella, distorsionado, como sucede en Colombia (único país en el mundo 200a bajo un hegemónico régimen feudalconservador), los muertos muy poco quedan dentro de nosotros. "Oh atardeceres del mar, cuanto de tu color rojo son el refulgir de la sangre de los liberales exterminados en Colombia".
  • Javier(18622)20 de septiembre de 2026 – 08:08
    Tal ve es mejor no despedirse y seguir viviendo con la imagen previa al adiós. Solo para recordar.
  • Caliche(62305)20 de septiembre de 2026 – 07:55
    Gracias. ¡Qué belleza!
  • Tulio Claudio(70717)20 de septiembre de 2026 – 07:38
    Acabo de leer y releer algunos pasajes de la "Historia de un Junco"; me parece más bonito y más familiar que "El infinito en un Junco. La invención de los libros en la época antigua", Irene, la Vallejo de los poetas: "Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal ves un jueves, como es hoy, de otoño." Se quedan tantas cosas después de estar tan muertos, los muertos.
  • fercho(99783)20 de septiembre de 2026 – 07:36
    Hermosa columna
  • Antoine(88872)20 de septiembre de 2026 – 06:58
    Gracias Irene por esta hermosa reflexión!!!
  • DONALDO(67774)20 de septiembre de 2026 – 06:30
    Como siempre, Irene hace del domingo una dulce primavera.

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