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¿Cómo hace ciencia el Semillero Propágulos en Bahía Solano?

En Bahía Solano, un grupo de escolares chocoanos investiga ballenas, tortugas, manglares y basura marina junto a redes científicas internacionales. Conozca cómo la ciencia ciudadana transforma su territorio.

23 de septiembre de 2026 – 11:50 a. m.
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Integrante del semillero durante recorrido en lancha en Bahía Solano.
Foto: Semillero Propágulos

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En el extremo norte del Pacífico chocoano, donde el monte se mete al mar y las mareas marcan el ritmo de la vida cotidiana, un grupo de niñas, niños y jóvenes de la Institución Educativa Luis López de Mesa hace algo que pocos esperarían encontrar en un colegio público de Bahía Solano: ciencia. No la ciencia de bata blanca y microscopio electrónico, sino una hecha con cuerdas marcadas cada tres metros, transectos, cuadrantes, hidrófono, hojas de campo y una curiosidad que no se deja apagar por la falta de equipos. Se llaman Semillero Propágulos —como esas semillas del mangle que flotan buscando dónde arraigar— y desde hace doce años demuestran que la ciencia ciudadana no depende de laboratorios costosos, sino de método, constancia y territorio.

Su historia, sin embargo, no siempre tuvo el mismo ritmo. En sus primeros años, el semillero investigó el manglar de manera esporádica. Fue hace poco más de cinco años, de la mano de las investigaciones colaborativas guiadas desde Chile, cuando ese trabajo de ciencia ciudadana se volvió más frecuente y sistemático, abriendo las líneas de investigación que hoy lo definen:

· Basura marina, junto a la Red Latinoamericana de Científicos de la Basura.

· Microplásticos, en el marco de los proyectos Pacífico Vivo, que conectan semilleros escolares con grupos de investigación universitaria, se estableció alianza con el grupo de investigación “Ecología y Contaminación Acuática” de la Universidad Nacional de Colombia —sede Palmira— y el apoyo de la Fundación Socya.

· Manglares, de la mano del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico (IIAP) y Codechocó.

· Ballena jorobada, formándose como guías de turismo científico junto a la microempresa Madre Agua.

· Tortugas marinas, como aprendices de la asociación local Caguama.

Todo se originó, precisamente, con la basura marina. En 2019, dieciséis estudiantes del semillero salieron a las playas de Ciudad Mutis y El Almejal, en el corregimiento de El Valle, a aplicar encuestas y clasificar residuos junto a la Red Latinoamericana de Científicos de la Basura que coordina a la distancia desde la Universidad Católica del Norte, desde Coquimbo, Chile. Recolectaron 455 residuos sólidos solo en Ciudad Mutis, encontraron un gaviotín (Thalasseus maximus) enredado en nylon —al que un grupo de estudiantes rescató y acompañó hasta su liberación— y documentaron que el 73% de la comunidad reconoce que la basura de sus playas la genera la misma gente de la zona. Con esos datos, hoy citados por investigadores del Pacífico latinoamericano, los estudiantes dejaron de ser espectadores del deterioro de sus ecosistemas marino-costeros y, gracias a la ciencia ciudadana, se convirtieron en generadores de conocimiento sobre él.

Ese impulso, sin embargo, tomó rumbos distintos según el tema. Hoy, en el marco de los proyectos Pacífico Vivo, junto a la Universidad Nacional de Colombia —sede Palmira— y el apoyo de la Fundación Socya y el Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico (IIAP), el semillero investiga microplásticos en la playa Cuevita —uno de los sitios de anidación de tortugas más importantes de Suramérica—, en el manglar urbano de Ciudad Mutis y en los manglares de Mecana, con la mira puesta en llegar próximamente a la bahía de Cupica y a otras playas de la región. Con transectos, cuadrantes, tamizados de laboratorio, un estereoscopio (donado por Pacífico Vivo para este muestreo), que ellos mismos aprenden a manejar. De esta manera, están construyendo la primera información sistemática sobre este tipo de contaminación en una costa donde, a diferencia del Caribe colombiano, existían pocos datos.

Los manglares, de hecho, fueron la primera pasión del semillero, aunque durante años la investigación fue de manera esporádica, sin la frecuencia de hoy. Esas primeras preguntas sobre qué sustratos favorecen la siembra de ciertas especies de mangle los llevaron, con el tiempo, a unirse al IIAP y a Codechocó en procesos de restauración de franjas de manglar en el municipio, un ecosistema que para las comunidades negras e indígenas del Pacífico no es solo naturaleza: es fuente de alimentos, es barrera contra el mar y vientos, es espacio para prácticas de ecoturismo y es memoria viva del territorio.

Pero quizás donde la ciencia ciudadana se cruza más íntimamente con la vida de estos jóvenes es en el mar abierto, junto a las ballenas. Desde 2023, la iniciativa de turismo científico Madre Agua viene formando a estudiantes del semillero y, desde 2024, ese trabajo se estructuró en un programa de formación por niveles para preparar guías de avistamiento responsable de ballenas jorobadas. Hoy son 14 los estudiantes en formación: aprenden sobre ecología y acústica de cetáceos, manejo de equipos de investigación y toma de datos que alimentan la base de datos de Madre Agua. Pero también aprenden a comunicar ese conocimiento frente a los turistas nacionales y extranjeros que cada temporada llegan a Bahía Solano para observar a las yubartas que migran hasta estas aguas tropicales.

El trabajo, sin embargo, no termina cuando regresan a tierra. Cuando no están con turistas, los estudiantes comparten con distintos grupos de la comunidad lo que han aprendido sobre el comportamiento de los cetáceos. Este año desarrollaron su primer póster científico, que llevarán a festivales y colegios. Además, dos de las estudiantes en formación preparan su proyecto de grado en la institución educativa, en el que investigan cómo ha cambiado la presión turística sobre las ballenas a lo largo de tres temporadas. No es casual que varios de ellos ya digan, en voz alta, que quieren estudiar biología marina o carreras afines.

La cuarta línea de trabajo ocurre de noche, en las playas donde anidan las tortugas marinas. Como aprendices de la asociación local Caguama, liderada por doña Eblen Pérez —una sabia de las tortugas que se ha convertido en maestra del semillero—, los estudiantes participan en monitoreos nocturnos que suman un capítulo más de ciencia ciudadana a su formación y que exigen disciplina y valentía, con el respaldo logístico de la Fundación Natura, que facilita alojamiento en la Estación Septiembre, cerca de las playas donde se realizan estos recorridos.

Nada de esto ocurre en solitario. Detrás de cada salida de campo hay lancheros locales que prestan su embarcación, fundaciones que abren sus estaciones y entidades que financian talleres. Pero también está la propia Institución Educativa Luis López de Mesa, que —desde lo que puede, con recursos propios— aporta a la logística de estas salidas, mientras sus directivos y docentes sostienen, desde el aula, la continuidad de todo el proceso. Es ese tejido de alianzas —entre lo local y lo científico, entre lo comunitario y lo institucional— el que permite que, en un colegio con recursos limitados, la ciencia ciudadana florezca en varios frentes a la vez: basura marina, microplásticos, manglares, ballenas y tortugas marinas.

Integrante del Semillero Propágulos durante una jornada de muestreo de microplásticos en el ecosistema de manglar, como parte de sus actividades de formación e investigación sobre la contaminación de los ecosistemas costeros.
Integrante del Semillero Propágulos durante una jornada de muestreo de microplásticos en el ecosistema de manglar, como parte de sus actividades de formación e investigación sobre la contaminación de los ecosistemas costeros.
Foto: Archivo Semillero Propágulos

Doce años de ciencia ciudadana significan, también, generaciones. Por las filas de Propágulos han pasado decenas de estudiantes que hoy son profesionales o, simplemente, ciudadanos de a pie, y que llevan consigo —a la universidad, al trabajo, a su vida en comunidad— la costumbre de observar su entorno con rigor y actuar en consecuencia. Esa es, quizás, la huella más duradera que deja el semillero: la de personas que, aun sin quedarse en la ciencia, siguen dejando una huella positiva en su territorio.

Los estudiantes de Propágulos no han llegado a todas las líneas de investigación posibles —los recursos siguen siendo escasos—, pero sacan el máximo provecho a lo que tienen: unos ecosistemas marino-costeros que funcionan como aulas vivas, capaces de nutrir de sabiduría científica, pedagógica y cultural a quienes se atreven a mirarlos con atención. Desde Bahía Solano, sin bata blanca ni microscopio electrónico, un grupo de escolares del Pacífico colombiano le está mostrando al resto del país —y al resto del mundo— que la ciencia también germina, como los propágulos del mangle, allí donde alguien decide dejarla arraigar.

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