Publicidad

Adelanto de "El país de los extraviados", nueva novela de Hernán Estupiñán

Esta inspirada en un sonado secuestro de los años 80 en Colombia, el de Chester Allen Bitterman, joven misionero del Instituto Lingüístico de Verano.

Hernán Estupiñán, periodista de amplia trayectoria, (1962) presentará "El país de los extraviados" (Sképsi, 2026. Grupo Editorial Ibáñez) en el encuentro Internacional de escritores de Chiquinquirá (que organiza la Fundación “Jetón Ferro”) y el Festival del Libro en Ibagué (Pijaos Editores y gobernación del Tolima).
Hernán Estupiñán, periodista de amplia trayectoria, (1962) presentará "El país de los extraviados" (Sképsi, 2026. Grupo Editorial Ibáñez) en el encuentro Internacional de escritores de Chiquinquirá (que organiza la Fundación “Jetón Ferro”) y el Festival del Libro en Ibagué (Pijaos Editores y gobernación del Tolima).
Foto: Archivo particular - Archivo particular

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Esta es una obra de ficción basada en un suceso que conmovió a Colombia en la convulsa década de los ochenta. El 19 de enero de 1981, puntualmente en Bogotá, ocurrió el secuestro de Chester Allen Bitterman, un joven misionero del Instituto Lingüístico de Verano. Su cautiverio duró 47 días y el desenlace fue trágico. El crimen fue cometido por un grupo extremista que pretendía imponer por la fuerza sus ideales políticos en campos y ciudades. Esta novela recrea los hechos, y por consiguiente algunos de ellos corresponden al terreno de la ficción; los nombres y escenarios reales han sido cambiados para darle lugar a la literatura, que aquí se transforma en esperanza para un país que siempre ha anhelado la paz aún con quienes piensan distinto, y esto solo es posible a través de la fe y el perdón. El caso del misionero Bitterman sigue en la impunidad, pero esta narración muestra el camino hacia la justicia divina.

Fragmento

Hablo yo desde la selva. Está pensativo, más pensativo que nunca. Esto creo, porque aunque no lo conozco sé que es el que manda. Y sé que está pensativo por su mirada, perdida en el horizonte, y el horizonte en estas llanuras de Colombia es la nada, porque este territorio no es de nadie. Digo, el horizonte de los que mandan aquí es su mirada, y los que mandan aquí son los guerrilleros. No había notado que su barba tiene algunas zonas grises, que contrastan con sus ojos azul índigo, lo observo mientras me habla. No, no me ha contado, me ha notificado cómo llegó a ser guerrillero, él prefiere decir insurgente, aunque no cree ya en la insurgencia. Me amenaza para persuadirme con su mirada fría de que la insurgencia es la que manda y se le nota lo mandón, así sus ojos destilen tristeza. Le digo que la única insurrección que vale la pena es la del espíritu. Me mira con su mirada oscura, vertical, de felino, escrutadora, desconfiada, incrédula. Los rebeldes de espíritu somos pocos, pero andamos en la Verdad, le digo, para no dejarme intimidar por sus pupilas clavadas en las mías ni por el erizo de su barba gris. Me suelta la frase de repente, contundente, como un disparo directo al corazón, mejor será decir a la aorta. Ha hecho una pregunta porque no quiere flagelarme sino matarme con una muerte rápida. Quiere salir de esto de una buena vez. Tan pronto como oigo la pregunta, levanto la mirada. Yo también quiero tener una mirada asesina, pero no puedo, no me sale. Me quedo pensando en la pregunta.

El Comandante ha dado una orden, en un tono de desidia, como si estuviera abrumado por mi presencia, hastiado de la situación. —Tráiganlo —dice. Minutos después yo confirmaría que había sido una ocurrencia, pero por ahora es una orden. Observa con desprecio a los que lo acompañan, pero no lo acatan al instante, porque no comprenden lo que se le ha ocurrido al Comandante. Luego dice: Tráiganlo, a Aleluya, aclara, y se ríe. Su risa burlona provoca una mueca graciosa entre los que lo secundan. Aleluya tendría unos treinta años, calculo. No cuenta su historia delante de todos, porque no fue para eso para lo que lo mandó venir su comandante, pero luego me contaría, en secreto, que fueron por él unos camaradas, cuando tenía 15 años. En estos pueblos de los llanos ardientes de Colombia todo se sabe, hermano, nada se mueve sin que la insurgencia no lo sepa y todo se sabe porque cuando no es la gente es el calor el que nos delata. Y se lo llevaron, mejor será decir que se lo trajeron, a pesar de que era el menor de los dos hermanos. Su hermano mayor le dijo que se escondieran debajo del tamo cuando los camaradas llegaron preguntando por los hijos de la casa y la madre negó, haciéndose la inocente, que los hijos no estaban en casa sino en el mercado; y el padre también negó, haciéndose el valiente, que ya les dijo mi señora que están en el mercado. Los camaradas rondaron la casa y la inspeccionaron, auscultaron las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina y hasta el solar y no los vieron, no hallaron indicio, pero fueron a la era, donde estaba el grano revuelto con la parva y hurgaron con la punta de sus fusiles. Y nada. Y el hermano mayor le dijo no respire, porque si nos huelen nos descubren y si nos descubren nos llevan, pero ambos sudaban a chorros debajo de la paja, y él se ahogaba al contener la respiración y le preguntó al hermano: Hermano, usted no suda como yo sudo, y seseaba cuando lo decía. El hermano le tapó la boca y él respiró fuerte, al borde del llanto, y el chillido coincidió con la vara con punta de lanza que hundían los camaradas en el mismo instante del gemido. Silencio. Gemido. Gemido ahogado, pero audible. Y les ordenaron que salieran. También a él, a pesar de ser el menor se lo llevaron. De eso hace ya 15 años; mi hermano murió en combate, mejor dicho, lo asesinaron, me dice Aleluya bajo el manto de la noche sobre nuestras cabezas, el Comandante le había puesto el sobrenombre de Aleluya y le dio licencia para que conversara conmigo, después del incidente para el que lo había llamado. Traía la Biblia en su mano izquierda, la apretaba con fuerza contra el pecho, se aferraba a ella mientras dos guerrilleros lo escoltaban, en realidad lo azuzaban. Parecía un prisionero, no uno más de los camaradas. Compareció sorprendido, pero no asustado. Fue lo primero que me hizo confiar en él. El hombre reflejaba una tranquilidad que yo hallaba inexplicable. Yo pensé: es cinismo. ¿No es miedo? Con frecuencia la calma externa es señal de temor, porque el temor se sufre por dentro.

¿De cuál bando está? Esto fue precisamente lo que me preguntó el Comandante. Le respondí que de ninguno. Nadie puede estar de dos lados, me replicó, no me venga a decir que porque es extranjero no toma partido, me dijo, porque a ustedes —los gringos, aclaró— les gusta meter la nariz donde no los han llamado. —Mi nacionalidad es Cristo —lo interrumpí—. Y lo sé, Comandante, nadie puede servir a dos señores. El Comandante hizo una señal con sus ojos azul blasto, perpendiculares, y acompañó la señal con otro ademán de su mano izquierda, agitándola hacia atrás; la mano se detuvo a la altura de la oreja como si fuera a espantar un insecto, pero el Comandante inclinó levemente la cabeza hacia el recién llegado. Aleluya le musitó algo al oído y el Comandante dejó correr una mueca de satisfacción por toda la cara, pero hizo énfasis en sus labios burlones. Por eso mismo mandé llamar a Aleluya, dijo el Comandante. Los dos se van a entender a la perfección en ese asunto de su cristianismo, pero no venga a decirme que no está comprometido. Perdóneme, pero gringo es gringo. Y punto. Soy hijo de madre latina, le dije y se me vino a la cabeza el nombre de mi madre Josefina. Y qué con eso, respondió. Gringo es gringo. Él era el Comandante, él era el poder, él era el juicio. O eso creía. Y mi suerte según ese hombre estaba echada, él conocía mi destino de antemano, porque el interrogatorio se haría a su manera, y su manera tenía la forma y el veredicto de una condena. Estoy a cargo de unos cautivos a las afueras del Pueblo, dijo como si estuviera contándome una anécdota, pero en realidad estaba intimidándome, es una casa de adobe abandonada —continuó el Comandante—, esa es una Cárcel del Pueblo, ¿sabe usted lo que es una cárcel del pueblo? Es el pueblo el que ordena, se respondió él mismo, y nosotros obedecemos lo que diga el pueblo, porque somos la voz del pueblo y el pueblo somos nosotros. Estaba claro, su trabalenguas solo tenía una solución. Ordenó que me llevaran a un escarpado.

* Hernán Estupiñán ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y su obra literaria ha sido galardonada con dos premios internacionales de novela. El Nuevo Reino (Premio Salvador García Aguilar, Alicante, España, 2007). Con Bach o la lluvia tardía (Finalista en el Premio Felipe Trigo de Narración Breve, Badajoz, España, 2010), inició una trilogía de novelas cortas sobre el tema de la fe cristiana, donde ha anclado su obra narrativa. Tolstói o el arrepentimiento (Premio Internacional Héctor Rojas Herazo, Ciudad de Sincelejo, 2012). Con la Editorial Magisterio ha publicado, además, El fantasma de la desnudez (cuentos) y la novela No pregunten por Katina.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido