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Obesidad: por qué no basta con decirle a la gente que coma mejor y haga ejercicio

La obesidad suele abordarse como un problema de hábitos y decisiones individuales, pero factores como el entorno, el acceso a los alimentos, el sueño, la salud mental y las condiciones de vida también influyen. ¿Qué implica entonces prevenirla y cuánto depende realmente de cada persona?

22 de septiembre de 2026 – 02:56 p. m.
Según cifras de la última Encuesta Nacional de la Situación Nutricional, el 56,5 % de los colombianos padece de sobrepeso u obesidad. Las mujeres se encuentran con el 59,6 % con respecto a los hombres, 52,8 %.
Según cifras de la última Encuesta Nacional de la Situación Nutricional, el 56,5 % de los colombianos padece de sobrepeso u obesidad. Las mujeres se encuentran con el 59,6 % con respecto a los hombres, 52,8 %.
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Durante varias décadas, la conversación sobre la obesidad se ha concentrado en lo que hace o deja de hacer cada persona. Qué come, cuánto ejercicio hace o cuánto pesa. Pero los científicos y médicos hoy se están acercando cada vez más a un consenso diferente: quizá esas preguntas, que se basaron siempre en lo que el individuo hace o deja de hacer, no son suficientes para explicar por qué millones de personas hoy sufren de obesidad.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2022 más de 890 millones de adultos vivían con obesidad en el mundo, cerca de una de cada ocho personas. En Colombia, ese mismo año, el 23,6 % de los adultos y el 10,6 % de los niños y adolescentes de 5 a 19 años vivían con obesidad. ¿Puede entonces entenderse un problema que alcanza a cientos de millones de personas únicamente como el resultado de decisiones individuales? ¿Qué tanto depende de una persona prevenir la obesidad cuando buena parte de los factores que influyen en ella están fuera de sus decisiones individuales?

“Cuando hablamos de prevención de la obesidad, no podemos reducir la conversación a comer menos o hacer más ejercicio. Los hábitos saludables son fundamentales, pero forman parte de un conjunto mucho más amplio de factores que determinan la salud metabólica, entre ellos la alimentación, la actividad física, el sueño, la salud mental, la genética y el entorno en el que vivimos. Por eso, prevenir no significa seguir dietas restrictivas o buscar resultados rápidos, sino construir cambios sostenibles y posibles de mantener a lo largo de la vida", explica José Luis Torres, presidente de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo (ACE). "También significa reconocer los factores de riesgo y consultar oportunamente".

Torres y sus colegas proponen que entendamos la obesidad en toda su complejidad y no solo como una "consecuencia de la falta de voluntad". Esto significa que, por ejemplo, comer de determinada manera o hacer la actividad física que recomiendan los médicos y las organizaciones como la OMS no ocurre en el vacío. Las posibilidades de una persona están atravesadas por algo más que solo su voluntad: por sus horarios de trabajo, el acceso y precio de los alimentos, el entorno en el que vive, las oportunidades para hacer ejercicio, el descanso, el estrés, la salud mental y también factores genéticos.

Cuando lo que nos rodea o lo que nos determina hace más fácil o más difícil adoptar ciertos hábitos, pedirle a una persona que simplemente “se cuide más” puede ser una explicación demasiado sencilla para un problema mucho más complejo.

Por ejemplo, un estudio publicado el 18 de enero de 2025 en la prestigiosa revista Nature Foods evaluó el alcance y la efectividad de las intervenciones regulatorias relacionadas con los productos ultraprocesados a nivel mundial, alimentos y bebidas formulados industrialmente a partir de ingredientes y aditivos que suelen tener poco o ningún alimento entero en su composición y que, en muchos casos, contienen altas cantidades de azúcares, grasas o sodio. La investigación encontró que muchas de las intervenciones buscan modificar las decisiones de los consumidores, principalmente mediante información nutricional, en lugar de transformar el entorno alimentario.

Todas esas intervenciones, señalaban los autores en ese momento, parecían obviar algo muy básico: que las decisiones individuales están condicionadas por el entorno y el contexto en el que ocurren. Y si ese entorno favorece de manera constante y determinante algunas opciones sobre otras, pedir únicamente cambios de comportamiento puede quedarse corto frente a un problema que, por su escala, ya es de salud pública.

Y así ocurre con otras actividades, como la actividad física. No es lo mismo recomendar 150 minutos de ejercicio a la semana a una persona que tiene tiempo, espacios seguros y cercanos para hacerlo, que a alguien que pasa varias horas al día desplazándose o trabajando y vive en un entorno donde las posibilidades de actividad física son limitadas. Lo mismo puede decirse del descanso: dormir bien no depende únicamente de decidir acostarse temprano cuando las jornadas laborales, los cuidados familiares o las condiciones de vida pueden dificultarlo.

Nada de esto significa que los hábitos individuales no importen o haya que dejarlos de lado en esta conversación. Los comportamientos cotidianos tienen un papel, pero no basta con dejarles a las personas toda la responsabilidad sobre esos comportamientos.

“Prevenir la obesidad no significa esperar a que una persona tenga un diagnóstico para empezar a actuar. Significa identificar los factores de riesgo, generar entornos que faciliten decisiones saludables y acompañar a las personas de manera oportuna. Cuando la obesidad ya está presente, también es fundamental entender que requiere un abordaje integral, que permita reducir el riesgo de complicaciones y mejorar la calidad de vida", agrega Torres, de la ACE. "El objetivo no debe ser únicamente modificar un número en la báscula, sino proteger la salud de manera sostenida”.

Por eso, prevenir la obesidad implica una tarea que va en dos direcciones: ayudar a las personas a construir hábitos que puedan sostener a lo largo de la vida, pero también generar condiciones que hagan más fácil adoptar esos hábitos. En ese segundo punto, la responsabilidad de actores como el Estado es fundamental: crear políticas que favorezcan entornos alimentarios más saludables, facilitar el acceso a alimentos adecuados, promover espacios seguros para la actividad física y garantizar que las personas puedan recibir orientación y atención oportunamente.

Pero no es una tarea exclusiva de las instituciones públicas. Las escuelas, las empresas, los sistemas de salud, las familias y la industria de alimentos también tienen un papel en las condiciones que rodean las decisiones cotidianas.

En ese mismo sentido, la prevención de la obesidad también implica actuar antes de que aparezcan complicaciones. Cambios progresivos en el peso o en la circunferencia abdominal, alteraciones de la glucosa, presión arterial elevada, cambios en el colesterol o antecedentes familiares de enfermedades metabólicas son algunos de los factores que pueden justificar una consulta. La valoración profesional permite identificar riesgos, establecer objetivos realistas y, cuando existe obesidad, definir un manejo de acuerdo con las necesidades de cada persona.

"En el marco de la Semana de Hábitos de Vida Saludable y del Día Nacional de Lucha contra la Obesidad y el Sobrepeso, la ACE invita a cambiar la mirada sobre la prevención y a entender que los hábitos saludables no son medidas temporales ni deben estar motivados exclusivamente por el peso. Alimentarse mejor, mantenerse activo, descansar adecuadamente, cuidar la salud emocional y consultar cuando sea necesario son decisiones que, sostenidas en el tiempo, pueden contribuir a prevenir enfermedades y a construir una mejor salud metabólica a lo largo de la vida".

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