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Del griego ánemos (viento) y nóos (mente), anemoia describe la nostalgia por épocas pasadas nunca vividas. La acuñó el escritor John Koenig en su Diccionario de las penas oscuras, un proyecto dedicado a nombrar emociones sin nombre.
Basta con abrir las redes sociales para encontrar tendencias que reflejan esa emoción colectiva: jóvenes que se insertan en imágenes ochenteras, con peinados abultados, vestidos anchos de colores y la fosforescente exageración de la época. Abundan también los videos cortos que recorren, casi por arte de magia, la historia de la moda, las costumbres y los objetos cotidianos, desde la antigüedad hasta nuestros días.
También es común ver en el comercio aparatos de tecnología vintage: cámaras digitales, reproductores de MP3, celulares no inteligentes, bocinas que emulan los teléfonos setenteros, sets de LEGO de aparatos retro. Es la moda de una generación que, habiendo nacido en la era digital y ya inmersa en la de la Inteligencia Artificial, se siente atraída por un pasado que les pertenece a sus padres o quizá a sus abuelos. Me intriga que esa IA lúdica, capaz de generar cualquier imagen, la ocupemos en el pasado y no en lo que antes alimentaba nuestras fantasías futuristas: los carros voladores, las ciudades espaciales, los humanoides. Es curioso: hoy contamos con sistemas capaces de hacernos fantasear sobre nuestra vida dentro de cincuenta años y, sin embargo, preferimos que nos regresen a los ochenta, a pasearnos por lo que ya no volverá o por donde nunca estuvimos. También Christopher Nolan mostró fascinación por ese regreso al optar por filmar La Odisea en celuloide IMAX, para sumergir al espectador en el viaje de Ulises en tiempos en que lo digital puede simularlo todo.
La inteligencia artificial ha aprendido a darle cuerpo a la anemoia, permitiéndonos sentir nostalgia incluso por aquello que no formó parte de nuestras vidas y construir una versión de nosotros mismos que nunca existió. No puede llevarnos al pasado, pero consigue que, por un momento, parezca que acabamos de regresar de él.
Las nuevas generaciones bien podrían sentir anemoia por una sobriedad institucional que comenzó a erosionarse con Petro y que el nuevo gobierno no restituyó. Ojalá existiera hoy una IA capaz de devolverle a la imagen del gobierno de De la Espriella algo de aquel poder vestido de mesura, cuando la solemnidad estaba libre de algoritmos y se construía con el peso de la investidura, el gesto medido y una escenografía consciente de que la autoridad se sostiene también en lo discreto. La imagen oficial sin artificios no era entonces una decisión de forma, sino una expresión de respeto por el cargo, la institución y el ciudadano. Esa dignidad, que debe cuidarse, hoy parece sustituida por efectos especiales y por una estridencia que no es inocua porque puede opacar lo bueno que haga el gobierno y magnificar sus desaciertos.
Ahí la paradoja: la misma IA capaz de regalarnos una nostalgia bellísima, es usada por este gobierno para fabricar una pompa sin grandeza, un poder sin contención, un espectáculo con sello oficial. No existe filtro capaz de dignificar eso.