
"Lo primero que vi del accidente fue un humo muy sutil que salía de una mancha blanca en medio de la nada". Esa fue la primera imagen de Marlon Lengua Mejía, capitán de la Policía Nacional de Colombia, cuando llegó a Cerro Gordo en La Unión, Antioquia. A pesar de pertenecer a la jurisdicción de La Ceja, no quiso ignorar los gritos de ayuda que escuchaba desde el intercomunicador gracias a la cercanía geográfica entre ambos municipios. “Lo que se decía en La Unión se escuchaba en La Ceja, y lo que se decía en La Ceja se escuchaba en La Unión”, dice el capitán Lengua.
Los primeros en llegar al lugar de la tragedia habían abierto un camino improvisado en medio de la maleza. Por ahí fue que llegó Lengua acompañado de otros cuatro policías a intentar buscar un sobreviviente más. Sin embargo, ya habían pasado dos horas desde el impacto y las esperanzas entre los rescatistas estaban casi perdidas. Al haber sido un avión blanco y una zona tan oscura de la noche, lo único que resaltaba en medio del lugar eran los pedazos del fuselaje. Aquellos que cargaban los sueños de un equipo que en tan solo cinco años pasó de la cuarta división del fútbol brasileño a la Serie A. En 2015 jugó por primera vez la Copa Sudamericana y cayó derrotado en cuartos de final contra River Plate. Un año más tarde vino su gran hazaña. Y solo un infortunio en las montañas antioqueñas, a apenas cinco minutos de llegar al aeropuerto José María Córdova, pudo frenar su proeza.
Chapecoense en la Copa Sudamericana 2026
El primer rival de Chapecoense fue Cuiabá, al que venció por global 3-2 en la segunda fase. Luego vino un gigante del continente, Independiente de Avellaneda, con el cual empató los dos partidos a cero goles y lo derrotó 5-4 en los penales. Ahí, la figura del arquero Danilo comenzó a hacerse parecida a la de un ángel que volaba de palo a palo para mantener encendida la llama de esperanza de todos los aficionados en el Arena Condal, el estadio de Chapecoense. Ya en cuartos de final vino la primera visita a Colombia. Junior venció 1-0 en Barranquilla al club brasileño en el partido de ida. La vuelta favoreció 3-0 a los del estado de Santa Catarina, resultado con el que accedieron a las semifinales de la Copa Sudamericana. Ese partido lo sufrió mucho el capitán Lengua. Su afición por El Tiburón lo hizo memorizarse muy bien el rostro de todos los jugadores de Chapecoense. No obstante, ningún sufrimiento se compara con todo lo que sintió aquella noche del 28 de noviembre de 2016.
“Cuando llegué al accidente, les tomé el pulso a muchas personas con la esperanza de encontrar a alguien más con mi vida. Llamé varias veces a los bomberos porque creía sentir el pulso de algunos, pero siempre me dijeron que no había nada que hacer”. Media hora después de llegar al lugar del siniestro, comenzó una tormenta eléctrica que obligó a todos los cuerpos de rescate a retirarse. Para las autoridades no había nadie más que salvar, pero Lengua y los cuatro policías con los que arribó se quedaron en el lugar en busca de una señal de vida. Fue tanta la lluvia que cayó que todos se tuvieron que refugiar debajo de lo que quedó de la aeronave; esa que cargaba los sueños de un equipo que ya era un mito viviente en el fútbol de Brasil y del continente. Marlon no entendía por qué había pasado todo esto. Cuando cesó la lluvia, Lengua, en medio de sus pensamientos de zozobra y tristeza, salió a seguir recorriendo los alrededores del sitio. Nunca va a olvidar su impacto al ver los cuerpos sin vida, especialmente los de aquellos jugadores que hacía un par de semanas habían eliminado a su equipo, Junior de Barranquilla, de la Copa Sudamericana. Tenía sus rostros muy bien referenciados por la televisión, pero ahora verlos como víctimas de una tragedia es algo que todavía lo persigue en algunas vigilias.
En medio de la búsqueda entre la tierra removida por la colisión, se topó con los conos de entrenamiento, las camisetas de presentación y una tula con al menos 40 pares de guayos. Esos botines, que parecían estar destinados a destilar fútbol en el césped del estadio Atanasio Girardot de Medellín, ahora se sumergían en la oscuridad de un desastre que sigue arrugando corazones en el país. “Me acuerdo de los guayos porque me senté sobre ellos, como tratando de encontrar fuerzas en medio de todo ese desastre. A mí me gusta mucho el fútbol y ver todos esos guayos me hacía imaginarme qué habría sido de la vida de cada jugador si no hubiera ocurrido lo que pasó”.
Luego de eliminar a Atlético Junior, Chapecoense viajó al Gran Buenos Aires para enfrentar a San Lorenzo de Almagro en las semifinales de la Copa Sudamericana 2016. La ida terminó 1-1 y en la vuelta, Danilo, el portero del equipo de Chapecó, una ciudad del estado de Santa Catarina en Brasil, volvió a vestirse de héroe para evitar el gol de la eliminación. Aquella noche mágica, pasada por lluvia, dejó una imagen que hoy todos siguen buscando, no en los archivos fotográficos o en internet, sino en la actualidad del club verde y blanco; Danilo tirado en el césped con sus brazos al cielo agradeciendo la clasificación a la gran final. El gol de visitante en Argentina fue más que suficiente. No obstante, en la llave final esperaba Atlético Nacional, el mejor equipo de Colombia y del continente en ese entonces, campeón de la Copa Libertadores hace menos de cuatro meses y el gran favorito a llevarse un doblete que hoy por cambios en el formato es imposible de conseguir.
Nacional ya tenía dos Libertadores, venía de ganar la liga colombiana cinco veces en los últimos cinco años y vivía su mejor momento futbolístico de la historia. Solo le faltaba el título de la Copa Sudamericana, el cual ya había perdido en dos ocasiones (2002 y 2014), y sentía que lo podía lograr, aprovechando ese gran momento del club. Sin embargo, esa oportunidad no llegó. Chapecoense no solo no se presentó al cotejo, sino que dejó todos sus anhelos esparcidos por Cerro Gordo, hoy llamado Cerro Chapecoense en honor a las 71 víctimas que dejó esa fatídica noche. El mismo honor que le concedió Nacional a Chapecoense al pedir a la CONMEBOL que le concediera el título de campeón de la Copa Sudamericana. Un trofeo que sigue siendo el mayor orgullo de sus vitrinas, junto a los seis sobrevivientes del accidente, el último de ellos rescatado por el capitán Marlon Lengua.
“En medio de mi caminata, después de que cesó un poco la lluvia, escuché un quejido muy leve. Le pedí a un compañero que se me acercara, hiciera silencio y prestara atención a un sonido que yo estaba escuchando”. Aldana, su compañero, le dijo que no escuchaba nada. Esto hizo pensar a Lengua que estaba delirando. No obstante, juntos comenzaron a acercarse al punto donde Lengua creyó escuchar algo, más que con una certeza, con la fe de lo que no se puede ver, pero sí sentir. Cada paso que daban era interrumpido por el quejido, que cada vez se escuchaba más cerca. Finalmente, Aldana se terminó convenciendo de que el capitán Lengua no estaba delirando, sino solo llenándose de fe, cuando identificó un torso humano en medio de la oscuridad. Marlon Lengua notó que su abdomen se inflaba y se desinflamaba con dificultad. Se trataba de una persona que respiraba. De inmediato, Aldana y Lengua llamaron a los otros tres policías que quedaban en el lugar para iniciar la evacuación del cuerpo.
Se trataba de Hélio Hermito Zampier Neto, defensor central y líder de Chapecoense durante esa Copa Sudamericana. Sus 1,95 metros de estatura dificultaban su traslado con una camilla improvisada y un camino casi que imaginario. Los recubrieron de una chaqueta térmica, intentando hacer que cada detalle y minuto fueran vitales para mantenerlo con vida. Como pudieron, lo llevaron hasta un vehículo que luego se lo entregó a una ambulancia que lo llevó hasta la Clínica de La Ceja, el municipio al que pertenecía el capitán Lengua. “Pasé 11 días de angustia antes de saber que Helio estaba fuera de peligro. Cuando nos reencontramos en el hospital donde lo dejé, yo estaba llorando incluso antes de pasar la puerta. ‘Gracias a ti estoy vivo’, me dijo él y ahí fue cuando yo le di un abrazo, que, aunque muy tenue, pude sentir, aun después de verlo tan mal y al borde de la muerte, que estaba más vivo que nunca”, relata Marlon en medio de las lágrimas de recordar un momento que le marcó la vida.
La tragedia de Chapecoense no fue la primera y desafortunadamente no será la última que enlute al fútbol. Pero sí son ese tipo de desastres los que
truncan el ascenso meteórico de un equipo que tenía todo para marcar una época. Y aunque Chapecoense la marcó, no fue por las razones que todos hubieran querido. Casos como los del Torino de Italia en 1949 (31 fatalidades) o Manchester United en 1958 (23) cuentan una historia parecida a la que Chapeco hoy honra y desea no volver a vivir.
“Me acuerdo mucho de ver, en medio de la suciedad de la tierra, los árboles y la lluvia, la camiseta con la que iban a jugar ese partido. Estaba embarrada de lodo y lo único que sobresalía era el parche de la Sudamericana hecho en gamuza blanca”. Incluso Marlon revive en su memoria las decenas de celulares que sonaban en medio de los cadáveres. Él se atrevió a contestar uno que notó brillar mientras el pasto les daba paso a los destrozos del accidente. ‘La persona a la que está llamando posiblemente no esté con vida’. Del otro lado del teléfono, una voz femenina con temblor en el tono y lágrimas audibles solo atinó a decirle ‘Muito Obrigado (muchas gracias)’ y colgó. Lengua Mejía nunca supo si la persona al otro lado de la línea entendió sus palabras, pero la pesadez que sintió después de dejar el celular en el sitio donde lo encontró es algo que él mismo nombra como indescriptible y no puede comprender ni al menos describir.
“10 años después, mis sensaciones son las mismas. Cada vez que escucho a alguien hablar del tema o veo algo en televisión, me da el mismo vacío en el estómago que sentí en ese entonces. Y la enseñanza que me dejó todo esto es que yo no voy a esperar a que se caiga un avión para abrazar a mi familia”, concluye Marlon Lengua Mejía, quien, aparte de su servicio en la policía esa noche, escribió un libro llamado “Chapeco: Milagro en la Montaña", en el que relata con grandes aptitudes literarias lo que vivió antes, durante y después de la tragedia. Una que no dejó indiferente a nadie y una década después sigue hermanando a Chapecoense y Atlético Nacional en una amistad que solo con la tristeza de lo que pasó se puede dimensionar. Hoy, ambos clubes jugarán un partido amistoso en el estadio donde aquella vez se debió disputar la final de la Copa Sudamericana 2016, pero que en realidad terminó vestido de blanco y negro, colmado de rosas y velas, cantando al unísono en medio de las lágrimas: “no te olvidaremos, esa copa se va al cielo”.

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Héctor(15733)•Hace 3 minutosQué relato más estremecedor.